3. Piper
Piper
T engo que contaros una cosa —les digo a mis amigas el viernes por la noche, después de que nos acomodemos en una mesa del Mama Melrose’s—. Y me vendría bien algún consejo, porque estoy a años luz de mi zona de confort ahora mismo.
—¿Qué pasa? —pregunta Emerson, a quien todas llamamos Emmy, al tiempo que apoya los codos en la mesa y me mira fijamente con sus ojos verdes muy abiertos.
Es la misma expresión atenta que tenía cuando nos conocimos en el instituto y, aunque perdimos el contacto durante un tiempo después de graduarnos, por la vida y por perseguir nuestros sueños, no deja de resultarme increíble que llevemos siendo amigas tanto tiempo—.
¿Es algo sexual? ¿Un fetiche? He visto cosas muy raras, Piper. Tu secreto está a salvo con nosotras.
—No. ¡No! No es tan raro, pero sí muchísimo más vergonzoso. —Hago una pausa y suelto una carcajada por lo bajo—. Pero recuérdame que te pregunte por esas anécdotas después de unas copas de vino.
—Oye —Maven, la fotógrafa del equipo de los Stars, aparta la botella de chardonnay italiano que hemos pedido para mirarme—, que no te dé vergüenza contarnos nada. Aquí no se juzga a nadie.
—¿Os acordáis de aquella vez cuando estaba dando una clase de Pilates y se me rompieron las mallas por la mitad mientras hacía una flexión en la máquina?
—pregunta Lexi, y todas nos echamos a reír—.
Emmy me tuvo que llevar unos leggins nuevos para mi siguiente clase, y vosotras me dijisteis que era porque tengo un culo poderoso.
—Y así es —replico—. Aunque lo mío es más personal.
—¿Más personal que enseñarle el tanga al padre soltero tímido que estaba en primera fila? —Suspira—. No volvió, y es una pena. Era muy mono.
—Es sobre lo patética que es mi vida sentimental.
Después del divorcio, todo me parecía aterrador.
Hablar con hombres. Conocerlos. Abrirme y dejar que alguien nuevo viera las partes de mí misma que todavía estoy aprendiendo a querer.
He pasado gran parte de mi vida adulta con pareja, y la idea de empezar de nuevo me ponía los pelos de punta.
—Deslizo un dedo por la base de mi copa mientras me armo de valor—.
Decidí tomármelo con calma y disfrutar de la soltería, hacer lo que quiera cuando quiera, pero últimamente me siento sola.
—Hago una pausa para beber un sorbo de vino—.
Muy sola, si os soy sincera. Os veo a todas enamoradas y eso hace que tenga la sensación de que me estoy perdiendo algo importante.
De que me estoy quedando atrás. Sé que me partieron el corazón una vez, pero me gustaría creer que puedo encontrar el amor de nuevo.
—Cuando dice eso de estar enamoradas, habla de vosotras, guapas —les dice Lexi a Maven y a Emmy—. No de mí, que soy una solterona.
Suelto una carcajada y me froto los brazos, pero estoy de los nervios.
Me siento desnuda delante de las chicas al contarles esto.
Sé que no me juzgarán; nuestra amistad se basa en compartirlo todo, desde historias de citas horrorosas hasta temas de trabajo, pero hay algo muy descarnado, muy humano, en compartir las cosas que más miedo dan.
Intimida decirlas en voz alta y lanzarlas al universo, expresar tus miedos y enfrentarte a ellos sin rodeos.
—Es normal sentirse sola —dice Maven con delicadeza—.
La sociedad nos dice que debemos alcanzar ciertos hitos como mujeres a determinadas edades o será demasiado tarde, como que si no sentamos la cabeza antes de los veinte, nunca encontraremos el amor ni habrá tiempo para tener hijos. Son gilipolleces.
—Me encanta cuando Mae se pone en plan «muerte al patriarcado».
—Emmy sonríe—. Para que conste, sí que son chorradas.
Míranos a Maverick y a mí. Tenemos más de treinta años.
Que sí, que estamos comprometidos, pero no nos hemos casado.
Si estuviéramos en los años cuarenta, el mundo nos daría la espalda.
—No te estás quedando atrás, Piper. Te estás tomando tu tiempo esperando a que aparezca el hombre adecuado —añade Maven.
—Pero ¿cómo voy a encontrar al hombre adecuado si ni siquiera sé moverme en el mundo del amor moderno?
Steven y yo nos conocimos en mi primer año de universidad, en el comedor, cuando los móviles todavía no eran táctiles.
—Miro una foto de la torre de Pisa colgada en la pared que Maven tiene detrás y ladeo la cabeza—.
No tuve que entrar en ninguna página web, ni enumerar cinco lugares a los que me gustaría viajar antes de morir en la biografía de una aplicación.
Él se tropezó conmigo, a mí se me cayeron las tortitas y el resto fue una historia de amor maravillosa hasta que dejó de serlo, y ahora me toca tener que aprender a salir con alguien de nuevo.
El año pasado no duré más de cinco minutos con una app de esas descargada.
—Si quieres volver a probar una, yo haré criba para asegurarme de que merecen que inviertas tu tiempo en ellos. No recibirás fotopollas no deseadas —se ofrece Lexi.
—Te agradezco que mantengas los penes a raya.
—Le doy unas palmaditas en un muslo—. Pero ¿y el sexo qué?
Eso es lo que más me preocupa. Steve y yo lo hacíamos poco.
Y las veces que lo hacíamos, era regular.
Asumo que como mucho podríamos categorizarlo de mediocre, pero no tengo con qué compararlo porque es el único hombre con el que he estado.
Aunque no lo disfrutaba mucho y no creo que se me dé bien.
No puedo lanzarme de nuevo a las citas sin saber hacer una mamada en condiciones.
¿Hasta qué punto uso la lengua? ¿Y qué hago con las manos?
Nuestra camarera elige justo este momento para aparecer. Deja la cesta con los palitos de pan en la mesa y nos mira a las cuatro con una sonrisa forzada.
—Perdón por interrumpir —se disculpa—. ¿Sabéis ya lo que vais a pedir?
—¿Te importa darnos unos minutos más? —Maven ojea la carta—. Creo que todavía no lo hemos decidido.
—Claro. —La camarera se da la vuelta para volver a la cocina. Con lo colorada que está, temo que no vuelva—. Tomaos vuestro tiempo.
—Estupendo —gimo—, la he traumatizado. No ha venido a trabajar pensando que los clientes se pondrían a hablar de mamadas entre platos de pasta de veinte dólares.
—Hablando de mamadas: ¿no has pensado en consultar a un terapeuta sexual? —pregunta Lexi.
—¿Qué cojones es un terapeuta sexual?
—Un especialista que te ayuda a lidiar con las dudas que puedas tener con temas íntimos o sexuales. Tengo una amiga de la universidad que tiene la licencia. Trabaja con parejas y personas solteras sin parar.
—¿Hay gente que trabaja de eso? —pregunta Emmy.
—Hoy en día hay gente que trabaja de todo —contesta Maven.
—Te elabora un plan, te da técnicas y deberes para que practiques… —sigue Lexi.
—¿Deberes? —repito—. ¿Se supone que tengo que acostarme con tíos aleatorios para… qué? ¿En nombre de la ciencia?
—¿Acaso no consiste en eso lo de no tener pareja estable? ¿En hacer lo que quieras con quien quieras? —Lexi se echa la melena castaña oscura hacia atrás y se encoge de hombros—. Es libertad sexual, es explorar. A mí me parece divertido.
—Aprecio toda esta positividad sexual y me alegro de que haya alguien que ayude con esas cosas, pero me intimida demasiado hablar con un profesional sobre mi falta de experiencia.
Ni siquiera sé cómo le voy a explicar al tío con el que salga que mi ex solo consiguió que tuviera un orgasmo cinco veces en diez años de relación.
Eso solo serviría para demostrar que no tengo ni idea de lo que hago en la cama, y ¿quién va a querer acostarse con alguien que no tiene ni idea?
—Vamos a necesitar más alcohol. —Lexi me rellena la copa de vino—.
A lo mejor un buen punto de partida es tomarte un tiempo para descubrir lo que te gusta y lo que no te gusta en la cama.
Internet puede ser útil. Si hablar con alguien te resulta incómodo, puedes leer algún artículo.
Ya que estamos sincerándonos, yo he aprendido mucho sobre mí misma gracias a las novelas románticas.
—Se ruboriza al decirlo, y me recuerda lo mucho que quiero a mis amigas y su vulnerabilidad—.
Al leerlas he descubierto que me gustan cosas que creía que no y también he aprendido a través de los personajes.
Parece una tontería, pero nunca he estado tan contenta con mi vida sexual.
Suelto una carcajada y bebo de nuevo.
—Qué envidia me da que seas capaz de acercarte a un hombre y conseguir lo que quieres. El fin de semana pasado te sentaste con el chico aquel a la barra como si nada y acabaste yéndote a casa con él. Me gustaría poder hacer eso.
Lexi siempre ha sido así: segura de su sexualidad, capaz de expresar lo que quiere y lo que no. Se ha acostado con muchos hombres, argumentando que si ellos pueden ir por ahí follándose a todo lo que se menea, ella también debería poder hacerlo.
—Tienes que ir poco a poco, cari. No te sientes cómoda con el tema aún porque es algo que nunca has hecho. Necesitas un poco de tiempo, y no pasa nada —me asegura.
—Siempre puedes preguntarnos a nosotras —añade Maven—. Yo te contaré todo lo que Dallas y yo hacemos en la cama para que pienses si a ti también te gustaría.
Dallas Lansheld es el marido de Maven y el mejor pateador de la historia de la Liga Nacional de Fútbol Americano.
Vivieron un romance vertiginoso y se enamoraron mientras ella era la niñera de June, la hija de Dallas, que ahora ya es de ambos.
Les fue imposible mantenerse alejados el uno del otro, y todavía son inseparables.
A veces, cuando los veo juntos (y también a Maverick y a Emmy), siento una intensa punzada de celos en el pecho, una presión detrás de los pulmones. Y no es porque me atraigan como pareja, sino porque mi relación anterior nunca se pareció a la suya, ni siquiera en nuestros mejores días.
Ahora que veo mi divorcio con tiempo de por medio, me doy cuenta de lo mucho que me molesta.
Estoy enfadada y resentida. Siempre he sido más de amor que de guerra, de dar una tercera o incluso cuarta oportunidad cuando nunca debí haber dado la segunda, así que me resulta agotador odiar a alguien como odio a Steven.
Me genera mucho dolor haber perdido tanto tiempo con él. Me decepciona la cantidad de años que pasé con un hombre que nunca me miró como las parejas de mis amigas las miran: como si fueran lo más importante del mundo, como si estuvieran agradecidos por poder respirar el mismo aire que ellas.
Me pregunto si es demasiado tarde para tener algo así.
Me pregunto si todavía tengo tiempo para encontrar un nuevo «felices para siempre».
Durante mi relación con Steven, siempre importé menos que su trabajo, su empresa y de los inversores que lo ayudaban a labrarse un nombre en la competitiva industria tecnológica. Menos que su dinero, sus títulos y sus logros profesionales.
Y menos que Julia, la secretaria de veintitrés años con la que pasaba todo el tiempo libre y a quien encontraba mucho más interesante.
Debe de ser bonito ser la prioridad de alguien, el centro de toda su atención y también su sueño hecho realidad.
No me lo imagino.
—A veces le pido a Maverick que follemos mientras él lleva puesta mi camiseta, para que sepa bien a quién pertenece —dice Emmy, devolviéndome al presente y desterrando el pasado.
—Como si las palabras «El guaperas de Emmy» que lleva tatuadas en el pecho no le dejaran claro a todo el mundo que está felizmente comprometido —bromea Maven—. He tenido que pedirle que se ponga la camiseta para las fotos oficiales porque le gusta ir por ahí a pecho descubierto para enseñarlo.
Emmy suspira y se enrolla un mechón de pelo rojo alrededor del dedo.
—Cómo quiero a ese hombre.
—Oye, las dos empezasteis vuestras relaciones siendo solo amigos con derecho a roce, ¿verdad? —pregunta Lexi, y Emmy asiente—. ¿Y si probaras algo así, Piper? Una relación puramente sexual con el mismo hombre, para enrollarte con él y experimentar.
—¿Y de dónde lo saco? —pregunto—. ¿De Craigslist?
—Solo si quieres que te mate. —Chasquea la lengua y me mira con cara de que espera que lo haya dicho en broma—. Las apps para ligar son el lugar perfecto para encontrar un follamigo. Si pones en tu bio de Tinder algo como «No busco nada serio», los hombres acudirán a ti como moscas a la miel.
—Es verdad —conviene Maven—. Y nosotras podemos ayudarte a montar el perfil.
Sonrío mientras las miro. Me arden las mejillas. Siento que tengo el corazón lleno de amor y, a pesar de no tener pareja y volver cada noche a un piso vacío, nunca me he sentido tan querida.
—No sabéis cuánto os valoro, chicas. Me queréis incluso cuando creo que no me lo merezco.
Me habéis demostrado que vale la pena luchar por amor del bueno, del que te da ánimos y te apoya cuando estás de capa caída.
Que merece la pena esperarlo en vez de conformarte con algo mediocre.
—Me seco una lágrima—. Lo siento. No sé por qué lloro, es que…
Gracias. Gracias por estar aquí y creer en mí cuando yo no creía en mí misma.
—Un brindis. —Maven levanta su copa y las demás la imitamos—. Por las mujeres que se levantan más fuertes que nunca después de que las tiren al suelo.
—Por la amistad que no es competitiva, sino colaboradora. —Emmy deja ver una rara muestra de emoción al bajar la barbilla y respirar hondo—. Hay gente que no tiene la suerte de contar con una sola amiga tan buena como vosotras, y yo os tengo a las tres.
—Bueno, las cursilerías ya las habéis dicho vosotras, así que voy a tirar por aquí: por encontrar mejores pollas a partir de ahora —bromea Lexi—. No vamos a conformarnos con un hombre que solo consiga que nos corramos cinco veces en diez años. Hemos subido el listón.
Brindamos y me río hasta que me duelen los costados y hasta que por la cara me caen lágrimas, pero no de tristeza, sino de alegría, por ser tan feliz. Por tener la sensación de que por fin he encontrado el camino que quiero recorrer y por la certeza de que no tendré que hacerlo sola.