Bajo control (D. C. Stars 2) 11. Liam
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11. Liam

Liam

T iro la caja de pizza vacía a la basura.

Nos hemos comido casi una entera mientras veíamos una mierda de reality show que a Piper le gusta. Guardo las dos últimas porciones en el frigorífico para que se las lleve a casa cuando se vaya.

Me lavo las manos, cojo la botella de whisky y me sirvo un vaso. No acostumbro a beber la víspera de un partido, pero esta situación lo requiere.

—Vamos a hablar de esto como adultos —le digo cuando me siento a su lado en el sofá—. ¿Por qué has venido, Piper?

Tarda un minuto en contestar y, si tuviera que adivinar por qué, diría que es porque tiene miedo de que la rechace. En cuanto exponga su idea, tendré la oportunidad de negarme. Teniendo en cuenta que sigue sin mirarme, estoy seguro de que la han rechazado cientos de veces a lo largo de su vida.

—Se me soltó la lengua en el bar —dice—. No era mi intención contarte tanto sobre mi vida personal, pero lo hice.

—Es lo que pasa cuando la lengua se suelta. Luego cuesta frenarla.

A Piper se le escapa una carcajada suave.

—Por favor, ten en cuenta que no habría venido si no hubiera tenido la impresión de que estás interesado en lo que tengo que decirte.

—Te dije que sabías dónde encontrarme.

—La verdad es que no lo sabía. He tenido que sonsacarle la dirección a Maverick. Le he dicho que venía a entregarte una caja con material promocional.

—Pero el caso es que me has encontrado.

—Sí. Si te pregunta qué te han parecido los nuevos batidos de proteína que te he traído, síguele el rollo.

Ahora soy yo quien se ríe.

—Vale.

—Después de irme del bar, volví al hotel y estuve pensando en el ridículo que acababa de hacer.

Pero, cuanto más lo pensaba, más me convencía de que un…

acuerdo entre nosotros podía funcionar. Quiero explorar mi sexualidad y tú estás soltero.

—Se incorpora y abre la boca, espantada—. Espera, no tienes pareja, ¿verdad?

—No tengo pareja.

—Gracias a Dios.

—Me halaga que me tengas tantas ganas, Mitchell —digo, y me tira a la cabeza el cojín que tiene en el regazo. Sonrío y lo atrapo sin problemas—. Soy portero, ¿recuerdas?

—Vale, presumido. —Ella también sonríe y retoma el tema donde lo había dejado—.

Entonces añadí a la ecuación el dato de que no tienes a nadie que vaya contigo a la boda de tu hermana y pensé que ambos podríamos salir ganando con este trato.

Llevarme a mí sería más fácil que encontrar a alguien en una app.

—¿Una app? Por favor. Antes seguiría adelante con el plan de la documentación falsa.

—¿En serio? ¿No te parece maravilloso salir en una foto presumiendo del tamaño pez que has pescado tú solito?

—Prefiero meter la cabeza en un agujero.

—Me habría sorprendido que pensaras lo contrario. ¿Te parece que he invadido tu privacidad al presentarme aquí?

—No. Lo que sería una invasión de mi privacidad es hacerle una foto a mi polla y subirla internet.

Veo que posa la mirada en la parte delantera de mis pantalones cortos y se queda allí. Empieza a ruborizarse desde el cuello hacia arriba, y yo me la imagino automáticamente de rodillas, chupándomela mientras compruebo si es capaz de metérsela hasta la garganta.

«Todo esto es por su puta culpa».

Antes no pensaba estas cosas.

—Yo nunca haría eso.

—Ya lo sé. ¿Por qué me propones esto a mí? Eres una mujer atractiva. Puedes encontrar a un hombre en Tinder, o en cualquier restaurante de esta calle, que esté dispuesto a acostarse contigo. No sería difícil.

—Es por lo que te he dicho antes. Confío en ti y sé que…

Bueno, supongo que gran parte de la intimidad se basa en la confianza.

No quiero estar con alguien que se ría de mí y, por supuesto, no quiero acabar en internet.

Leí un hilo entero de tíos hablando sobre las peores mamadas que les habían hecho y ahora me da miedo volver a meterme algo en la boca.

En mi idea mental de cómo iba a ir esta noche no figuraba que Piper Mitchell se sentara en mi sofá a decir cosas como «mamadas» o «meterme algo en la boca», así que se me escapa una carcajada.

—¿Y qué te hace pensar que puedes confiar en mí? —le pregunto.

Piper es muy buena persona, la clase de mujer que solo ve lo bueno en los demás, aunque no se lo merezcan. Quiero asegurarme de que no me tiene en un pedestal.

—Aquella noche, cuando me emborraché en la discoteca, me desperté a la mañana siguiente sana y salva en mi habitación de hotel. Sé que fue gracias a ti. —Clava los ojos en los míos y sonríe—. No todos los hombres habrían hecho lo mismo.

Joder.

No esperaba que lo recordase. Coño, si casi no se mantenía en pie, ¿cómo es posible que se acuerde de que la metí en la cama?

Me arden las mejillas. No sé cuándo fue la última vez que me ruboricé, pero ahora mismo estoy ardiendo.

—Empecemos por el principio —murmuro para cambiar de tema y alejarme de lo que sea que estoy sintiendo ahora mismo.

—He pensado que podríamos…

—No, desde el principio. Háblame de tu ex.

—¿De Steven? —pregunta con desánimo—. Nos conocimos en la universidad y estuvimos saliendo mientras él trabajaba en una startup tecnológica.

Me pidió matrimonio cuando teníamos poco más de veinte años y nos casamos muy jóvenes.

Ganó mucho dinero muy rápido porque su empresa despegó pronto, gracias a los contactos de su padre, y después siguió ganando más.

Estaba obsesionado con el éxito, con ser el mejor.

Dedicaba todo su tiempo, su energía y su atención al trabajo, y a mí me dio de lado.

—Y luego os divorciasteis.

—Vi… Vi un mensaje que no debía ver y él fingió que eran imaginaciones mías. Como si estuviera loca. Luego… —Suelta un gemido—. Siempre me da vergüenza contar lo que sigue.

—No tienes por qué contármelo si no quieres.

—Es importante para la historia. En aquel momento llevábamos casi un año sin acostarnos.

Yo quería autoconvencerme de que sí que eran imaginaciones mías y decidí darle una sorpresa durante su descanso para comer.

El día anterior había conseguido fichar a un gran inversor y ese tipo de cosas siempre lo ponían de buen humor.

Cuando entré en su despacho, lo pillé con la cabeza entre las piernas de su secretaria.

—Puto cabrón.

He jugado con tíos como su ex, hombres que les ponen los cuernos a sus parejas y creen que nunca los pillarán porque se consideran invencibles.

Quizá sus esposas o novias saben lo que hacen a sus espaldas y les da igual, pero no me imagino teniendo la vida que todos desean y, aun así, seguir queriendo más.

Como si estar en la cúspide de la pirámide no fuera suficiente.

Quieren mojar el churro a todas horas. Pasearse como si fueran dioses solo porque se han hecho un nombre o por la cantidad de dinero que tienen en el banco. No tienen humildad, solo ego. Todo gira en torno a ser el centro de atención.

Durante mis primeras temporadas en la liga follé bastante. Me acosté con una o dos mujeres y me dejé llevar por lo divertido que resultaba ser un deportista que no tenía que esforzarse para ligar, pero pronto dejé de verle el atractivo. Yo no soy así.

Siempre he pensado que los hombres infieles son lo más bajo que existe.

—Fue casi como si quisiera que lo pillara. Resulta que llevaba meses acostándose con ella —sigue—. Me culpó por no satisfacer sus necesidades, pidió el divorcio y aquí estoy. Soy una mujer de treinta años que solo ha estado con un hombre. Es triste, ¿verdad?

—Solo es triste si tú lo decides. A mí me parece que más bien te has librado de un idiota egoísta que no habría sabido dónde tienes el clítoris aunque hubiera un letrero de neón señalándolo.

Piper intenta contener la risa, pero no lo consigue.

—Eso me consuela, por extraño que parezca.

—A veces soy muy considerado. No quiero ser vulgar, pero ¿por qué no ves porno? Hay mucho donde elegir. Es todo falsísimo, pero así te harás una idea.

—Lo he hecho. —Se sonroja más, y mi mente, esta puta mente traidora que tengo, se la imagina con el portátil en la cama, tocándose por debajo de los pantalones cortos, con la cabeza apoyada en la almohada.

Apuro lo que me queda en el vaso y me limpio la boca con el dorso de la mano—.

Pero ya sé que no es real y no quiero tener que aprender solo visualmente —sigue—.

Quiero práctica. Quiero descubrir cómo deben sentirse las cosas y cómo suenan de verdad. Quiero saber si lo hago bien.

—¿Qué…? —Miro el vaso vacío y me tienta la idea de servirme otra copa. Quizá dos. A la mierda el dolor de cabeza que tendré mañana—. Piper, necesito que me expliques todo esto en detalle, para entender exactamente lo que me estás proponiendo.

Se muerde el labio inferior. Entrelaza las manos y respira hondo.

—Me gustaría que mantuviéramos una relación íntima.

Quiero que seas mi guía en la cama. Mi entrenador, si quieres que usemos un término deportivo.

El sexo es una parte importante, sí, pero también quiero aprender sobre todo lo demás que forma parte de una relación física.

Sé que suena muy cursi, pero de verdad creo que mi final feliz, el de verdad, porque me niego a contar el primero, está por ahí en alguna parte.

No quiero que se me escape mi alma gemela porque tengo esta inseguridad y tiendo a esconderme.

Y aun en el caso de que no me esconda y conozca a alguien…

, apenas logré llegar a correrme con el único tío que he estado.

Solo… Me he sentido avergonzada muchas veces cuando he tenido relaciones, y eso hace que no quiera repetir la experiencia.

—Si a un hombre le importas, debería darle igual que puedas o no tener un orgasmo —le aseguro—. Y tampoco dejará de intentarlo si no sale bien una vez.