5. Piper
Piper
P ues rumbo a Texas. —Lexi sube su maleta al avión chárter y enfila el pasillo—. La tierra en la que todo es más grande.
—¿Por qué me da la sensación de que ese eslogan lo ha inventado un hombre? —Dejo mi mochila de cuero negro en un asiento vacío y me pongo de puntillas para guardar la maleta en el compartimento superior—. Parece que es para compensar lo que les falta en otros aspectos.
—Sin duda. —Lexi se acomoda en un asiento al otro lado del pasillo, en la parte delantera del avión—. Estaba pensando en cenar barbacoa esta noche, ¿te apuntas?
—Puede, depende de cuánto consiga trabajar durante el vuelo. Tengo preparadas las estadísticas de los jugadores para mañana, pero llevo retraso con los dos próximos partidos.
—¿Por qué no te ayuda alguien de tu departamento? No eres la única reportera y estás haciéndoles todo el trabajo de documentación.
—No me importa. —Saco el cuaderno de la bolsa y me lo coloco sobre los muslos al tiempo que le doy unos golpecitos a la espiral del lomo—. Ninguno de mis compañeros es minucioso y, como no estoy siempre delante de la cámara, esto me ayuda a mantenerme ocupada.
—Aún no estás siempre delante de la cámara —matiza, y yo sonrío por su optimismo—. Podrían echarte un cable de vez en cuando. ¿Has hablado con Recursos Humanos de Charlie el Pichacorta?
—Tus apodos me matan. —Niego con la cabeza, sonriendo—. Sí, fui a hablar con ellos. Me dijeron que lo están investigando y que si vuelve a pasar algo se lo comunique.
—Bien. —Lexi se incorpora cuando ve que los miembros del equipo empiezan a subir al avión, trajeados y con corbata. El entrenador exige atuendo formal delante de la prensa, pero en cuanto entran en el avión, empiezan a quitarse la ropa—. Buenos días, chicos. Estáis muy elegantes.
—Buenos días, señoritas. —Connor McKenzie, el delantero centro, nos saluda con un gesto de la cabeza—. No miréis el golpe que llevo en la cara. Todavía tengo el ojo morado por el partido del lunes.
—Seguro que te lo merecías —replica Lexi, y él le hace una peineta—. Hola, Riley.
El susodicho levanta la mirada de su teléfono. Se ruboriza, la saluda con la mano y sonríe para después tropezarse con su propia bolsa de deporte.
—Mierda. Ay. Hola, Lexi. Piper.
—Buenos días, Riley —le digo, riéndome entre dientes mientras se aleja—. Te juro que todos los chicos del equipo están enamorados de ti.
—Espero que no. Los considero mis hermanos.
—Haz el favor de decirme que como mínimo eres consciente de que a Riley le gustas.
—¿Riley? Es muy mono. Un poco joven para mí, pero mono.
—¿Quién es mono? —Maven se deja caer sin aliento en los asientos que tenemos delante.
—Riley —respondo—. El pobre casi se ha dejado el tendón de Aquiles al tropezarse con su mochila cuando Lexi lo ha saludado.
—Para —protesta ella—. Deberíamos centrarnos en ti y en tu intento de volver a salir con tíos.
—A salir no —la corrijo—. Solo quiero sexo. Sin ataduras. Divertido. Es muy distinto.
—Anda, ¿quién está hablando de sexo? —Maverick se sube las gafas de sol al pelo y se detiene para mirarnos a las tres—. ¿Alguno de los novatos ha metido la pata y tiene problemas? Estos jóvenes de hoy en día… Yo nunca me he comportado así.
—Ni se te ocurra mentirnos, Miller. Sabemos cómo eras antes de que apareciera Emmy. —Maven saca la lengua—. Intentaste ligar hasta conmigo.
—No intenté ligar contigo, estaba poniendo a prueba tu lealtad hacia mi mejor amigo. —Esboza una sonrisa burlona—. Aunque noté que me mirabas mucho cuando nos conocimos.
—Está delirando. —Maven suspira mientras juguetea con su alianza—. Tú sí que usas el tamaño de tu ego para compensar otra cosa.
—Oye, podemos quedarnos aquí hablando de mi po…
—¿Te mueves ya? —dice alguien de repente con voz grave.
Miro por encima del hombro de Maverick y veo a Liam, cuyos anchos hombros y gruesos muslos apenas si dejan espacio en el pasillo—.
Algunos queremos llegar a nuestros asientos y dormir.
Escucharte hablar de tu polla a las siete de la mañana es mi peor pesadilla.
Disimulo la carcajada que se me escapa con una tos y Liam clava los ojos en mí. Lo saludo con una mano y él ladea la cabeza, un gesto más cordial de lo que es habitual en él.
No era mi intención ponerme a hablar con Liam en la terraza el día de la cena del equipo, pero me alegro de haberlo hecho.
Es difícil conseguir que se abra, que revele algo de sí mismo, y que me contara lo de la boda de su hermana y ver cómo se le iluminaba la cara al hablar de ella fue lo mejor de la noche.
—Se me olvida lo gruñón que te pones antes de tomarte el café. —Maverick pone los ojos en blanco y deja el pasillo libre, acercándose a los asientos donde está Maven—. Buenos días, grandullón.
Liam deja de mirarme para dirigirse a su capitán.
—No me toques los huevos, Miller —dice con el ceño fruncido mientras avanza por el pasillo, arrastrando la maleta.
—Sí, señor. —Maverick le hace un saludo militar, y esta vez no me molesto en disimular la carcajada—. Es su forma de decirme que me quiere.
Lexi resopla.
—Pues a mí me parece que está planeando matarte.
—Es que así es como demuestra afecto Liam. —Maverick se echa la bolsa de deporte al hombro y se va hacia la parte del avión donde se sientan los jugadores—. Chicas, sed buenas. Yo me voy donde está la fiesta. No montéis jaleo.
Cuando nos deja solas, Lexi se vuelve hacia mí.
—¿Cómo fue tu cita?
—Ah… —Me río y me encojo de hombros en un intento por disimular la incomodidad que siento al pensar en lo que pasó hace dos noches.
Una espera de media hora se alargó a cuarenta y cinco minutos, mientras yo miraba a la puerta cada vez que se abría para nada.
Cuanto más tiempo pasaba, más se me encogía el corazón, y me sentí avergonzada y exhausta por haber creído que de verdad podía salir con un hombre y pasármelo bien—. Pues… me dio plantón.
—Estás de coña. —Maven se da media vuelta en su fila y me mira por encima de los asientos—. ¿Que no apareció? Vaya par de huevos.
—No me escribió ni nada. Cuando fui a mandarle un mensaje para asegurarme de que estaba…, bueno, vivo, y no por ahí tirado en una cuneta, descubrí que me había bloqueado.
—Por esto es una mierda salir con tíos. Creen que tienen impunidad para hacer este tipo de cosas —dice Lexi—. ¿Estás bien?
—Sí. —Añado una carcajada para que resulte más creíble y, durante medio segundo, hasta yo me lo creo—.
No es para tanto. No voy a perder el sueño por él.
—Salvo anoche, cuando me acosté y los pensamientos negativos se agolparon en mi cabeza en un bucle sin fin, autocrítica tras autocrítica, hasta que salió el sol y conseguí centrarme en el día y no en mis defectos.
«No soy lo bastante guapa».
«No soy exitosa».
«Soy demasiado complicada».
«Hay gente mejor que yo por ahí».
Antes no tenía la autoestima tan baja, pero cuando alguien a quien quieres te dice, una y otra vez, que estás muy bien pero que no eres genial, acaba desgastándote.
Las palabras se te clavan hasta el alma una y otra vez hasta que no te quedan más que pedazos de tu ser y una colección de intentos fallidos de seguir adelante.
—No pasa nada. En serio. —Les sonrío a los últimos chicos que suben al avión, con cara de sueño, bostezando y cinco minutos tarde—.
No era para mí. Seguramente el próximo tampoco lo será, pero supongo que tendré que pasar por algún que otro bache antes de encontrar a uno con el que pueda divertirme.
Me quito el bolígrafo que me he colocado antes detrás de la oreja y abro el cuaderno en un intento por distraerme del ruido del avión, que ha empezado a avanzar por la pista.
Odio volar, y concentrarme en cualquier cosa que no sea la física necesaria para que esta máquina se eleve del suelo y se mantenga en el aire es la única forma de evitar que me dé un ataque de pánico.
—Ya te encontraremos a un tío simpático de Texas cuando salgamos a cenar. Uno al que le queden los Levi’s de muerte. —Lexi me mira—. ¿Estás bien?
—Sí. Ya sabes que no soporto el despegue ni el aterrizaje. —Cierro los ojos con fuerza y me agarro a los reposabrazos, intentando respirar hondo—. Se me pasará.
—Piensa en los vaqueros guapos con botas y sombreros que vamos a ver esta noche. Y, oye, si morimos, por lo menos te irás al otro mundo con la imagen de un dios buenorro en la mente.
—Algo es algo. —Se me escapa la risa nerviosa cuando el avión abandona la pista y se eleva. Abro un ojo y suspiro aliviada—. Esto es aterrador. No sé cómo lo aguanta la gente que vuela todos los días. Yo tengo bastante con soportarlo cuarenta y una ocasiones por temporada.
—Ponte a trabajar, guapa. —Lexi me da una palmadita en el muslo—. Así podremos salir esta noche a pasárnoslo requetebién.
Horas más tarde, bostezo y estiro los brazos por encima de la cabeza. Me duele la espalda por el vuelo a Austin y estoy cansada después de un día ajetreado que no da señales de ralentizarse.
Casi no he tenido tiempo ni de respirar. Tan pronto como aterrizamos, nos subimos a un autobús que nos llevó al estadio, donde los chicos hicieron su entrenamiento. Ahora vamos de camino al hotel para reunirnos con el equipo de prensa y repasar la agenda de mañana.
Como sufro de puntualidad crónica, llego antes de la hora y aprovecho para tomarme un respiro fuera de la sala de reuniones. Oigo voces al otro lado de la puerta entreabierta, y luego una carcajada ronca. Me detengo, preguntándome qué es tan gracioso, y me paro para escuchar.
—Os juro por Dios que como tenga que volver a escucharla preguntar otra tontería como que de qué manera se ha visto influenciada la carrera de un jugador de la NHL por sus primeros años de patinaje, voy a perder los papeles —dice alguien, y reconozco por la voz que es mi jefe, Charlie—.
No me sorprendería que ya se hubiera acostado con la mitad del equipo.
Se les cae a todos la baba cuando la ven pasar, parecen una panda de adolescentes.
Agarro el pomo con tanta fuerza que se me ponen los nudillos blancos. Pego la oreja a la puerta y me acerco más para poder escuchar sin que se den cuenta de que estoy aquí.
Ni loca voy a entrar ahí ahora mismo. No hasta saber de quién están hablando de esa forma tan inapropiada.
—¿A ti no te parece guapa? Estaría preciosa inclinada sobre tu escritorio —replica Doug, su compañero en la cabina de retransmisión de los partidos.
—A ver, no es fea. Podríamos compartirla; seguro que así se relajaba un poco.
—Me hace gracia que piense de verdad que va a acabar con un puesto fijo. Casi me da pena. Hace un montón de trabajo y da lo mismo… Por lo menos lleva faldas ajustadas y tenemos algo que mirar.
—No soporto lo sensible que es —replica Charlie—. La temporada pasada se echó a llorar antes de acabar aquella entrevista con Miller cuando él empezó a hablar de su infancia. Qué vergüenza.
—Siempre he dicho que las mujeres deberían dedicarse al trabajo aburrido: recursos humanos, contabilidad…, y dejarnos los deportes a los hombres.
—Ni siquiera en Recursos Humanos sabrían hacer las cosas en condiciones.
Yo llevo años recibiendo quejas y aquí sigo.
Les deseo buena suerte si quieren echarme.
¿A quién iban a poner en mi lugar? ¿A ella?
Sería un desastre. Tengo casi tanto poder en este equipo como el puto presidente del club, y está clarísimo que no voy a irme a ninguna parte.
—Oye… —Alguien carraspea y se une a la conversación—. Creo que deberíamos centrarnos en el calendario del partido de mañana en vez de hablar de alguien que no está aquí para defenderse.
Me tiemblan las manos mientras me alejo de la puerta dando un paso atrás, y luego otro, y otro más, hasta que ya no los oigo. Hasta que ya no oigo sus risas ni los comentarios horribles que están haciendo.
Hasta que, de repente, lo entiendo todo.
Están hablando de mí.
Soy la única mujer en nuestro reducido equipo. La entrevista de Maverick solo fue posible porque él dijo que solo quería que yo contara su historia, nadie más.
Estos hombres, con los que he trabajado durante años, solo me ven como un trozo de carne sin cerebro.
Siento náuseas. Noto un sabor ácido en la lengua. Aprieto los puños a los lados mientras apoyo la espalda contra la pared y me deslizo hasta el suelo.
Las ganas de llorar, de gritar, de enfrentarme al mundo entero me corren por las venas.
Y el impulso está a punto de escapar, de liberarse, pero cierro los ojos y respiro hondo.
Entierro la cabeza entre las manos e intento recitar todas las afirmaciones positivas que he aprendido.
Trato de concentrarme en todo lo bueno a lo que puedo aferrarme, pero pienso en bucle que todo el trabajo que he hecho no ha servido para nada.
He oído hablar de mujeres que, en el mundillo del periodismo deportivo, se enfrentan a misoginia de este tipo, pero nunca pensé que yo sería objeto de algo tan descarado.
Algo tan volátil e intencionado, como si no fuera una compañera de trabajo, sino un cuerpo sin nombre que pueden usar hasta saciarse.
La falta de respeto es tal que dudo que alguna vez me hayan respetado.
A partir de ahora, cada día que vaya a trabajar tendré que vivir con la idea de que progresar será imposible, de que un ascenso no tendrá lugar jamás porque las personas que podrían ofrecerme esa oportunidad preferirían morir antes que verme triunfar.
Una lágrima se desliza por mi mejilla cuando soy consciente de que el trabajo que tanto adoro ha quedado mancillado.
Sostener un micrófono nunca volverá a ser lo mismo y, mientras me regodeo en mi miseria, sentada en el pasillo de un hotel en el corazón de Texas, sé que eso es lo más triste de todo.