Bajo control (D. C. Stars 2)
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1. Piper
Piper
C omo un hombre más me diga que sonría, le voy a dar un puñetazo en toda la cara y me van a importar una mierda las consecuencias.
Refunfuño sobre la audacia del sexo masculino mientras recorro el pasillo del United Airlines Arena, sede del equipo de hockey D. C. Stars, con un paso tan decidido como me lo permite mi casi metro sesenta de estatura.
El equipo está de descanso después del duro entrenamiento de ayer por la tarde y, sin sus gritos y sus tonterías, el edificio está en calma.
Disfruto de este inusual silencio a sabiendas de que dentro de treinta horas, cuando juguemos contra uno de nuestros mayores rivales, esto se convertirá en un manicomio.
Cuando abro de un empujón la puerta de la sala de fisioterapia y me dejo caer en una silla, la tensión que he estado soportando toda la mañana se desvanece.
—Odio a los hombres —le digo a Lexi Armstrong, una de mis mejores amigas y preparadora deportiva de los D.
C. Stars—. ¿Podemos eliminarlos de la faz de la tierra?
Se me ocurre que podríamos probar con una cepa agresiva de la gripe masculina.
Nos libraríamos de todos de un plumazo y la vida sería muchísimo mejor.
—Bueno —dice alguien con voz grave, y yo doy un salto—, esto es un poco incómodo.
Dirijo la mirada al otro lado de la sala. Liam Sullivan, el portero del equipo, está tumbado sin camiseta en una camilla.
Una toalla le cubre la parte inferior del cuerpo. Con su más de metro noventa de altura, lo pequeña que resulta la tela parece indecente.
No puedo evitar desviar los ojos hacia los tatuajes que no sabía que tenía. Descubro en su torso un par de gorriones y unas flores muy artísticas, y en sus antebrazos, unas hojas de helecho. Son obras de arte inesperadas y tan sensuales que casi parecen eróticas.
Ahogo un chillido cuando me doy cuenta de que lo estoy mirando fijamente y me tapo los ojos.
—Madre mía. Lo siento. No sabía que estabas aquí y mucho menos que estabas aquí y desnudo —digo.
—Hola, Piper.
—Hola. Sí. Me voy. Estás… ahí. Y se supone que yo no debería estar aquí cuando tienes la polla prácticamente expuesta. Es muy poco profesional.
—Tengo una toalla.
—Es más bien un calcetín.
—Te agradezco el cumplido.
Miro entre los dedos y lo veo sonriéndome. Resoplo y bajo las manos, aunque fijo la mirada en algún punto por encima de su hombro, y no en ese cuerpo que yace en la camilla como un dios griego a la espera.
—He venido a ver a Lexi, pero obviamente está ocupada.
—Hielo —dice al tiempo que señala la puerta a su izquierda.
—¿Ha dicho cuánto tiempo va a tardar?
—No.
—¿Estás lesionado?
—El isquiotibial.
—¿Y por qué estás sin camiseta?
—Porque me duele todo el cuerpo y estoy intentando aliviar el dolor.
—¿Te lesionaste en el partido del lunes?
—Me encanta el juego de las veinte preguntas. —Se tapa la cara con un brazo, y me doy cuenta de que está harto de mí. Pero, bueno, siempre está harto de todo el mundo—. Llevo una semana con molestias. Es una forma cojonuda de empezar la temporada.
Asiento, como si supiera lo que es ser un jugador de hockey con dolor muscular. Levanta la pierna y se agarra la parte posterior del muslo, gruñendo como si fuera un tractor arrancando.
Aprovecho que está momentáneamente distraído para observarlo.
Parece que tiene la mandíbula hecha de cristal tallado y lleva el pelo oscuro más largo que al final de la temporada pasada. Tiene una pequeña cicatriz sobre una ceja; la marca de la cuchilla de un patín que lo golpeó en la cara cuando era niño.
Lo sé porque durante mi primer año con el equipo hicimos un trato el día de la prensa.
Él se negaba a hablar con los medios de comunicación (una actitud que todavía le dura) y yo necesitaba que alguien hiciera tiempo antes de que el nuevo fichaje se pusiera delante del micrófono y respondiera a los periodistas.
Así que Liam y yo llegamos a un acuerdo: si les contaba un detalle sobre su vida como jugador de hockey, no tendría que hablar con la prensa durante la primera mitad de la temporada.
Eligió una historia muy gráfica que incluía puntos de sutura, pero funcionó a las mil maravillas.
Es un sueño ser la reportera suplente en la pista de hielo y la coordinadora de prensa del equipo.
He perseguido esta oportunidad durante años: cuando trabajaba en la taquilla del estadio mientras estudiaba en Syracuse, cuando me gradué en periodismo audiovisual con especialización en deportes, cuando hice prácticas en el equipo de la liga amateur de hockey sobre hielo, la ECHL, de Nueva York.
Después pasé al equipo de la liga AHL de Filadelfia durante cuatro años y luego aterricé en Washington D. C. con los Stars.
Sin embargo, el puesto me exige una enorme capacidad de adaptación. Tengo que cambiar de chip muy rápido y modificar sobre la marcha las preguntas que me he preparado si un jugador está ocupado tras el partido o se niega a cooperar.
Liam Sullivan es la definición de poco cooperativo.
Me paso los días persiguiéndolo por el pasillo, tirándole de la camiseta, suplicándole y rogándole que les conceda a las cámaras ocho segundos de su tiempo.
Todavía no lo he conseguido, y empiezo a pensar que le gusta que la NHL, la liga profesional de hockey, lo multe por negarse a hablar con la prensa.
O a lo mejor lo que le gusta es molestarme a mí.
—Me estás mirando —murmura sin abrir los ojos.
—No —miento.
—Piper, todas las noches me pongo delante de veinte mil personas. Sé cuándo alguien me está observando.
—Si estuviéramos hablando de cualquier otro trabajo, eso daría muy mal rollo.
—Me aliso la falda con las manos y cambio de tema—.
Si alguien puede ponerte en plena forma para jugar, esa es Lexi.
Es la mejor de la liga. ¿Has visto el trofeo pequeñito que tiene detrás de la mesa en su oficina?
Pone «La mejor preparadora deportiva del mundo».
—Anda, y ni siquiera he tenido que pagarte para que digas eso. —Lexi se echa a reír mientras entra en la sala con una bolsa de hielo—. Eres el mejor apoyo.
—Para eso estamos. —Me aparto para dejarle espacio y que pueda hacer su trabajo—. Siento haber venido sin avisar. Creía que como el equipo está de descanso tendrías tiempo para comer.
—Sullivan ha sido una incorporación de última hora a mi agenda. —Le da un golpecito en el hombro—. Boca abajo, por favor.
—¿Para que me tortures? —Liam se sujeta la toalla a la parte inferior del cuerpo y cambia de postura soltando una retahíla de palabrotas—. ¿Contenta?
—¿A que es un rayito de sol? —Lexi le coloca el hielo en la pierna izquierda y sonríe cuando él suelta otro taco—. La alegría de la huerta.
—Un minuto y me lo quitas. Cinco, como mucho —dice él.
—Claro que sí. —Ella le coloca una almohada debajo de la pierna—. Veinte como mínimo, gruñón. Y como intentes levantarte de la camilla, te ato.
—Vaya. —Levanto una ceja, impresionada—. Veo que tienes mano de hierro, Lex.
—No me queda más remedio. Estos chicos están empeñados en ganar la Stanley Cup, y la única manera de que lo consigan es que estén en mejor forma que nunca. Ir por ahí cojeando por tener el isquiotibial tocado no va a ayudar al Señor Portero aquí presente a mejorar su porcentaje de paradas.
—Mi porcentaje de paradas es la hostia —protesta Liam—. Quedé tercero la temporada pasada.
—Ah, pero no primero. ¿Estás haciendo los ejercicios que te di?
—Mañana y noche.
Hay una razón por la que Liam es portero: se entrega tanto que raya en la obsesión. Vive por y para el hockey, así que si Lexi le ha dado una rutina de ejercicios para que haga en su tiempo libre, estoy segura de que los está haciendo religiosamente.
—Muy bien. —Ella le da una palmadita en la cabeza, y yo contengo la risa al ver un destello de mala leche en los ojos de Liam—. ¿Te importa si Piper y yo hablamos, o preferirías que hubiera silencio mientras te quedas aquí tumbado rumiando tus pensamientos?
—Me da igual. Por lo menos así me distraigo y no pienso en lo fría que está la puta mierda esta.
—Tan elocuente como siempre. —Lexi se deja caer en la silla que yo he dejado libre y le da una palmada a la que tiene al lado—. ¿Va todo bien?
—Me parece una tontería hablar de esto mientras estás trabajando. —Me siento a su lado y suspiro—. Hay cosas más importantes. La pierna de Liam seguramente vale ocho millones de dólares. ¿No deberías centrarte en sus estiramientos?
—¿Haces esto mucho? —me pregunta Liam.
—¿El qué? —replico.
—Fingir que tus problemas importan menos que los de los demás.
Parpadeo, sin saber muy bien cómo responder a la pregunta.
¿Sí? ¿No? Supongo que sí.
Supongo que priorizo a los demás y prefiero ayudarlos a solucionar sus cosas en vez de agobiarme con las mías.
Siempre hay alguien en algún sitio que está peor, que envidiaría lo que yo estoy pasando, y me parece mal quejarme de que mi vida profesional está estancada o que la personal es un desastre absoluto cuando el hombre que tengo delante está lidiando con una lesión que podría afectar a su carrera deportiva y a su forma de ganarse la vida.
—A veces —respondo, mirando a Lexi—. Son cosas personales.
—¿Qué ha hecho Steven ahora? —me pregunta Lexi, refiriéndose a mi exmarido—. Te juro por Dios que le voy a cortar los huevos y los voy a colgar de un semáforo.
—Me voy a tomar eso como una señal para largarme.
Me niego a oír a hablar de castraciones.
Sí, me dejo el hielo puesto. No, no me quedo —dice Liam, y luego baja las piernas por el borde de la camilla y se sujeta la toalla a la cintura, aunque no le sirve de mucho porque no le tapa los increíbles abdominales que tiene—. A ti te veo mañana, pequeñaja.
Desaparece por la puerta del vestuario, y Lexi me mira.
—¿Pequeñaja? Eso es nuevo.
—Es la segunda vez que me llama así. No es nada —le aseguro con la cara como un tomate.
—Nunca había oído a ese hombre decir algo medianamente cariñoso. Mucho menos un apodo.
—Eso no es verdad: la semana pasada le deseó feliz cumpleaños a Hudson, sin poner los ojos en blanco ni nada.
Lexi me coge una mano.
—¿Estás bien?
Esa es otra pregunta que no sé cómo contestar.
Hay aire en mis pulmones. Dinero en mi cuenta corriente. Tengo la próxima comida asegurada y una cama cómoda en la que acurrucarme todas las noches.
En el gran esquema de las cosas, estoy bien.
Bastante bien, la verdad sea dicha.
Pero también estoy triste.
Estoy atrapada en una rutina de la que no sé cómo salir; agobiada, aunque mi vida es anodina; cansada, aunque duermo lo suficiente; perdida, aunque no me he desviado del camino que me he marcado: treinta y dos años, divorciada e intentando empezar de nuevo.
—Steven sigue intentando renegociar los bienes que dividimos en el divorcio.
De repente está muy interesado en quedarse con cosas que no quería cuando estaba ocupado acostándose con su secretaria.
Y, por si no tuviera bastante con eso, mi jefe ha hecho un comentario tan asqueroso durante nuestra reunión mensual que estoy pensando presentar mi dimisión.
—Tuerzo el gesto—. Mierda, perdona. Es mucho.
—Empecemos por el principio. ¿Te he dicho últimamente lo mucho que odio a tu ex? —me pregunta.
Sí, me lo ha dicho. Con todo lujo de detalles, varias veces al día. No me sorprendería que hubiera una diana con la cara de Steven en algún lugar del despacho de Lexie, al final del pasillo.
—No —respondo con sarcasmo—. ¿Me lo puedes recordar?
—El tío es un puto millonario. ¿Qué quiere de ti que no pueda comprarse él mismo?
—Mi piso, que me compré después del divorcio.
He tenido que pasarme una hora entera esta mañana escuchando a su abogado explicarle al mío que la luz natural ejerce una influencia positiva sobre la creatividad y…
—Lexi hace una peineta con ambas manos y suelto una carcajada—. No va a ganar esa batalla.
—Sigo cabreada porque no nos dejaste rayarle el coche, pero supongo que es lo malo de ser mujeres maduras y con clase.
—No habría servido de nada. La Cybertruck que conduce ya es lo bastante horrorosa, no merece la pena que te arriesgues a una denuncia.
—No te preocupes por Steven. Se irá a tomar por culo dentro de poco y volverá al mismo agujero del que salió. Y si no lo hace, avísame. Me encantaría decirle un par de cosas a ese gilipollas.
—Gracias, Lex.
—Pasemos ahora al otro gilipollas. ¿Qué ha dicho Charlie?
Lexi sabe que mi jefe está entre las personas a las que no aguanto.
Que yo irrumpa en fisioterapia para meterme en el despacho de Lexi a quejarme se ha convertido en una cita semanal para nosotras.
Una en la que nos desahogamos, también con mis otras mejores amigas (Maven Lansheld y Emerson Hartwell), en privado sobre las alegrías de ser mujeres en un mundillo dominado por la testosterona.
—Fue un comentario sobre mi camisa. —Señalo la prenda que me puse esta mañana, antes de que el día se fuera a la mierda—. Me dijo que me vendría bien desabrocharme el botón de arriba. Y luego añadió, como remate, que sonriera más.
Lexi pone cara de asco.
—Habla con Recursos Humanos. Dudo que seas la primera en presentar una queja contra ese cerdo. Prométeme que irás la semana que viene.
—Te lo prometo —digo.
—Muy bien. Cambiemos a la parte buena del día. ¿Hacemos cena de chicas el viernes? El partido del sábado empieza tarde, y eso nos da margen para ponernos de comida hasta las cejas la noche anterior.
—Sí. —Sonrío—. He reservado mesa en el italiano nuevo del centro. Me vendrá bien desconectar de los últimos dos días.
—Espero que sepas que nos tienes aquí para lo que necesites, Piper. Estos años han sido una mierda, pero tengo la sensación de que pronto te va a pasar algo bueno.
—Muy bien, oráculo. Ya que lo sabes todo, ¿podrías decirle al universo que se dé prisa? Estoy perdiendo la paciencia.
—Claro, ahora mismo hago un par de llamadas.
—Eres la mejor, Lex. Estás libre para comer, ¿verdad? ¿No tienes a ningún otro jugador que necesite tu atención?
—Soy libre como un pájaro. —Sonríe y se levanta—. Podemos llenar el despacho de Charlie de papel higiénico antes de irnos. ¡Ah…! O podemos mandarle una bomba de purpurina que le explote en esa cara de ardilla que tiene, a ver si el muy imbécil se entera de lo que opinamos de él.
—Vaya, ¿tu plan para acabar con él incluye purpurina?
—¿Y por qué no?
Entrelazo el brazo con el suyo, agradecida por tener a una mujer tan feroz de mi lado.
—Acepto, pero solo porque es un capullo mayúsculo y necesito divertirme un poco.