9. Piper #2
—Me pagan millones de dólares por prestar atención a lo que me rodea. Lo veo todo. —Hace una pausa antes de añadir—: Incluido el tío que os miraba a las dos como si fuerais lo último que iba a comer en la vida.
—Venga ya. —Me echo a reír—. Sería por Lexi, pero no por mí. Aunque ha estado bien que me prestaran un poco de atención. Nunca habían intentado ligar conmigo.
—Ese tío te estaba mirando a ti, Piper. La copa para Lexi ha sido por amabilidad, para parecer majo y que ella lo ayudara cuando se acercase a ti. ¿No has reconocido la jugada?
—¿La jugada? Qué va. Hay muchas mujeres guapas aquí. ¿Por qué iba a fijarse en mí?
Liam sacude la cabeza.
—No me lo puedo creer. Tu ex te dejó la confianza por los suelos, y es una auténtica pena. Te jodió pero bien, ¿no?
Me aparto un paso de él, avergonzada, pasando por alto lo que podría haber sido un halago escondido en ese comentario.
—Disculpa… —Echo a andar hacia el pasillo de la derecha porque necesito un poco de espacio y algo de aire, aunque fuera la temperatura ronde los siete grados.
—Piper. —Oigo la voz de Liam, que me sigue mientras echo a andar hacia la puerta trasera del bar—. Espera.
Antes de que pueda decirle que solo necesito un momento, noto que me pone una mano pesada y cálida en la cintura. Engancha los dedos en una de las trabillas de mis vaqueros y tira de mí hacia él. Me giro bruscamente y, cuando me choco con su torso, se me escapa un jadeo por la sorpresa.
—No necesito que me des tu opinión sobre mis pésimas decisiones sentimentales —digo—.
Sí, destrozó mi seguridad en mí misma. Muchas veces, de hecho, al ponerme los cuernos, al hundir mi autoestima, al hacerme sentir pequeña e insignificante.
Y estoy intentando recuperar esa confianza, razón por la que voy a ir a la barra y a decirle a ese tío que sí me interesa y que si quiere acostarse conmigo.
Liam abre mucho los ojos. Afloja un poco el agarre y mueve las manos despacio hacia mi espalda. Si alguien pasara a nuestro lado, creería que está interrumpiendo un momento íntimo, algo sensual entre dos amantes. Soy incapaz de controlarme y le miro los labios durante un brevísimo instante.
—¿Quieres acostarte con Contable Contáblez? ¿Tanto te ponen los pantalones chinos? —me pregunta.
—No. Sí. No lo sé. —Resoplo, molesta, frustrada y confusa. Me hace gracia que lo llame así y el evidente desdén que siente por un hombre al que no conoce—. Sí, porque solo me he acostado con un hombre en la vida y quiero pasármelo bien. No, porque no tengo ni idea de qué hacer en la cama.
—¿Cómo que no tienes ni idea de lo que haces en la cama? ¿Qué cojones significa eso?
—¿Qué crees que significa? Mi ex y yo casi no manteníamos relaciones y apenas tengo experiencia.
Por mucho que quiera ser el tipo de chica que puede tener un rollo de una noche con un tío al que no conoce, no sé ni cómo sacar el tema porque no sé nada de sexo.
Me gustaría encontrar a alguien que pudiera…
enseñarme qué hacer sin juzgarme. Una relación con derecho a roce, sin ataduras, porque estoy harta de ser la única de mis amigas que no está explorando su sexualidad.
Estoy soltera y quiero pasármelo bien, pero soy incapaz de hacer nada porque me da miedo acabar en un post de Reddit titulado «El peor polvo de la historia».
Me sorprende hasta qué punto he alzado la voz.
Me humedezco los labios con la lengua y cierro la boca de golpe.
Ojalá me tragara la tierra, porque no me puedo creer que acabe de admitir todo eso delante de un hombre que seguramente se folla a todo lo que se menea, que podría tener a quien quisiera y al que le basta mirar a una mujer para que esta empiece a desnudarse.
Liam Sullivan sí que no necesita un terapeuta sexual.
—Explica lo de que casi nunca teníais relaciones —me dice, con un tono de voz tan profundo que podría combustionar en el sitio por la temperatura que hay tras sus palabras.
Cada sílaba es seca. Cada vocal es sensual. Parece algo que me susurraría al oído cuando estuviera al borde de un orgasmo, y no tengo claro que pueda volver a mirarlo a la cara jamás.
—Mmm. —Carraspeo. La cabeza me da vueltas y sé que no es por la copa—.
Pues eso, que casi no nos acostábamos. Y cuando lo hacíamos, no era nada del otro mundo.
Era aburrido. Yo nunca… Él nunca… —Echo la cabeza hacia atrás para mirar al techo en vez de mirarlo a él—.
No quiero conocer al hombre de mis sueños y luego preguntarme constantemente si somos compatibles o no, porque él es demasiado amable como para decirme algo.
—A lo mejor puedes encontrar a alguien… Alguien que pueda ayudarte. Aunque has dicho que los jugadores de hockey no somos tu tipo, así que supongo que todos los del bar quedamos descartados.
Juro que hasta la Tierra deja de moverse por lo que acaba de insinuar.
Juro que se acerca un poco hacía mí, hasta que las puntas de sus zapatos rozan los míos.
Juro que baja un poco la mano, casi hasta mi culo, y me estremezco por la expectación de algo que nunca va a suceder.
Aunque lo cierto es que parece que sí podría pasar.
¿Dónde me tocaría? ¿Cómo de impresionante sería? ¿Qué sentiría si esas manos me subieran por las piernas, si me desabrocharan los vaqueros y me apartaran las bragas?
Levanto la barbilla de forma casi imperceptible y lo veo mirándome. Está muy cerca y es tan atractivo que debería ser pecado. Es tan guapo que se me sube el corazón a la garganta, donde me late como un tambor.
Siempre he creído que Liam estaba bueno, pero ahora sé que es el hombre más impresionante que he visto en la vida. Esa mandíbula fuerte, esos rasgos afilados, esos ojos que siguen cada uno de mis movimientos… Ahora mismo soy el centro de su atención y joder si no me paraliza entera serlo.
Nadie me ha mirado así antes.
—Un jugador de hockey podría ser mi tipo —le suelto, desesperada por seguirle el juego, sea cual sea. Estamos tonteando por tontear, son palabras sin peso ni significado, pero quiero seguir adelante—. Si supiera lo que hace.
Unos vítores desde el otro lado del bar nos sacan del trance en el que hemos caído.
Liam se aleja de mí como si mi contacto quemara y retrocede hasta que hay unos metros de distancia entre nosotros.
Se pasa una mano por el pelo y sacude la cabeza una vez, como si intentara quitarse de encima una telaraña de pensamientos que me muero por saber.
Tengo el deseo egoísta de que sean sobre mí.
—Debería irme antes de que alguno de los dos haga algo que nos meta en un lío —dice con voz ronca, sin apartar la mirada de mí.
—¿Y si quiero meterme en un lío? —susurro mientras me pregunto si estoy malinterpretando todo esto.
Seguro que es así.
Seguro que a Liam le gustan las mujeres que confían en sí mismas. Mujeres despampanantes capaces de entrar en un bar y de acaparar la atención de todos los presentes. Mujeres que no son nerviosas, tímidas ni inexpertas.
Es imposible que a alguien como él pueda gustarle alguien como yo.
—Pues ya sabes dónde encontrarme —contesta, y una descarga eléctrica me recorre la espalda.
Se aleja, con los músculos de la espalda tensos, los hombros encorvados y la cabeza gacha.
Pasa a mi lado, y el roce de su camiseta contra mi brazo es como una caricia fantasma.
Lo veo salir por la puerta y desaparecer hacia la oscuridad, presa de una curiosidad insaciable y más excitada de lo que he estado en muchos años.