Bajo control (D. C. Stars 2) 7. Piper
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7. Piper

Piper

P uedo hacerlo. Puedo hacerlo».

«Creo que puedo hacerlo».

«¡Mierda! ¿Puedo hacerlo de verdad?».

Me arreglo el cuello de la americana rosa que me he puesto esta tarde y me miro en el espejo portátil que he colocado sobre mi mesa en la sala de prensa de los Edmonton Bulls.

El color de la prenda es superllamativo, lo bastante intenso como para que se me vea incluso desde el otro lado de la pista, pero no ayuda mucho a calmar mis nervios.

Empieza a flaquearme la seguridad en mí misma. Echo un vistazo al reloj y, cuando veo que me quedan cinco minutos antes de salir a la pista, se me encoge el estómago.

—Oye. —Lexi me da un golpecito en la rodilla—. ¿Estás bien?

—Sí. —Me paso la mano por la coleta alta y me echo un poco de laca en la coronilla para domar los pelos que se han escapado—. Todo bien.

—Ya has hecho esto antes.

—No de verdad. Hice una sustitución de dos segundos durante un partido cuando teníamos el peor récord de la liga hace un par de años.

Esto no es lo mismo: ahora la gente lo va a ver.

A los jugadores les importa lo que tengo que decir porque ya me conocen.

Suena muy cursi, pero siento que esto es el comienzo de algo nuevo y no quiero meter la pata.

—¿Qué es lo peor que puede pasar si metes la pata?

—¿Que me despidan? ¿Que me convierta en un meme por decir «erección» en vez de «elección»? ¿Que haga el… ridículo delante de fans acérrimos a los que les encanta trolear en las redes?

—Puedes con esto, Piper.

—¿Y si solo me han ascendido porque les daba pena?

—susurro—. ¿Y si Charlie tenía razón? ¿Y si solo valgo para ponerme delante de una cámara por mi aspecto y no por mis conocimientos sobre el deporte?

Me pasé un montón de años intentando gustarle a un hombre que, al final, no quería saber nada de mí.

Este trabajo es lo que más me importa y quiero que todo salga bien.

—Ven, quiero enseñarte una cosa.

Lexi entrelaza nuestros dedos y me da un apretón en la mano antes de ayudarme a ponerme en pie. Me saca de la sala de prensa y me lleva por el túnel del equipo visitante. El rugido de la multitud se hace cada vez más fuerte a medida que nos acercamos a la pista.

—Podrían haberle dado este trabajo a cualquiera, pero te lo han dado a ti.

¿Sabes por qué? Porque te esfuerzas. De hecho, te esfuerzas más que nadie.

Porque eres inteligente y porque eres muy válida.

Sé que todavía estás aprendiendo a creer en ti misma, y no pasa nada.

Pero mientras lo consigues, ni se te ocurra pensar que no hay gente dispuesta a animarte. Mira.

Seguimos hasta el final del túnel, justo donde el suelo se convierte en hielo. Parpadeo hasta que mi visión se ajusta a los brillantes focos que tenemos encima. Cuando consigo ver con claridad, casi me tropiezo con mis propios pies.

Todo el equipo está agrupado en la misma formación que adoptan después de terminar un partido e interactuar con los jugadores contrarios. Maverick está al principio de la fila y tras él se sitúan los otros diecinueve chicos con sus camisetas de color azul brillante.

Patina en mi dirección con una amplia sonrisa en la cara, extiende el brazo y me invita a que choquemos el puño.

Le golpeo el guante con los nudillos, y él me da un tironcito de la coleta con la mano libre hasta que se me escapa una carcajada, que me sale como el estallido de una botella de champán.

—¡Dales caña, Piper! —me grita a la vez que se aleja patinando.

Cada jugador repite el gesto hasta que la fila termina y ya solo queda Liam. Se detiene frente a mí con sus grandes guantes y su intimidante presencia.

—Piper —gruñe.

—Liam —digo.

—Me he enterado del ascenso. Enhorabuena.

—Creía que odias hablar con la prensa.

—No veo que tengas un micrófono en la mano.

—A lo mejor lo llevo escondido en el bolsillo.

—Tu chaqueta es muy rosa.

—Algunos dirían que no lo bastante.

—¿Qué tono es ese? ¿Chicle?

—Casi. En realidad, se llama «A ti qué te importa» —contesto en broma.

Se le escapa un resoplido de risa y, aunque apenas se oye por encima de la música que suena a todo volumen por el sistema de megafonía, yo lo oigo alto y claro. Se levanta el casco hasta que le queda sobre la cabeza, y veo que tiene una sonrisilla casi imperceptible en los labios.

Nunca hablamos tanto en los partidos.

Lo normal es que me salude con un asentimiento, que me dedique un «hola» seco antes de irse refunfuñando en dirección al vestuario. No debería gustarme tanto que me esté haciendo caso ahora.

—Necesito una dosis extra de seguridad esta noche y la ropa llamativa es mejor opción que un chupito de vodka —le explico—. Estar achispada y tener acceso a un micrófono parece la receta perfecta para saltarme las normas de la Comisión Federal de Comunicaciones.

—Lo vas a hacer muy bien —me asegura, con un tono de voz tan bajo que tengo que inclinarme para oírlo.

—¿Y si no?

Se lo pregunto porque sé que va a ser sincero conmigo. Liam no se anda con rodeos y nunca recurre a las indirectas; su franqueza es una bendición y una maldición a la vez. Te dice exactamente lo que piensa y, de alguna manera, necesito que sea él quien me diga lo que necesito oír.

—Pues te sacudes el polvo y lo vuelves a intentar mañana. O pasado mañana. O al día siguiente, hasta que lo consigas. Pero no tienes nada de lo que preocuparte.

—Vaya, menudo optimismo. No me lo esperaba de alguien que una vez mandó a la mierda a un periodista.

—No me gustaba ese periodista y se puede seguir yendo a la mierda. Lo tuyo es distinto.

—¿Distinto en el buen sentido?

—Tienes tu destino en las manos, pequeñaja.

—Esa no es la perla de sabiduría que quería.

—Ya lo irás viendo. Y mientras tanto, todo te va a ir bien.

Se pone de nuevo el casco y se dirige a la portería. Se deja caer al hielo para estirar. Después levanta la barbilla y me hace un lento gesto con el pulgar hacia arriba que yo interpreto como el mayor cumplido del mundo.

—Directo con Piper en dos minutos —dice alguien en mi auricular. Agarro el micrófono con fuerza—. Entrevista del primer tiempo con Hayes en la pista.

—¿Estás bien? —me pregunta Bernie, mi cámara.

—Sí. —Asiento y desvío la mirada hacia el hielo, donde veo a Liam detener el disco. El reloj de la enorme pantalla marca el tiempo restante y baja de quince a diez segundos. La parada consolida el empate a cero al llegar al descanso—. Estoy bien.

Suena la bocina y me pongo en posición, a la espera de que los chicos rompan el círculo antes de irse al vestuario para el descanso. Bernie levanta el dedo en señal de advertencia y asiento de nuevo.

—¡Hudson! —grito—. ¿Puedo hablar contigo un momento?

—Vaya, Piper. —Sonríe, se acerca patinando y se detiene con tanta brusquedad como para lanzarme esquirlas de hielo a los pies—. ¿Voy a ser tu primer entrevistado? Qué honor.

—Eres el único del que me fío para no liármela a los ocho segundos de empezar este trabajo.

—En eso tienes toda la razón. —Hudson se apoya con gesto indolente en el palo—. Por cierto, lo vas a hacer muy bien.

—Dame un codazo si se me olvida lo que tengo que decir.

—Asiento mientras mi cuenta atrás pasa de cinco a uno y esbozo una amplia sonrisa—.

Gracias, Bradley. Estoy aquí con Hudson Hayes, que ha jugado una defensa sólida durante este primer tiempo.

Hudson, hace cuatro años, los Stars tenían el peor récord de la liga y estabais en medio de una racha de once derrotas consecutivas.

Esta noche habéis mantenido a cero al vigente campeón de la Stanley Cup durante los primeros veinte minutos de juego.

Como el segundo miembro más veterano del equipo, ¿qué opinas del crecimiento que habéis tenido en estos últimos cuatro años?

—Ahora todos somos mayores. El hecho de tener más experiencia, en la que incluyo las derrotas, y un líder que las ha sufrido con nosotros es muy importante. Ya hemos estado en lo más hondo del pozo y hemos logrado salir, así que sabemos que, de ser necesario, podemos volver a hacerlo.

—Hablemos del tiro que has realizado a tres minutos del final del primer tiempo. No tenía mala pinta, pero te quedaste corto. Eres más de asistir que de marcar. Cuando se te presenta una oportunidad como esa, ¿cómo decides si vas a pasar o a tirar?

—Si te digo la verdad, se suponía que iba a ser un pase.

—Hudson alza la voz por encima del anuncio del número ganador de la rifa, y yo me pongo de puntillas para poder oírlo—.

Creía que Richardson estaba mejor colocado que yo, pero el disco quería ir hacia el portero.

Casi se alineó a la perfección. En el fondo me da igual quién tire, solo me importa que entre en la portería y que ganemos.

—Una última pregunta y dejo que te vayas al vestuario.

Este enfrentamiento entre equipos ya lo vimos la temporada pasada, en la final de la Stanley Cup.

Parece que hay cierta tensión entre ambos.

Sé que todavía queda mucho para junio, pero ¿qué se siente al jugar contra el rival al que esperas volver a encontrarte más adelante?

Apoya la barbilla en el palo y me mira desde arriba.

—Sabemos que el hecho de que te vaya bien durante la temporada no es algo de lo que fardar.

Puedes jugar bien todo el año y luego cagarla en los playoffs, cuando más importa.

Aun así, está muy bien que podamos hacernos una idea de la clase de juego que nos vamos a encontrar más adelante.

Los Edmonton Bulls son un buen equipo. Van a tope, y este tipo de juego es justo lo que necesitamos para evaluar cómo nos están yendo las cosas.

—Muchas gracias, Hudson. Le devolvemos la conexión con Bradley, que va a analizar las estadísticas de este primer tiempo.

Bernie me da el visto bueno y relajo los hombros de alivio. Aflojo un poco la mano con la que sujeto el micro y respiro hondo, llenándome completamente los pulmones de aire por primera vez desde hace varias horas.

—No sé por qué estabas tan nerviosa, si lo has hecho genial, Piper —me dice Hudson—. Tienes un talento natural.

—Me ayuda que seas tan buen conversador. Es mucho más fácil hablar contigo que con alguien como Liam.

—Hasta una pared sería mejor que Liam. Sería menos arisca.

Me echo a reír. La tensión que tenía en el estómago se disipa y una pequeña parte de mí piensa que sí puedo hacerlo.

De verdad.

Todos los días.

Y que voy a ser buena.

—Gracias por dedicarme tu tiempo. Te agradezco la paciencia.

—Vas a llegar muy lejos. —Vuelve a chocar los nudillos con los míos antes de girarse hacia el vestuario—. Ah, una cosa. Si Sullivan se pone cabezota y no quiere darte una entrevista, me lo mandas y ya lo pongo yo en su sitio.