Bajo control (D. C. Stars 2) 10. Liam
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10. Liam

Liam

M e desperezo en el sofá y gimo.

Ha sido una semana y media muy larga con partidos fuera de casa, diferencias horarias y viajes de miles de kilómetros.

La derrota en Texas fue horrible. Jugué bien hasta los dos últimos minutos, cuando dejé pasar un tiro barrido, una jugada ridícula que ya he bloqueado cientos de veces. No sé cómo me pilló desprevenido el alero izquierdo que se acercó a la portería, pero así fue.

Edmonton me ayudó a superar el dolor de la derrota.

La victoria me sentó bien, pero la guinda del pastel fueron los minutos que pasé con Piper en el pasillo de aquel bar, lejos del equipo.

Desde que la toqué y sentí el calor que irradia su piel, ha ocupado mi mente por completo y me alegro de poder pasar esta noche tranquilo en casa.

Es una buena oportunidad para bloquear el mundo exterior y hacer algo que no sea pensar en ella.

He apagado el móvil, así que no me van a molestar con los mensajes en grupo. Pico de Gato, el gato atigrado que adopté, está acurrucado a mi lado, y no tengo nada que hacer antes de irme a la cama.

Me viene bien tener una noche así, en la que no siento la necesidad de estar concentrado al máximo ni de ser un deportista profesional. Por fin puedo bajar la guardia, tomarme un respiro y descansar después de las primeras tres semanas de la temporada.

Acaricio a Pico, cojo el mando a distancia, ojeo la guía de televisión y busco algo que me apetezca ver. No he avanzado mucho cuando llaman a la puerta.

Pico se despierta sobresaltado y sale disparado hacia mi dormitorio para meterse en el armario, su escondite habitual.

Frunzo el ceño y espero, suponiendo que es alguien que se ha equivocado de piso, que vuelve a casa haciendo eses después de haberse tomado unas cuantas copas de más en la hora feliz, con la idea de que si no le hago caso, se irá.

Vuelven a llamar, esta vez con más insistencia. Mascullo una palabrota, desbloqueo el móvil y abro la app que me muestra la cámara del timbre.

Al verla, casi me caigo del sofá.

Piper está frente a mi puerta. Parada en el pasillo, mirando el teléfono, dando golpecitos en el suelo con uno de sus zapatos de tacón negros.

«Pero ¿qué cojones…?».

¿De dónde narices ha sacado mi dirección? Nunca ha estado aquí, y es imposible encontrar mis datos en internet.

La miro fijamente a través de la cámara y luego cierro la aplicación.

Podría no abrirle. Podría encerrarme en el cuarto de baño para que no me oiga respirando al otro lado de la puerta.

Pero si hago eso, seré un gilipollas, y dado que ya voy a decepcionar a mi familia en los próximos meses con una serie de mentiras sobre mi vida personal, necesito todo el buen karma que pueda reunir.

Me paso una mano por la cara y suelto un gruñido. Después me levanto y echo a andar hacia la puerta. La abro, me apoyo en el marco y miro a la rubia bajita que tengo delante.

Ella retrocede de un salto, como si no me esperara, y suelta una suave carcajada.

—Piper —digo.

—Liam. —Parpadea y sonríe. Vuelve a reírse—. Hola.

—Hola. Por favor, no me digas que esto es una entrevista.

—No. He venido por motivos personales. —Se alisa la falda de tubo. Poso los ojos en sus caderas durante un segundo o dos antes de regresar a su cara—. ¿Puedo pasar?

—Eh… —Me froto la nuca, volviendo al momento que la agarré por la trabilla de los vaqueros, al jadeo que se le escapó cuando chocó con mi pecho y estuve muy cerca de cometer una estupidez tan monumental como besarla—. Claro.

Pasa a mi lado y cierro la puerta una vez que está dentro. Enfila el pasillo, acompañada por el taconeo de sus zapatos sobre el suelo de madera. Camina con energía y yo la sigo, sin saber muy bien qué está pasando.

—Vaya… —Echa un vistazo por mi salón antes de acercarse a la pared de cristal y pegar la nariz—. Menudas vistas.

—Bonitas, ¿verdad?

—¿Te importa si me siento?

—No, donde quieras. ¿Te apetece beber algo?

Se acomoda en el sofá, en el borde del cojín, y se pasa las palmas de las manos por los muslos, de abajo arriba.

—¿Tienes alcohol?

—¿Cerveza? ¿Vino? ¿Algo más fuerte? ¿Las tres cosas?

—Whisky, por favor. Solo.

Asiento y abro el mueble bar que mantengo abastecido de licores para la temporada baja. Cojo un vaso, le sirvo un dedo de líquido ambarino y se lo ofrezco.

—Aquí tienes.

—Gracias. —Piper se lleva el vaso a los labios y se lo bebe de dos tragos—. Ah, mucho mejor.

Ya la he visto beber en otras ocasiones: en el bar country, en la gala benéfica para recaudar fondos que organizó el equipo la temporada pasada, una noche que fui a regañadientes a una discoteca con el equipo después de jugar un partido fuera de casa…

Fue un horror, pero terminé la velada mejor de lo que la empecé: en una hamburguesería con Piper, con ella comiendo con la nariz manchada de kétchup.

Estaba borracha como una cuba. Se reía sin parar y estuvo a punto de caerse de la silla.

Si hubiera sido cualquier otra persona, no me habría hecho ninguna gracia, pero ella me pareció adorable.

Fue casi entrañable verla relajada. Normalmente es muy reservada, profesional y serena, y sigue las reglas a rajatabla en todo momento.

Verla bajar la guardia fue lo mejor de aquel viaje. Y de toda la puta temporada, seguramente.

Dudo que ella lo recuerde, pero yo me acuerdo de todo.

Del vestido que llevaba. De la forma en la que me agarró del brazo mientras caminábamos por la acera sorteando los montones de nieve.

De que sacó la lengua cuando le dije que no quería comer nada y de la sonrisa de borracha que esbozó cuando cedí y pedí un batido, solo para contentarla.

Hacía años que no me reía tanto como me reí aquella noche.

Más tarde, la acosté en su cama en el hotel y me quedé una hora después de que se durmiera para asegurarme de que no vomitaba, mientras me preguntaba cómo sería reírme así todos los días de mi puta vida.

—Bueno, Mitchell. ¿Estás huyendo o algo? —le pregunto.

Se le suaviza la expresión. Se pasa el pulgar por el labio inferior y luego se lo muerde.

—¿Me ayudarías si ese fuera el caso?

—Depende de la situación. Seguramente.

—Qué majo. No, solo… Solo quería hablar contigo de una cosa. —Suelta el vaso y se retuerce las manos. Me mira con una sonrisa nerviosa que se le queda congelada en las comisuras de los labios y no puedo evitar ponerme en tensión—. Pero creo que antes necesito otra copa.

Le relleno el vaso y me siento frente a ella.

—¿Has comido algo hoy?

—Un sándwich a la hora de comer. Nada para cenar, pero la noche es joven.

—¿Joven? Son las ocho, hora de acostarse.

—No sabía que fueras un viejo.

—Yo no elegí esta vida; la vida me eligió a mí. No te voy a dar más alcohol hasta que comas algo.

—Vale. —Se bebe el segundo vaso más rápido que el primero y me pregunto si debería traerle un poco de agua—. A ver. Quiero hacerte una proposición.

—Si tiene algo que ver con la prensa, la respuesta es no —digo con brusquedad—. No me interesa.

—No tiene nada que ver con eso. Es sobre la boda de tu hermana.

Sus palabras me pillan desprevenido.

—¿Qué pasa con la boda de mi hermana?

—He pensado que podría ir contigo. En plan novia falsa, como te dije la otra noche, para que tu familia no te dé la tabarra por ir solo. No deja de ser una mentira, pero inofensiva.

—¿Por qué ibas a querer venir conmigo?

—Porque, a cambio, tú podrías ayudarme con un tema.

—¿Qué tema?

—Eso que te comenté la otra noche en el bar.

Lo de, mmm…, lo de necesitar ayuda en la cama —confiesa con voz aguda, y la sangre me atruena en los oídos—.

Seguro que ya no te acuerdas, pero he pensado que…

Uf, mira, déjalo, me parece que interpreté mal toda la situación.

Ha sido una idea horrible. No he dicho nada.

Se levanta y echa a andar hacia la puerta, prácticamente corriendo por el pasillo.

Le doy cierta ventaja antes de levantarme y seguirla. Cuando estoy lo bastante cerca como para tocarla, la agarro de la muñeca para impedir que se vaya. Doy un suave tirón y ella se vuelve para mirarme.

Me observa fijamente con las pupilas dilatadas y las mejillas sonrojadas. Doy un paso y ella retrocede hasta pegar la espalda a la pared que tiene detrás.

—Me acuerdo perfectamente. —Pongo una manos en la pared, al lado de su oreja derecha, casi atrapándola con mi cuerpo. Oigo su respiración agitada, le veo las pecas que tiene en la nariz y las motitas verdes que se mezclan con el azul de sus ojos—. Inténtalo otra vez.

—No estaba de broma cuando dije que quería que alguien me…

enseñara qué hacer. Y después del comentario que hiciste, me pareció que a lo mejor estabas un poquito interesado en acostarte conmigo, así que se me ha ocurrido que…

—Guarda silencio y mira al suelo—. Confío en ti.

Sé que tienes más experiencia que yo y ambos podríamos sacar algo de este acuerdo, pero ahora me doy cuenta de que es una tontería.

Es una soberana estupidez y seguramente me costará el trabajo. Por favor, olvida que te lo he pedido.

Se aleja de la pared y pasa a mi lado, de vuelta al salón. Vuelvo a dejar que se aleje un poco antes de seguirla como si fuera un puto perro abandonado.

Me da vueltas la cabeza. No sé si esto va en serio, si es real o si se está riendo de mí para demostrar que los hombres somos lo peor.

Y, teniendo en cuenta las imágenes que se me están pasando por la cabeza (ella encima de mí diciendo mi nombre entre sábanas arrugadas mientras yo le recorro el interior de un muslo con una mano hasta descubrir lo mojada que está), le daría la razón.

Soy un animal y me odio por ello.

También me odio porque me interesa mucho más que «un poquito». Me interesa una puta barbaridad. Llevo años interesado.

Cuando la oí decir todo aquello en el bar, mi cerebro estuvo a punto de sufrir un cortocircuito. Solo oía «sin ataduras», «estoy soltera», «quiero pasármelo bien».

Me resulta increíble que estuviera diez años enteros con un tío y que el gilipollas no la tratara en condiciones, que no la respetara en ningún momento ni la hiciera sentirse importante.

Su exmarido es un cabronazo de mierda.

Cuando entro al salón, veo que está paseándose, rodeando el sofá mientras se da golpecitos con los dedos en los brazos.

—Oye —le digo, y ella levanta la mirada—, ¿quieres que pidamos una pizza?

—¿Una pizza?

—Si vamos a follar juntos, necesitas comer algo para pensar con claridad. Sobre todo después de haberte bebido dos vasos de whisky.

El rubor le sube por el cuello y se le pone la cara roja.

—¿De verdad te he pedido que folles conmigo?

—De una forma un poco más educada, pero sí.

—¿Y no me vas a echar de tu casa?

—No.

—¿Eso significa que estás… considerando la idea?

—¿De qué te gusta la pizza? —Cojo el móvil de la mesa del sofá—. ¿Pepperoni? ¿Vegetariana? ¿Suprema?

—Pues… —Piper se sienta de nuevo en el sofá y se tapa la cara con un cojín que amortigua su voz cuando contesta—: Pepperoni con verduras, por favor.

—Ponte cómoda, Piper. Vas a estar aquí un rato y no voy a dejar que sigas escondiéndote de mí.