Bajo control (D. C. Stars 2) 9. Piper
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9. Piper

Piper

M e muero por pasarme toda la noche en plan cowgirl. —Lexi me coge de la mano y nos abrimos paso entre la multitud hacia la barra—. Creo que quiero convertirme en una definitivamente.

—Bueno, tenías unas botas en la maleta sin saber que íbamos a acabar en un bar country en Edmonton, así que quizá sea una señal de que tienes una nueva vocación en la vida —replico mientras evito por los pelos que me tiren una copa encima—. Renuncia a lo de ser preparadora deportiva.

—Quizá pueda ser preparadora en un circuito de rodeo.

Emmy mencionó que un primo lejano suyo tiene un rancho en el oeste.

Esa podría ser mi próxima parada después del hockey.

—Mira a los chicos de arriba abajo y sonríe—.

Si te digo la verdad, lo haría solo por los pantalones vaqueros y las botas.

Demos gracias al santo patrón de la tela vaquera.

Sabes que nunca haría nada con nadie del equipo, pero los chicos están guapísimos esta noche sin su equipación de hockey.

Me echo a reír al ver que el equipo ocupa todo el espacio de El Porche, el pequeño y oscuro bar en el que entramos hace diez minutos. Casi todos han venido esta noche, incluso el entrenador Saunders, y van vestidos con camisas a cuadros remangadas hasta los codos y Levi’s desgastados.

Grant se ha puesto botas de vaquero, y Ethan, un sombrero que no llevaba cuando salimos del hotel. Maverick se ha atado un pañuelo al cuello, pero en lugar de alguien del oeste, parece un ladrón de bancos tristón que no ha participado en un atraco en su vida, aunque por lo menos se ha esforzado.

Me gusta verlos a todos relajados. Es cierto que hacen mucho el payaso durante los entrenamientos, tonteando y gastándose bromas con serpentinas y cojines de pedos como si estuvieran en el instituto, pero en cuanto el disco toca el hielo y empieza el partido, se vuelven profesionales.

Son hombres que saben que tienen un trabajo que hacer y que veinte mil aficionados los observan para asegurarse de que no metan la pata.

Ahora se comportan como si hubieran fichado al salir del trabajo. Creo que puedo decir, sin temor a equivocarme, por su forma de posar para hacerse fotos con una sonrisa, de firmar camisetas y pedir bandejas llenas cervezas como si fueran vasos de agua, que están a punto de pasar al modo fiesta.

—Si conseguimos acabar la noche sin que arresten a nadie y sin prenderle fuego a nada, será un logro. —Apoyo los codos en la barra y le sonrío al camarero—. ¿Me pones un gin-tonic, por favor?

—¡Que sean dos! ¿Dónde está Maven? —grita Lexi por encima del creciente ruido.

Está entrando más gente en el abarrotado local, y estoy segura de que se ha filtrado la ubicación de los Stars en las redes.

Puede que estemos en terreno enemigo, pero todos adoran a los equipos de la NHL—. Creía que iba a venir.

—Ha dicho que no se encontraba bien. Algo de que le dolía la cabeza y que quería acostarse temprano.

—Tendré que grabar a los chicos en el toro mecánico para que lo vea en el vuelo de vuelta mañana. Diez pavos a que uno se rompe un brazo.

—El entrenador los mata como eso pase, pero ya sabes que al menos uno de ellos lo va a intentar como mínimo.

El camarero nos deja dos copas delante. Cuando saco la cartera para pagar, menea la cabeza.

—Ya está pagado. —Señala con el pulgar por encima del hombro y me inclino para ver de quién se trata—. El tío de la camisa azul quería invitaros.

—¡Ah! —Miro con una sonrisa amable al hombre.

Abulta la mitad que los jugadores de hockey y viste de forma totalmente distinta, con corbata, un bolígrafo en el bolsillo de la camisa y una chaqueta de tweed.

Parece un contable o un ingeniero. Levanto el vaso en señal de agradecimiento—. Muy amable de su parte.

—Pobrecillo, seguro que cree que sus probabilidades de éxito esta noche se han ido al traste cuando ha llegado el equipo y ahora lo está dando todo. —Lexi choca nuestros vasos para brindar—. ¿Cómo va a sobrevivir?

—A lo mejor puede usar la mano izquierda.

—Gente, Piper Mitchell tiene carácter y todavía ni ha probado el alcohol.

—Sonríe y se da media vuelta para ver la escena—.

¿Estás bien? Lo has hecho genial con el micro esta noche, pero me da la sensación de que te estás conteniendo, como si no quisieras celebrar este logro tan increíble.

No te habrá dado guerra alguno de los jugadores, ¿verdad?

Porque si alguno lo ha hecho, se va a cagar.

Remuevo mi bebida mientras observo a Riley sacarse un rollo de monedas de veinticinco centavos del bolsillo para la gramola que hay en el rincón del bar. La canción cambia de George Strait a Johnny Cash, y las primeras notas de «Walk the Line» resuenan en los altavoces. Titubeo antes de contestar.

No les he contado a las chicas todo lo que ha pasado esta última semana. Es una conversación demasiado intensa como para tenerla por teléfono y, la verdad, todavía estoy procesando los intensos altibajos que he vivido.

Quiero celebrar este gran hito en mi vida porque es lo que merezco, pero no quiero que se vea empañado por unos capullos misóginos, los comentarios que todavía resuenan en mi cabeza y la caída en picado de mi seguridad en mí misma.

A lo mejor puedo empezar por disfrutar de esta noche, aceptar una bebida de un desconocido, bailar en línea al ritmo de la música alta y montarme en un toro mecánico.

No hay mejor lugar en el mundo para darle la bienvenida a esta nueva etapa de mi vida que con el equipo que quiero y una de mis mejores amigas.

Suelto el aire. El peso con el que he estado cargando me abandona poco a poco mientras esbozo una sonrisa que pasa de titubeante a descarada, cobrando vida bajo las luces del bar y el olor a cerveza barata.

—Estoy bien. Necesitaba un poco de tiempo para procesar algunas cosas, pero ya me encuentro mejor y me alegro de estar aquí.

—Apoyo la cabeza en el hombro de Lexi—. No castigues a ninguno de los chicos, por favor.

Han sido todos muy amables conmigo. Lo que han hecho antes del partido…

He tenido que contener las lágrimas para que no se me corriera el rímel.

—Son un grupo estupendo, ¿a que sí?

—Pues sí.

Recorro el establecimiento lleno con la mirada, y entonces lo veo.

Liam Sullivan.

Está de pie justo donde me había imaginado que estaría: en un rincón, con una cerveza en la mano y una leve mueca de enfado en el rostro.

La camiseta blanca se le ciñe al torso y a los bíceps, y muestra con orgullo los tatuajes que tiene en los brazos.

Los vaqueros que lleva puestos se le ajustan un poco a los músculos de las piernas, algo que no veo normalmente.

Cuando levanto la mirada de sus Converse de caña alta a su cara, me quedo sin respiración al ver que me está observando.

Me mira con una expresión oscura y peligrosa, que promete la clase de líos en los que no sé si quiero meterme, pero soy incapaz de apartar la mirada. Ladea la cabeza, en señal de invitación, y nunca en mi vida he sentido tanta curiosidad por alguien.

—¿Me das un segundo? —Me termino la copa de un trago porque necesito valor etílico y dejo el vaso vacío en la barra—. Voy al baño.

—Claro. —Me hace un gesto con la mano y muerde la pajita—. No me va a pasar nada. El chico que nos ha invitado parece tener experiencia en contabilidad y necesito consejo sobre mi plan de pensiones.

—Siempre he pensado que las palabras «plan de pensiones» y «no deducible» son afrodisiacas. —Le doy un beso en la mejilla y me limpio las manos en los vaqueros—. No tardo.

Me cuesta abrirme paso entre la multitud. Tengo que apartar con el codo a unas mujeres que están ligando con Grant y Ethan para poder llegar al otro extremo de la barra y alejarme del olor a sudor y a cerveza rancia.

—Piper —dice Liam cuando me acerco.

—Liam. ¿Por qué estás ahí solo?

—Porque quiero. —Se lleva la cerveza a los labios, bebe un sorbo y se le mueve la nuez mientras traga sin apartar los ojos de los míos. Me separo la camiseta del pecho porque de repente tengo mucho calor—. ¿Te lo estás pasando bien?

—No me quejo. ¿Y tú?

Se encoge de hombros. Apoya un pie en la pared que tiene detrás y cruza los brazos por delante del pecho, la viva imagen de la pereza y la despreocupación.

—No es la mejor noche de mi vida, pero se me ocurren peores sitios en los que estar.

—Ah. Entonces supongo que no vas a animarte a recrear la escena esa de Dirty Dancing, ¿no?

—Ni muerto.

—¿La has visto?

—Tengo una hermana, pequeñaja. Me he visto todas las comedias románticas que se te puedan ocurrir.

—¿Cuál es tu preferida?

—Cuatro bodas y un funeral. Pero es imposible equivocarse con cualquiera en la que estén Meg Ryan y Tom Hanks.

—Increíble. Nunca me imaginé que estaría hablando contigo de comedias románticas. Menuda sorpresa.

—Son más de las nueve de la noche y estoy en un bar en el que han puesto seis canciones de Dolly Parton en treinta minutos. ¿Seguro que lo de la película es lo que más te sorprende?

—También es verdad, Sullivan. —Imito su postura, apoyándome en la pared, con la cabeza echada hacia atrás—. Siempre he querido recrear la escena en la que Patrick Swayze levanta a Jennifer Grey por encima de la cabeza. Entre otras cosas.

—¿Qué otras cosas?

—Ninguna de la peli. Me refiero a cosas como bailar una lenta en la cocina.

Besar a alguien bajo la lluvia. Hacerme un tatuaje a juego con la persona a la que quiero.

Comportarme como una idiota perdida. —Suspiro.

La única copa que me he tomado me ha soltado la lengua y me he desinhibido un poco—. Tonterías.

—Si para ti son importantes, no son tonterías.

—Muy perspicaz.

—Es sabiduría de bar. —Bebe un sorbo de cerveza y sujeta la botella por el cuello con esa mano enorme que tiene—. ¿No te apetecía hablar con el tío que os ha invitado a Lexi y a ti a una copa?

—¿Cómo sabes que me han invitado a una copa?