8. Liam
Liam
E n qué piensas, portero? —Maverick me pone una mano en un hombro en el vestuario durante el descanso—. Estás mirando fijamente a la pared.
Sacudo la cabeza.
—En nada.
—Has jugado de puta madre durante el segundo tiempo.
¡Diez paradas y ni un solo tanto! Una pasada.
Ya solo nos quedan veinte minutos para poder largarnos de aquí y celebrar nuestra posible victoria contra los actuales campeones de la Stanley Cup en algún sitio chulo.
Así que, ¿me harías el favor de concentrarte?
—Sin problemas.
—¿Qué te tiene tan distraído?
«La puñetera Piper Mitchell».
Estaba impresionante recorriendo el túnel micrófono en mano. Saltaba a la vista que estaba insegura cuando la vimos antes del partido, pero luego ya parecía mucho más segura de sí misma después de hablar con Hudson.
Me he pasado toda la noche mirándola por el rabillo del ojo. Esa chaqueta rosa es imposible de ignorar.
Como su risa.
Juraría que puedo oírla incluso desde el otro lado de la pista.
Cuanto más tiempo pasa, más se relaja. Se le han ido relajando los hombros, se le ensancha la sonrisa y se vuelve más real, en lugar de una mueca forzada.
No puedo más.
La he visto dos segundos en su salsa y ya no he podido concentrar- me en ese trabajo que me pagan millones de dólares para hacer a la perfección.
Tengo que centrarme antes de que perdamos el puto partido por mi culpa.
—Nada —contesto.
—Qué mal mientes —masculla él, pero no insiste—. Tú sigue parando el resto de la noche y me importará una mierda lo que estás pensando.
—También sería increíble que marcaras de una puta vez. ¿Cuándo te has vuelto tan buenazo que solo te dedicas a pasar el disco? —replico, y sonríe.
—Ese es mi chico.
Salimos a la pista para el último tiempo. Los abucheos del público local nos dan la bienvenida, pero paso de ellos mientras ocupo mi lugar en la portería.
También ignoro a las mujeres que llevan mi camiseta sentadas en primera fila, aunque golpean el cristal e intentan llamar mi atención.
Hago como que no las veo y me dejo llevar por la felicidad de bloquear todo lo que me rodea.
Me concentro únicamente en los doscientos metros que tengo delante, no en quién está entre el público.
Siempre se me ha dado bien aislarme, escuchar lo que quiero escuchar y ver lo que quiero ver. Aprendí pronto que mi cerebro no funciona como el de los demás. No veo colores ni formas. Veo soluciones y todas las posibilidades que pueden surgir en cada circunstancia.
Cuando empecé a patinar de niño, aprendí a aplicar esa diferencia en la pista.
Cada vez que alguien tiene el disco, anticipo los movimientos que podría hacer.
Analizo el posible resultado si gira a la izquierda y luego a la derecha en vez de a la derecha y luego a la izquierda.
La mayoría de las veces sé lo que va a hacer el jugador contrario antes de que lo haga, y voy un paso por delante de él.
Eso es lo que hace que se me dé tan bien mi trabajo.
Como en este preciso momento.
Al alero derecho de los Edmonton Bulls le gusta cruzar el centro de la pista. Le gusta recibir un pase en la zona ofensiva y luego lanzar un tiro de revés que…
—¡Buena parada, Sully! —grita Hudson mientras pasa a toda velocidad a mi lado cuando atrapo el disco en el centro del guante.
—Tengo que meterme contigo más a menudo por estar distraído —añade Maverick. Golpea su palo contra el mío mientras el árbitro pita—. Así consigo que se te pase la tontería rápido.
—Vete a la mierda. —Cojo mi botella y me echo un poco de agua en la boca—. Y sal de mi portería.
—¿Has visto el club de fans que tienes detrás? —se burla Maverick—. Creía que estaban ahí por Hudson, pero esa chica lleva una sudadera que dice: «Mi portería está abierta para el grandullón de Sullivan».
—Mejor tú que yo. —Hudson me mira con una sonrisa comprensiva—. Sabes que no soporto esas cosas.
—Ya somos dos —refunfuño.
Ser el centro de atención me pone los pelos de punta.
Sé que forma parte del trabajo.
Sé que es algo que va unido a practicar un deporte de contacto que nos hace parecer duros y fuertes.
Pero la obsesión de algunas fans me parece extraña.
Ethan tuvo una acosadora el año pasado, una mujer que aparecía en todos los partidos fuera de casa, se sentaba cinco filas por detrás de nuestro banquillo y no le quitaba la vista de encima en ningún momento.
Grant recibe mensajes de fans que le preguntan cuánto tendrían que pagar para pasar una noche con él.
Alguien usó fotos de Hudson paseando a sus perros sin camiseta en pleno verano en un vídeo anónimo de TikTok, y todavía no ha averiguado quién se las hizo.
La cosificación es espeluznante, pero los aficionados masculinos son incluso peores.
Después del quinto partido de la final del año pasado, mis publicaciones se llenaron de comentarios en los que me decían que debería suicidarme por no saber hacer bien mi trabajo.
Aseguraban que había defraudado a toda mi ciudad y que era una vergüenza.
Y cuando descubrieron la cuenta de Alana y dijeron que iban a destrozarla de la misma manera que yo había destrozado los sueños que tenían los aficionados del Stars de ganar el campeonato… casi dejé de jugar.
Sin embargo, este deporte es mi salvavidas y no quiero darles a esos imbéciles la satisfacción de tener poder sobre mí.
Se pueden ir todos a tomar por culo.
—Quedan quince minutos —dice Riley uniéndose a nuestro círculo—. Los de la ofensiva parecen agotados. Creo que si seguimos marcándolos de cerca y nos reservamos las escapadas para los últimos minutos, podremos llevarnos la victoria.
Ethan resopla.
—Estoy tentado de perder el próximo cara a cara solo para confundirlos.
—Casi me apetece jugar con ellos un poco, mandar uno a la jaula y conseguir la superioridad numérica para aplastarles la moral —dice Maverick—. Pero son unos putos campeones.
—Grant ha dicho que si ganamos, nos vamos a un bar country en el centro.
—¿Un bar country en Canadá? —pregunta Hudson—. Parece algo sacado de las novelas de vaqueros que hemos leído en el club.
—Me encantan las novelas románticas de vaqueros —coincide Riley.
Lanzo mi botella a la parte trasera de la portería y me pongo en cuclillas, listo para la siguiente jugada.
—Ahora voy a dejar que me cuelen uno a propósito para no tener que subirme a ningún toro mecánico. ¿Romances de vaqueros? ¿Pero qué os pasa?
—En uno el vaquero se folla a la niñera. Es espectacular —le explica Ethan—. Por no hablar de la relación tan bonita que tiene ella con el hijo del prota.
—Pagaría por ver a Papi Portero sobre un toro —Maverick mira a Hudson, a Riley, a Ethan y a Finn Adams, nuestro alero izquierdo—. Chicos, tenemos que ganar como sea para ver a Liam con sombrero vaquero.
—Te mato —gruño, y el árbitro vuelve a pitar—. Como no os pongáis en vuestro sitio, mando el disco fuera para que nos penalicen por perder tiempo. Así contarán con ventaja y no tendré que escucharos más. Fuera de aquí. Dejadme hacer mi trabajo, putos perros.
Ethan me hace un saludo militar y se dirige hacia nuestros oponentes para el saque de centro.
—Sí, señor.
Maverick ladra y se aleja patinando con más energía que en todo el partido. Hudson y Riley se quedan atrás conmigo y adoptan sus posturas defensivas.
—Sabes que lo único que has conseguido es animarlo a conseguir un triplete, ¿verdad? —dice Hudson entre risas, y pongo los ojos en blanco.
—Por lo menos eso aseguraría el partido —replico—. Estoy cansado.
—Me pregunto si las chicas irán al bar de country. —Riley se desplaza hacia su izquierda, a sabiendas de que los jugadores de los Edmonton Bulls tienden a jugar contra las mamparas más cercanas a su banquillo—. Si está Lexi, la noche siempre es más divertida.
—Si cierras la boca y evitas que esos tíos se acerquen a la portería, te invito a una cerveza en ese dichoso bar para que te diviertas un montón —digo.
—¡Tus deseos son órdenes, portero! —grita Riley, le pasa el disco a Finn por encima de la línea roja y sale detrás de él.
Sé que he hecho un pacto con el diablo, pero cuando Maverick levanta el palo y lanza un tiro precioso que sin duda aparecerá mañana por la mañana en las diez mejores jugadas de ESPN, me da igual todo lo demás excepto la victoria.
—¡Un paradón increíble, portero!
—Menuda parada a un minuto para el final, Sul.
—La jugada del partido es para nuestro Papi Portero. —Maverick se sube a mi espalda y me rodea el cuello con los brazos—. Sabía que solo hacía falta un poco de refuerzo positivo por mi parte para que sacaras las mejores estadísticas de la temporada.
—Estamos en octubre. —Me quito el casco y me sacudo el pelo. Estoy asqueroso, y diez minutos debajo de una ducha bien caliente me parecen el paraíso—. A nadie le importan mis estadísticas en octubre.
—Gran victoria, chicos —dice alguien con voz suave a mi derecha, y me paro en seco. Vuelvo la cabeza despacio y veo a Piper apoyada contra la pared—. ¿Tienes un minuto para hablar de tu actuación, Mav?
—Hola, Pip. —Maverick se baja de mi espalda—. Lo que sea por la mejor reportera en su primera noche oficial con un micrófono.
Piper posa la mirada en mí.
—¿Te importa si hablo contigo a continuación, Liam? Has hecho un partido fantástico, de verdad.
—No voy a dar entrevistas —contesto—. Lo siento.
—Vamos, tío. Es Piper —protesta Maverick.
—No pasa nada. No te preocupes, Mav. No está obligado a hablar con la prensa y no quiero presionarlo. —Ella sonríe—. Que lo pases bien esta noche, Liam.
—¡Ah, te aseguro que se lo va a pasar estupendamente! Se va a venir con nosotros al bar country del centro. Espero que las chicas y tú vengáis también. Tenemos mucho que celebrar —dice Maverick—. Una victoria, tu nuevo trabajo de reportera… Va a ser la bomba.
—Un momento. ¿Vas a ir a un bar de vaqueros? —me pregunta Piper—. ¿Tú? ¿Rodeado de una multitud? ¿En un sitio donde bailan en línea y ponen música country?
Es mi idea del infierno y el último sitio donde quiero estar, pero seguro que sería divertido si ella también estuviera allí.
—Sí. —Me encojo de hombros—. Le dije una tontería a Riley durante el partido y cavé mi propia tumba. No me hace ninguna gracia.
—Por favor, dime que puedo grabarte cantando en el karaoke. Será la mejor noche de mi vida.
—Sigue soñando, pequeñaja. Me voy a quedar durante solo una ronda y como alguien intente subirme al escenario, acabará mal.
—Tenía que intentarlo. A lo mejor cambias de opinión después de un par de copas.
—¿Invitas tú?
Esboza una sonrisa de oreja a oreja.
—Puede ser, si así consigo que te quedes más de ocho segundos.
Maverick nos mira a los dos.
—¿Cuándo os habéis hecho tan amigos?
—No somos amigos —se apresura a decir Piper, ruborizándose.
He descubierto que es algo que le pasa a menudo: cuando me vio sin camiseta en la sala de fisio, cuando la felicité en la cena del equipo, cuando se da cuenta de que se le ha escapado algo que no debía haber dicho…
Está monísima cuando se pone nerviosa, y eso solo me da ganas de provocarla. De ver hasta dónde puedo llegar antes de que me enseñe los dientes.
Maverick gime.
—No tengo ni idea de lo que está pasando y no soporto no enterarme de las cosas.
—No te estás perdiendo nada, Mav —replica ella al tiempo que le hace un gesto al cámara para que se acerque—.
Hablemos del partido de esta noche. Has marcado dos tantos, uno de ellos en los últimos treinta y cinco segundos del tercer tiempo.
¿Qué opinas del impulso del equipo ahora que vamos a entrar en noviembre?
Echo a andar con paso pesado hacia el vestuario para dejar que hablen de trabajo, e intento ignorar la sonrisa que asoma a mis labios cuando miro por encima del hombro y veo que Piper me está mirando.