6. Piper
Piper
P erdimos en Austin por un solo punto y, después de haber oído las obscenidades que mis compañeros dijeron sobre mí, me dio igual.
El partido se decidió en los últimos segundos. Maverick tuvo la oportunidad de empatar, pero el tiro rebotó en el lado izquierdo de la portería de nuestros oponentes justo cuando acababa el tiempo.
No organicé ninguna entrevista después de la derrota.
Si pierden, los chicos prefieren relajarse en el vestuario en lugar de ponerse delante de las cámaras, donde se ven obligados a decir cosas que no sienten, como que «lo hemos dado todo» o que «lo haremos mejor la próxima vez», para contentar a la prensa.
Están muy enfadados.
El vuelo de vuelta a Washington D. C. de anoche fue más silencioso que el de ida. Maverick mantuvo la cabeza gacha en todo momento, Liam se negó a mirar a los demás y Grant, que nunca está de mal humor, se sentó con los brazos cruzados por delante el pecho.
No se escuchó ni un solo comentario gracioso sobre pollas.
Yo incluso evité hablar con mis amigas. Me puse los auriculares y fingí dormir para no tener que explicar por qué no saludé a mis superiores cuando subieron al avión e intentaron bromear conmigo.
Me costó la vida morderme la lengua en lugar de responderles como se merecían, y no tengo ni idea de qué voy a hacer con esta situación.
¿Dimitir? ¿Trasladar mi vida entera y trabajar para otro equipo lejos de Washington D.
C.? ¿Aguantarme y fingir que no he oído lo que han dicho de mí?
Aunque sé que no soy capaz de mirar para otro lado.
Me resulta incómodo afrontar el problema, porque no me gusta provocar un enfrentamiento y avivarlo, pero si me ha pasado a mí, le pasará a la siguiente también.
Y a la siguiente.
El ciclo continuará hasta que alguien les pare los pies a esos gilipollas, y me niego a ser cómplice mientras ellos se pavonean y se cuelgan medallitas cuando son lo peor.
Me importa una mierda acabar con la reputación por los suelos.
Para colmo, Helen, la jefa de Recursos Humanos, me ha pedido que vaya a verla a última hora y me he puesto automáticamente en el peor de los casos.
Estoy segura de que van a reprenderme por no haber asistido a la reunión previa al partido. Me regañarán por faltar a un compromiso laboral, algo que no he hecho nunca antes, pero la falsa cordialidad termina donde empieza el acoso sexual.
—Oye —Maven baja la cámara y me mira mientras el equipo termina el entrenamiento—, ¿estás bien?
—Sí. —Cierro el cuaderno de un golpe y lo guardo en el bolso—. Solo es un miniataque de pánico porque tengo que ir al despacho de la mujer responsable de despedir al personal y no sé qué quiere.
—Seguro que no pasa nada.
Maven no estaría tan segura si hubiera escuchado a Charlie y Doug, y justo por eso no se lo he contado a nadie. Porque esos dos tienen poder y yo no soy más que un peón. No les importa quitarme de en medio.
—Nunca se sabe. A lo mejor alguno de los jugadores se ha quejado de mí.
—Pero, por favor, si los chicos te adoran. La mitad de ellos solo habla contigo.
—Ojalá pudiera conseguir que lo hicieran todos. —Señalo a Liam, que está en la portería. En ese momento se quita el casco y se sacude el pelo, frunciéndole el ceño a Ethan, que intenta golpearle un patín con el palo—. Aquel de allí sigue sin acercarse al micrófono, como si le diera alergia.
—No dejes que una uva mala eche a perder todo el racimo.
—Es que precisamente tiene muy mala uva. Me conformo con que sea neutral. —Me levanto del banco donde hemos estado viendo el partido y me cuelgo el bolso del hombro—. ¿Te vas ya?
—Eso tenía pensado, pero te espero si quieres.
—No, tranquila. Mejor voy sola. Así, si tengo que entregar mi acreditación, por lo menos no me verás salir escoltada por los guardias de seguridad.
Maven pone los ojos en blanco.
—Que no te van a echar.
—Ya veremos.
Me despido agitando la mano y respiro hondo de camino al pasillo donde se encuentran las oficinas de administración. Me seco el sudor de las palmas en la camisa, llamo a la puerta de Helen y espero a que me responda.
—Adelante —dice, y respiro hondo una vez más.
—Hola. —Cierro la puerta detrás de mí y me adentro en el despacho de la mujer que controla mi futuro—. ¿Querías verme?
Me señala la silla vacía frente a su mesa y en ese momento veo que en la otra está Bradley, el compañero que cubre la pista igual que hago yo.
—Toma asiento.
—Gracias.
Me acomodo en el borde de la silla de cuero y empiezo a mover una pierna sin parar.
Los nervios me consumen. Siento que no puedo respirar aquí dentro, el ambiente es muy denso y la tensión está por las nubes.
Me preparo para lo que está por llegar, consciente que esta conversación no va a acabar bien para mí.
—Esta mañana me han informado de unos comentarios que han hecho tus compañeros sobre ti durante el fin de semana. Lo que he oído me ha dejado espantada —dice Helen.
Dios mío. Vuelvo la cabeza hacia la izquierda, sintiendo el pecho oprimido al mirar al hombre que está a mi lado.
¿Bradley los ha delatado?
Charlie y Doug jamás irían el uno contra el otro, y en la sala de conferencias solo estaban con Bradley. Es un hombre callado que tiende a evitar los enfrentamientos. Viene, hace su trabajo y se va.
Nuestra relación es cordial, pero no somos amigos. O no lo bastante como para que se sienta obligado a protegerme de nuestros superiores, y me sorprende que haya sido él quien haya denunciado esta situación a quienes pueden solucionarla.
Me dejo caer contra el respaldo de la silla y miro de nuevo a Helen.
—Me… Me gustaría poder decir que es la primera vez que sucede, pero no es así.
Hace poco puse una queja en Recursos Humanos por un comentario de Charlie durante nuestra reunión semanal.
Sin embargo, aún no he informado de lo que escuché en Austin.
Tenía pensado hacerlo hoy, pero ha sido un día caótico con los preparativos para el partido de mañana.
Siento haber esperado tanto tiempo para contarlo —digo con la cabeza gacha.
Helen levanta la mano para detenerme.
—Ni se te ocurra disculparte conmigo, Piper.
Soy yo quien debe pedirte perdón —me dice.
Contengo el aliento y me enderezo un poco mientras ella sigue—: Lo que dijeron es imperdonable y no tiene cabida en nuestra empresa.
Me avergüenza su comportamiento y me repugna saber que lo han hecho durante años.
Hemos despedido a Charlie y Doug con efecto inmediato.
Además, les hemos enviado a todos los empleados una circular sobre el acoso sexual en el lugar de trabajo, junto con un cursillo online obligatorio.
No sé ni qué decir.
A pesar de todas las gilipolleces que dijo Charlie, sus palabras encerraban gran parte de verdad.
Lleva veinte años en el equipo. Lo consideran un dios en todos los estadios que visitamos y hace poco lo incluyeron en el Salón de la Fama del Periodismo Deportivo.
Dudo que a alguien le importen más las quejas que se hayan interpuesto contra él en Recursos Humanos.
Hasta ahora, supongo.
—¿Qué significa eso para nuestro equipo? —pregunto.
Sin Charlie y Doug, nos hemos quedado bajo mínimos. Tenemos dos personas menos, un partido dentro de veinticuatro horas y ningún sustituto disponible.
—Ascenderemos a Bradley a comentarista principal en la cabina.
Me ha dicho que está dispuesto a hacerlo solo —contesta Helen—.
He publicado una oferta para cubrir el otro puesto de comentarista en la bolsa de empleo interna de la liga y, dado el buen rendimiento del equipo la temporada pasada, espero recibir bastantes solicitudes.
—Fui comentarista cuando estaba en la universidad —explica Bradley—. A lo mejor estoy oxidado, pero puedo hacerlo.
—Piper, serás la reportera principal en la pista durante el resto de la temporada —sigue Helen—.
He visto el trabajo que has hecho, el esfuerzo y la dedicación que has puesto para conocer los puntos fuertes y débiles de los jugadores.
Los conoces como la palma de tu mano, y este debería haber sido tu puesto desde que te contratamos.
—¿Qué? —susurro.
—Si quieres el trabajo, es tuyo. Empezarás delante de las cámaras la semana que viene.
Me invade la sorpresa. No sé si reír, llorar o pellizcarme para convencerme de que no es un sueño, sino la vida real. Todo me da vueltas, pero no importa.
Reportera principal.
Es el puesto que he deseado desde que llegué a Washington D.
C. con los ojos brillantes, llena de ambiciones y con muchos objetivos que lograr.
Me he pasado años trabajando gratis o por una miseria.
He viajado por todo el país con equipos que tenían récords negativos, haciéndoles entrevistas a jugadores que ni siquiera sabían mi nombre.
He soportado que me lanzaran camisetas sudadas y tener que explicar, una y otra vez, que no era fan, sino reportera, cuando me quedaba en el túnel durante el descanso.
Los puestos como este son muy codiciados en la liga.
La gente prácticamente los hereda y no renuncia a ellos hasta muy avanzada su carrera.
Algunos de los reporteros a los que admiro llevan cincuenta años en su trabajo.
Es poco habitual conseguir un ascenso así tan pronto, pero sé que puedo hacerlo.
Sé que soy buena delante de la cámara. Mantengo la calma bajo presión y soy capaz de adaptarme a los imprevistos.
Dedico horas a investigar porque quiero asegurarme de que hago preguntas distintas a las habituales.
Soy curiosa, pero no impertinente. Prefiero que mis entrevistas sean una conversación, no un sermón.
Soy consciente de que habrá quien piense que no estoy lo bastante cualificada, pero me muero por demostrarles que se equivocan.
—Muchas gracias —digo cuando por fin consigo hablar, después de reprimir mis emociones, esas que me hacen «sensible» y «débil»—. Será un honor representar a los Stars, y te prometo que no os defraudaré.
—Sé que no lo harás. Mañana por la mañana te llegará la oferta formal al correo.
Los partidos en casa y fuera están incluidos en el contrato, con una posible extensión después de los playoffs.
—Helen cruza las manos encima de la mesa y tamborilea con los dedos sobre la madera—. ¿Quieres preguntarme algo?
—Todavía estoy asimilándolo. —Suelto una carcajada incrédula mientras intento procesar los últimos cinco minutos—. Pero seguro que ya se me ocurrirán cosas.
—En ese caso, ya sabes dónde estoy. Mi puerta siempre está abierta —dice Helen, y yo me levanto.
Una vez a salvo en el pasillo, se me escapa un chillido. Antes de que pueda entregarme a la celebración de la que es mi primera victoria en lo que me parecen años, alguien me posa una mano en el hombro. El contacto es titubeante. Miro hacia atrás y veo a Bradley, que frunce el ceño.
—Ya sabías lo que habían dicho de ti. —Aprieta la mandíbula. Retira la mano y retrocede—. No te ha sorprendido cuando Helen lo ha mencionado.
—No, no me ha sorprendido —replico con una sonrisa triste—. Estaba fuera y lo oí. Después de escucharlos, no me atreví a entrar y enfrentarme a ellos. A lo mejor fui una cobarde por salir corriendo, pero…
—No fuiste una cobarde —me asegura Bradley con voz dura y crítica—. El cobarde soy yo. Intenté que pararan, pero no fui lo bastante firme como para que me escuchasen. Me dijeron que fuera a Recursos Humanos y me alegro de haberlo hecho.
—¿Qué? ¿Quién te dijo que fueras a Recursos Humanos?
—Da igual. Lo importante es que yo también te debo una disculpa. Siento mucho lo que se dijo de ti en Texas, sobre todo porque pasó más veces de las que me gustaría admitir. Debería haber hablado antes, y soy tan culpable como ellos.
Llevo más de diez años en el mundo del deporte y nunca he visto a un hombre disculparse por su comportamiento. Al final siempre se reduce a «es que ella es muy sensible» y nunca hay un «la he cagado». O «solo era una broma» en vez de «siento haber dicho algo así».
Que Bradley se disculpe por transgresiones de las que no es responsable me hace ver un rayito de esperanza para el futuro de las mujeres en la liga de hockey y en otros ámbitos.
—Gracias, Bradley. Has hecho lo correcto, y significa mucho para mí que te arriesgaras.
—Me alegro mucho por ti, Piper. Te mereces el puesto de reportera. Me siento mucho más cómodo en la cabina, comentando las jugadas, que intentando convencer a los jugadores de que hablen conmigo.
—Seguramente me pondré en evidencia en vivo y en directo, pero ya veremos cómo va la cosa. Tengo que irme. Nos vemos mañana.
Doblo la esquina para quedarme a solas y me tiemblan los dedos mientras escribo un mensaje en nuestro grupo.
LAS CHICAS SOLO QUIEREN (DERECHOS FUNDAMENTALES) PASARLO BIEN Y SEXO DEL BUENO
Adivinad quién es la nueva reportera a pie de pista de los Stars
Lexi
NO ME JODAS!
Maven
En serio??
Emmy
Madre mía, Piper! Qué buena noticia!
Maven
Qué ha pasado? Da detalles!
Llevo unos días de locos. Tengo mucho que contaros. Han despedido a Doug y a Charlie.
A mí me han ascendido. Bradley es un héroe.
No me creo que esto esté pasando de verdad
Lexi
Tía, que lloro
Maven
Te lo mereces. Te lo has ganado a pulso
Emmy
Que se jodan Doug y Charlie!
Lexi
Bien dicho. Que les den!
Maven
Vamos a celebrarlo!!!
Emmy
Esta noche no, que juego en Los Ángeles y soy egoísta y quiero que me incluyáis. No os permito que salgáis sin mí
Ni se me ocurriría, Em. Este fin de semana me parece perfecto
Lexi
Sal y cómprate una botella de champán o algo, Piper!
Emmy
Acabo de mandarte dinero para que te des un capricho
Maven
Y yo! Bueno, te lo manda Dallas. De qué sirve casarse con un deportista profesional si no usas sus millones de vez en cuando?
Os quiero mucho a todas 3
Me guardo el móvil en el bolsillo, rebosante de orgullo.
Dios, espero que mi suerte esté cambiando por fin.
Últimamente ya nada me hacía ilusión. No había ni una sola buena noticia, todo era un continuo estar bien sin más, y me encantaría poder pasar página, empezar de cero y tener la oportunidad de triunfar por mí misma.
Me lo merezco.
Esto es lo que he estado esperando, aquello por lo que tanto me he esforzado, la oportunidad por la que me he arrastrado por las trincheras, y voy a darlo todo. Les demostraré a cada uno de los gilipollas que alguna vez han dudado de mí que han cometido un error.