4. Liam #2
—Es un rollo no tenerte cerca, Hartwell. Preferiría estar contigo antes que con tu media naranja en cualquier circunstancia.
Emmy también se echa a reír. Me da un apretón en el brazo y me arranca una sonrisa.
Nos hicimos amigos cuando estaba en el equipo y pasamos casi una temporada entera juntos antes de que la intercambiaran con otro jugador y acabara en Toronto. Poco después, los Baltimore Sea Crabs, un equipo rival de nuestra división, la fichó con un contrato muy lucrativo.
La sigo viendo a menudo, pero poder jugar con alguien que te cae bien es algo especial, sobre todo cuando esa persona es como parte de tu familia. Atravesaría el mismísimo infierno por Emerson Hartwell (como todos los demás) y sé que ella haría lo mismo por nosotros.
—Es insoportable, ¿verdad? Pero hay que quererlo así.
—Sí, por desgracia para todos nosotros. —Le revuelvo el pelo y ella me da un suave puñetazo en el estómago—. Ve a por comida.
Pasa a mi lado.
—Me alegro de que hayas venido, Liam.
Resoplo por lo bajo.
—Yo también, pelirroja.
En la terraza hay menos caos que en el interior del piso.
Menos mal.
Necesito un respiro. Un segundo para relajarme. Un minuto sin videojuegos, sin gritos, sin mis compañeros de equipo pinchándose los unos a los otros.
Respiro hondo y saboreo el silencio, que solo dura unos segundos antes de que la cristalera de la terraza se abra a mi espalda. Me doy media vuelta y veo a Piper de pie frente a los grandes ventanales, rodeándose con los brazos. Frunzo el ceño al verla.
—¡Ah! —Sus ojos se encuentran con los míos y parpadea—. Lo siento. Pensaba que no había nadie.
—¿Estás bien?
—Hoy no he comido ni bebido lo suficiente y eso suele darme migraña. Estoy empezando a notarla y he pensado que un poco de aire fresco me ayudaría. Por favor, qué bien sienta. Dentro hace demasiado calor, y me encanta el otoño en la ciudad.
Señalo la tumbona junto a la pared.
—Siéntate.
Piper se acerca despacio a la tumbona y se deja caer en ella. Me siento a su lado porque me resulta extraño estar a un kilómetro y medio de distancia. Se produce un largo silencio antes de que ella suelte una carcajada y empiece a hablar.
—El pollo estaba malísimo, ¿a que sí? —pregunta.
No tengo el valor de decirle que estaba asqueroso. Poco hecho e incomible. Es evidente que nunca ha usado una parrilla, pero me encojo de hombros y digo:
—He comido cosas peores.
—Lo dices para ser amable.
—Vale, sí. Estaba horrible, pero también he comido cosas peores.
—Eso ayuda. —Cierra los ojos y suelta un suspiro—. ¿Qué haces aquí fuera?
—Esta tarde he recibido una llamada que estaba temiéndome y tengo que decidir unas cuantas cosas —le contesto. No tengo ni idea de por qué le estoy diciendo todo esto. Es imposible que le importe y tampoco es que vaya a darme una solución—. No puedo pensar ahí dentro.
Piper pone los ojos como platos y me mira fijamente.
—¿Te estás muriendo? ¿Tienes los isquiotibiales peor de lo que has dejado entrever? ¿Existe el cáncer de isquiotibiales?
—¿Por qué cojones me preguntas si me estoy muriendo?
—No lo sé. —Mueve una mano arriba y abajo para señalarme—. Estás más taciturno de lo normal.
—¿Soy taciturno?
—He supuesto que lo que te traías entre menos era una situación de vida o muerte. ¿Por qué si no has salido a la terraza a pisotones?
—No he… No he dado pisotones.
—No te mueves con sigilo.
—¿Ir por ahí dando pisotones es el antónimo al sigilo?
—No lo sé. ¿Lo busco en un diccionario?
Se me curvan los labios en una leve sonrisa.
—Me ha llamado mi madre.
—¿Se está muriendo?
—No.
—Entonces ¿no se está muriendo nadie?
—¿Acaso no nos estamos muriendo todos?
—Esa es una cuestión de calado existencial un pelín profunda para abordarla en una terraza, la verdad. Si nadie se está muriendo, ¿por qué tienes cara de mustio?
—Antes has dicho que soy taciturno, a lo mejor es por eso.
Piper suelta una carcajada llena de una ligereza que me recuerda a los últimos días de verano y a quedarme hasta tarde en la cama. Es agradable, relajante… Y también es un sonido que me gustaría oír de nuevo.
—Es que te veo más taciturno de lo normal —repite.
—Le dije a mi madre que iba a ir acompañado a la boda de mi hermana en febrero.
—Ah, pues no es tan terrible. Es algo mucho más manejable que la muerte. ¿Por qué le dijiste que ibas a ir con alguien?
—Porque no me apetecía explicarle por qué voy a ir a España solo. Me gusta estar solo. De hecho, lo prefiero. Pero como alguien más me pregunte cuándo pienso casarme, voy a ponerme a dar voces.
—¿Y por qué no te buscas a alguien que vaya contigo? —sugiere Piper.
—No aguanto a nadie.
—Por supuesto. ¿No tienes amigas? ¿Alguien a quien no le importe interpretar el papel de tu novia durante unos días?
—¿El papel? —Frunzo de nuevo el ceño, sin comprender—. ¿Como una actriz?
—Deberías unirte al club de lectura de novelas románticas que tienen los chicos. Te estoy hablando de poner en práctica una «relación de mentira». Te buscas a una chica que se haga pasar por tu novia durante la boda y luego, cuando volvéis a casa, dejáis de fingir.
—¿Me estás diciendo que hay personas que van por ahí pidiéndole a otras que sean su pareja para algunas celebraciones? Ni de coña pasa eso en la vida real.
—Su pareja de mentira. Yo nunca lo he hecho, pero tengo entendido que sí pasa.
—No pienso fingir que estoy saliendo con alguien. Prefiero ser un mierdas y mentir directamente —digo.
—¿Qué excusa vas a poner? Porque más te vale que sea sólida.
—Un pasaporte caducado. No se puede discutir con inmigración.
—No está mal, Sullivan. Es mejor que la jugada a lo Este muerto está muy vivo que seguramente intentarían poner en práctica tus compañeros de equipo.
—Eso sería muchísimo esfuerzo.
—Así que se casa tu hermana… No sabía que tuvieras hermanos y mi trabajo consiste en saberlo todo sobre vosotros. ¿Es mayor o menor que tú?
—Tiene cuatro años menos que yo. Fue peor que un dolor de muelas cuando éramos pequeños, pero la quiero. Conoció a su novio cuando se mudó a California para crear una aplicación de ligar, se enamoró, le pidió que se casara con ella y luego planeó la boda.
—Parecéis polos opuestos.
—Somos la noche y el día. Estoy seguro de que la boda va a ser la más extravagante del mundo. Siempre ha sido muy extrovertida y le encanta ser el centro de atención. A mí no tanto.
—Ah, tiene sentido entonces que te hayas convertido en uno de los mejores porteros de la NHL. Eso no llama para nada la atención.
—Cállate, pequeñaja —le digo sin rencor, y ella se ríe de nuevo—. ¿A qué hora has quedado?
—Pronto. Seguramente debería irme. —Baja las piernas de la tumbona. Me roza el muslo con el suyo cuando se pone en pie—. ¿Te vas a quedar aquí un rato más, dándole vueltas a tus pensamientos taciturnos?
—No, me voy a casa ya. Me he hartado de ver a estos jugar al Grand Theft Auto y estoy cansado. ¿Qué tal tu cabeza?
—Mejor. Es increíble lo que puede hacer el aire fresco.
Bajo la mirada hacia sus vaqueros cuando echa a andar hacia la cristalera.
—No quería decir que tu ropa es bonita, por cierto. Es… —Dejo la frase en el aire, titubeante. Intento dar con la palabra que encajaría sin parecer un puto baboso—. Preciosa. Es preciosa.
—¿En serio?
—Sí.
—Gracias. —Piper me dedica una de esas sonrisas que le iluminan toda la cara.
Se le arruga un poco la nariz y el rabillo de los ojos, y también se le forma un hoyuelo en la mejilla.
No tenía ni idea de que un cumplido pudiera hacer tan feliz a alguien y tengo la sensación de que a ella no le han dedicado muchos—.
Pásalo bien esta noche, Liam. Te veo en el avión a Texas dentro de unos días.
Cierra la cristalera con un clic. Clavo la mirada en la Casa Blanca y en el edificio del Capitolio a lo lejos en vez de concentrarme en el hecho de que, por primera vez en mi vida, no me apetece una puta mierda estar solo.