2. Liam
Liam
E s fácil conseguir que despidan a alguien?
Maverick Miller, el mejor alero derecho que ha pisado la NHL, levanta la mirada hacia mí mientras se ata los patines.
—Hostia, Liam, ¿quieres que deje de ser tu capitán?
—Para que lo sepas, creo que eres el mejor capitán que ha tenido este equipo.
Maverick sonríe y se pasa la mano por el pelo castaño oscuro.
—Ay, Papi Portero, al final me vas a sacar los colores.
—No soporto ese puto apodo.
He visto los vídeos en TikTok. A los chicos les hace gracia mandarme las recopilaciones que hace la gente; se descojonan con las etiquetas como #thirsttrap y #daddymaterial.
Y, por desgracia para mí, el nombrecito ha echado raíces.
—Deja de hacer cosas que la gente de internet considera que son para morirse y no te llamaré así.
—Morderme la camiseta no es sexy —digo.
—Bueno, yo personalmente no te veo el atractivo. No me gusta ese rollo de cabrón gruñón y melancólico que te traes antes del partido, con todos esos rituales como comerte la ropa, pero a la gente sí le gusta.
—Que no me como la ropa.
—Oye, llámalo como quieras. Me alegro de que haya un público para todo. ¡Arriba los comecamisetas! —exclama, y frunzo el ceño—. A ver, ¿a quién quieres que despidan?
—A alguien que no merece ocupar un cargo con poder.
—¿Ya vas a empezar con una de tus tramas de venganza? —Maverick abre los ojos de par en par—. Ay, mierda. Un segundo… ¿No irás a por los encargados de la comida que han quitado el puesto de perritos calientes del vestíbulo? Porque yo también estoy cabreado por eso.
—No, no es por los perritos, pero ya hablaremos de eso. ¿A quién se le ocurre quitar un puesto de perritos calientes?
—¡Pecadores! —grita Grant Everett, el suplente de Maverick—. Son una puta panda de pecadores.
—¡Mañana montamos un piquete! —exclama Ethan Richardson, el delantero centro titular—. ¡Que nos devuelvan los glizzys!
—Mira lo que has conseguido, Miller —le digo—. Ethan está usando jerga específica para hablar de perritos calientes, como si fuera un moderno.
—Ya sabes que tengo cierta vena dramática —replica él con una sonrisa—. Por favor, no me digas que quieres que despidan al entrenador Saunders. Sé que perdimos la final el año pasado, pero creo que en esta pretemporada llevamos buen ritmo. Hemos estado imparables en los primeros partidos.
—No, no es el entrenador. Ni nadie del equipo. Es de otro departamento.
Escuché por accidente la conversación entre Piper y Lexi ayer. No era mi intención poner la oreja desde el vestuario mientras estaba en bolas ni pegarme a la pared para oírlas mejor, pero, en cuanto lo hice, no hubo vuelta atrás.
En cuanto Piper mencionó las mierdas que le había dicho su jefe, estuve a punto de ir al despacho del muy imbécil para decirle cuatro cosas.
Pero ya me han puesto suficientes sanciones por negarme a hablar con la prensa al principio de la temporada, así que agredir físicamente a un tío que se cree importante porque decide quién lleva un micrófono en los partidos de hockey es una forma segura de acabar sentado en el banquillo.
Tengo que recurrir a otros métodos, y contar con la ayuda de Maverick Miller es mi mejor plan.
Si él pide algo, lo normal es que lo solucionen en un abrir y cerrar de ojos.
¿Que la presión del agua en las duchas del vestuario no es óptima? A la mañana siguiente está arreglado. ¿Que las opciones de comida que tienen en la sala para invitados después de los partidos son una mierda? El equipo de cáterin prepara un menú nuevo para la siguiente vez que juguemos en casa.
¿Que decide liderar un proyecto para diseñar un vestuario femenino a fin de que Emerson Hartwell, su prometida, nuestra antigua compañera de equipo y la primera mujer en jugar en la NHL, no tuviera que cambiarse en el almacén de la limpieza? Pues quedó mejor que el nuestro.
Hay un motivo por el que Maverick es el ojito derecho de todo el mundo: tiene un gran corazón y es buena persona.
—¿Desde cuándo hablamos con tantos rodeos en este equipo? —pregunta Maverick mientras se pone la camiseta y se la ajusta sobre las protecciones—. La mitad de las veces no me entero de qué queréis decir.
—Porque no es asunto tuyo —responde Hudson Hayes, nuestro defensa titular—. Aprende a no meterte donde no te llaman, capitán.
—Y porque eres viejo —añade Grant.
—Y porque prefieres quedarte en casa con tu chica en vez de salir con nosotros como en los viejos tiempos —dice Ethan—. Eres aburridísimo.
—Vaya panda de gilipollas —refunfuña Maverick—. ¿Entonces qué, portero?
Otra forma de referirse a mí, e infinitamente mejor que «Papi Portero».
—¿Qué harías si alguien le hiciera un comentario inapropiado a Emmy? —le pregunto, aunque ya sé la respuesta. Maverick quemaría la casa de esa persona primero, y luego ya harían preguntas.
Cuando jugamos contra el ex de Emmy, Maverick lo dejó hecho un cuadro y, cuando lo expulsaron del partido, salió de la pista sonriendo y luego etiquetó al cabrón en Instagram en una foto de su cara ensangrentada, haciéndole una peineta. Debajo escribió: «Lo que pasa cuando me tocan los cojones».
La sutileza no es lo suyo.
—¿Quién le ha dicho algo? —Se levanta y coge el palo—. Ha sido el segundo entrenador ese que tiene, ¿verdad? Sabía que ese tío era un capullo cuando…
—¡Con todo el equipo! —grita Riley Mitchell, el otro defensa, interrumpiéndolo.
—Que sí, que he caído con todo el equipo, que te den —replica Maverick—. Si se meten con mi chica, se meten conmigo. Y ahora callaos todos antes de que os mande a patinar por la pista. —Todos cierran la boca al oírlo, y vuelve a mirarme—. ¿Quién ha dicho algo sobre ella?
—Nadie ha dicho nada sobre Emmy, pero gracias por recordarme que no te toque las narices jamás. Me refería a otra persona.
—Ah. —Se relaja y sonríe—. Vale, esto ya es otra cosa. Yo iría directamente a la fuente y le plantaría cara. Es lo que suele funcionar mejor.
Cojo mi camiseta del perchero y me la paso por la cabeza.
—Gracias por el consejo.
El entrenador Saunders entra en el vestuario.
—¡Diez minutos! —grita, y todos nos apresuramos a coger el equipo.
Me levanto para estirarme y calentar un poco antes de salir a la pista. A mitad de las rotaciones de cadera, oigo que mi móvil vibra en la taquilla. Lo cojo y veo que el nombre de mi hermana parpadea en la pantalla.
Si no contesto, seguirá llamando. No le importa una mierda que tenga partido.
Apoyo el teléfono contra mi bolsa de deporte y acepto la videollamada.
—Tengo cuarenta segundos —le digo.
—¿Estás en el vestuario? Gira la cámara para que pueda ver a los chicos guapos del hockey —dice Alana.
—Te casas en cuatro meses.
—Solo estoy mirando. No voy a tocar nada. Todavía tengo ojos.
—Qué asco. La mitad de estos se tiran a todo lo que se menea, y los otros tienen una relación estable, como tú hasta donde yo sé. Y ninguno es lo bastante bueno para mi hermana pequeña.
—Oh… —Sonríe y apoya la barbilla en una mano—. Ese es mi hermano favorito.
—Soy el único que tienes.
—Aun así, eres al que más quiero, y por eso te llamo.
La fecha límite para confirmar la asistencia a la boda era la semana pasada y no he recibido tu respuesta por correo.
—Me mira fijamente—. ¿Qué pasa, Li? ¿No quieres pasar cuatro días en un hotel de lujo en España?
Sé que te lo puedes permitir, eres un cabrón con pasta.
—Y eso me lo llama la que creó una app de citas que vale tanto dinero que sus tataranietos no tendrán necesidad de trabajar.
—No intentes comparar nuestro patrimonio. El contrato que firmaste en verano es obsceno.
Lo es, sí.
Ocho años, ochenta y cuatro millones de dólares. Es la cifra más alta para un portero en la historia de la NHL, y estoy decidido a demostrar que valgo esa inversión después de que tuviéramos esa final de mierda en la Stanley Cup de hace unos meses.
—Estaba esperando hasta ver el calendario de entrenamientos —miento.
Me muerdo el cuello de la camiseta.
Mierda.
A lo mejor Miller tiene razón.
—Y una mierda —replica—. Hablé con el entrenador Saunders y me dijo que la boda coincide con la celebración de la Copa de las Cuatro Naciones. Estás libre esas dos semanas de febrero, así que puedes venir a mis nupcias perfectamente.
—¿Has hablado con el entrenador Saunders?
—Hemos intercambiado un par de correos. Háblame de él. Es una monada.
—Es un padre soltero que bien podría ser monje. No lo he visto con una mujer en años. Creo que nunca, en realidad.
—A lo mejor le van los tíos.
—A lo mejor. —Suspiro, molesto—. Estaba esperando un poco para mandarte la confirmación.
—¿Esperando? —repite Alana—. ¿A qué? ¿A que los cerdos vuelen?
Puede que la humanidad en general me desquicie, pero quiero a mi familia.
Cuando era pequeño, mis padres sacrificaron su tiempo y su energía durante años para que aprendiera a patinar. Mi madre me llevaba a la pista seis días a la semana. Mi padre no se perdió ningún partido, ni siquiera los que jugué en Ottawa en pleno invierno.
Conforme he ido haciéndome mayor, han empezado a presionarme de otra manera que no tiene nada que ver con mis logros deportivos. No les importa si gano la Stanley Cup o si me paso el resto de mi carrera en el banquillo.
Para ellos es más importante lo que ocurre fuera de la pista de hielo: quieren que siente la cabeza. Que me case. Que deje el deporte profesional para formar una familia.
Ese es el tema de conversación estrella en todas las reuniones familiares; en Navidad, en los cumpleaños, aquella vez en la que cogí un avión y volví a casa para el día de la Madre y me soltaron un sermón de dos horas sobre la falta que me hacía una mujer en mi vida.
La única forma que tengo de aislarme de todo es cada noche en la pista, cuando estoy en la portería siguiendo los movimientos del disco durante sesenta minutos seguidos.
Es mi lugar seguro, aunque soy consciente de que mi trabajo siempre está pendiendo de un hilo.
Un paso en falso podría hacer que perdiera todo lo que tanto me ha costado lograr, así que no me permito distracciones.
Durante la temporada, me exijo mucho. Nada de sexo. Nada de mujeres. Una copa a la semana y a las diez en la cama.
No me importan una mierda la fama, la atención de la gente o las fiestas. Me gusta ir a lo mío. Me presento en el estadio, juego bien al hockey y luego vuelvo a la tranquilidad de mi piso, con mi gato.
Sé que es un comportamiento neurótico y obsesivo. Los chicos dicen que soy un muermo, que me estoy perdiendo cosas, pero a mí me funciona. Mi vida está dedicada al deporte por el que tanto me he sacrificado, y así me va bien. ¿Qué más da que folle, ni haya conocido a nadie, ni me haya enamorado?
Soy feliz como para no necesitar preocuparme por todas esas cosas extra, pero si tengo que soportar otra ronda de cien preguntas sobre por qué voy solo a la boda de mi hermana perderé la puta cabeza.
—Iré —digo—. No me lo perdería por nada del mundo.
—¿Vendrás con alguien? —me pregunta—. A lo mejor con una chica que quiera hacer un viaje gratis con un deportista y que no tenga ni idea de que tu segundo nombre es Frederick. Necesito saber el número exacto de cubiertos para organizarlo todo.
Puede que sea porque estoy harto de la compasión de la gente al descubrir que no tengo pareja.
O porque estoy harto de responder a la misma pregunta todos los días.
O porque, en el fondo, la pura realidad es que me siento solo. O porque me aterra la idea de que nadie me quiera nunca porque soy demasiado cerrado, demasiado borde, demasiado entregado a mi trabajo, y sé que evitar el tema es más sencillo que reconocer lo que es.
El caso es que, sea por lo que sea, al final suelto una palabra que desearía poder tragarme en el acto.
—Sí.
—¿En serio? No sabía que estabas saliendo con alguien —dice Alana con voz alegre—. ¿No vas a hablarme de ella? ¿Ni siquiera vas a decirme cómo se llama? Al menos dime su signo del zodiaco para que mire si sois compatibles.
Me encojo de hombros.
—Es reciente.
—¿Qué cojones, Liam? ¿Cómo se supone que voy a buscarla en internet si no me das un nombre?
—Es una mujer. —Ofrecer poca información es lo mejor, porque me dará tiempo para solucionar este marrón y hacer como que no he dicho nada—. Una mujer muy simpática.
—Si te aguanta es que es una santa.
—Tengo que irme. Es hora de calentar.
—¡Más te vale comprarme un buen regalo! —exclama Alana, y cuelgo antes de que pueda añadir algo más.
Dejo el móvil debajo de la camiseta de repuesto y cojo el casco.
Ha sido una estupidez mentir, pero ya solucionaré ese problema más adelante. Ahora mismo tengo cosas más importantes que decidir con quién se supone que estoy saliendo, como ganar este partido.
La prioridad es el hockey.
Siempre lo será, y una novia, ya sea real o imaginaria, nunca va a cambiar eso.