Roman #2
—Córrete para mí —le digo al oído—. En silencio.
Paso la mano por debajo de ella y le encuentro el clítoris con los dedos.
Se corre casi en cuanto la toco y me aprieta con tanta fuerza que la visión se me pone blanca por los bordes.
Con eso basta. Me hundo en ella una última vez y me corro con la cara en su pelo, los dientes cerrados sobre su hombro para no hacer ni un ruido.
Nos quedamos ahí tumbados. Mi peso sobre su espalda. Su respiración se va calmando debajo de mí.
Al cabo de mucho rato, vuelve la cabeza sobre la almohada. Mira al suelo, junto a la cama, al papel doblado que quedó sobre la alfombra donde cayó.
—Me lo quedo —dice.
—No, no te lo quedas.
—Es mi lista.
—Es mi bolsillo.
Se ríe contra la sábana. Me quito de encima y la atraigo contra mi pecho.
Me despierto antes que ella.
Las ventanas están grises. Las dejamos abiertas toda la noche y la habitación está fría.
Gianna duerme boca abajo en el centro de la cama, con la sábana bajada hasta la cintura y el pelo desparramado por todas partes.
Tiene una mano metida debajo de la almohada.
La otra estirada por el colchón, hacia mí.
Yo no duermo en camas ajenas. Nunca en la vida me he quedado hasta la mañana.
Me quedo tumbado, mirándole la mano.
Cuando por fin me levanto, me visto con la ropa de anoche: camisa negra, pantalones negros. Recojo la lista de la alfombra y vuelvo a guardarla en el bolsillo de la camisa. Al darme la vuelta, está despierta, mirándome desde la almohada con un solo ojo.
—Te estás escabullendo —dice, con la voz pastosa de sueño.
—Me marcho por la puerta. Hay una diferencia.
Se levanta y descuelga el albornoz blanco del hotel de detrás de la puerta del baño. Se lo ata a la cintura y me acompaña hasta la puerta, descalza y con el pelo revuelto. Cuando abro, se apoya en el marco y alza la vista hacia mí.
Le pongo una mano en la mandíbula y la beso una vez.
Al fondo del pasillo, el ascensor chirría. Se abre la jaula de latón y Dalton sale con una gorra de los Marshals y una bandeja de cartón con tres cafés del vestíbulo. Nos ve. No aminora el paso. Avanza por la alfombra roja hasta la puerta de ella, saca un café de la bandeja y se lo tiende.
—Buenos días —dice.
Ella lo coge con las dos manos. Él se inclina y le besa la sien.
—Solo —me dice, y me tiende el segundo vaso.
Lo cojo.
Entonces veo al hombre al fondo del pasillo.
Está junto a la puerta de la escalera, con un cortavientos oscuro y el móvil levantado de lado a la altura del pecho. Cuando lo miro, baja el teléfono y se gira. Empuja la puerta de la escalera con el hombro y desaparece.
—Un fan —dice Dalton a mi lado, sin siquiera mirar—. El tercero en este viaje. En el aeropuerto, un tipo quería que le firmara el pasaporte.
Miro la puerta de la escalera. El cierrapuertas la va cerrando despacio.
A Dalton lo reconocen en aeropuertos de países donde nadie ve fútbol americano. Tiene razón. Era un fan.
Entonces el ascensor vuelve a chirriar.
Gianna ve quién es antes que yo. Da un paso atrás, hacia el interior de su habitación, y empuja la puerta hasta dejarla casi cerrada, con una rendija de unos centímetros.
Dalton y yo estamos en medio del pasillo con nuestros cafés cuando Rhett Darrow sale de la jaula de latón con una sudadera de los Marshals y el móvil en la mano.
Se detiene al vernos.
—Lockwood —dice—. Maddox.
—Buenos días, Rhett —dice Dalton.
Rhett me recorre con la mirada la camisa negra, por fuera del pantalón, con los dos botones de arriba todavía abiertos. Luego vuelve a mi cara.
—¿Noche movidita? —pregunta.
—Jet lag.
No sonríe. Mira las tres puertas en hilera, y la que no está del todo cerrada. Luego se acerca a esa y llama dos veces.
—¿Gi?
La puerta se abre. Gianna está allí, con la bata blanca, el pelo echado sobre un hombro y el café en la mano.
—Papá quiere que bajes a desayunar —dice Rhett—. Está abajo. Dice que en diez minutos.
—Ahora bajo.
Baja la mirada al vaso que ella tiene en la mano.
—¿Quién te ha traído eso?
—Yo —dice Dalton. Levanta la bandeja—. He traído uno para todos los de esta planta. Soy generoso por naturaleza.
Rhett lo mira. Después me mira a mí. A mí me mira más tiempo.
—Diez minutos, Gi —dice.
Vuelve por el pasillo hasta el ascensor. Se abre la jaula de latón. Entra sin darse la vuelta. Cuando las puertas se cierran, Gianna suelta el aire y apoya la frente en el canto de su puerta.
Dalton da un trago largo a su café.
—Bueno —dice—. Ha sido divertido.
Los Marshals ganan por cuatro puntos.
Darius atrapa el balón de la victoria cuando quedan cincuenta y un segundos, por el centro, mientras dos hombres se le echan encima por los dos lados.
Sabe que vienen. Lo veo en cómo mete la barbilla antes incluso de que le llegue el balón.
El primer golpe lo hace girar. El segundo lo tira al césped.
No lo suelta.
Ochenta mil personas se levantan de sus asientos.
Gianna me agarra del brazo con una mano y a Dalton con la otra.
Está gritando. Me clava las uñas en la manga.
En el campo, Darius se pone en pie y apunta al cielo con uno de sus zapatos rojo ladrillo; la lengüeta dorada brilla con las luces del estadio.
Muy por encima de nosotros, en el palco del propietario, veo a Garrison Darrow golpeando el cristal con los dos puños.
Nadia le manda un mensaje a Gianna antes de que se acabe el tiempo. Gianna me enseña la pantalla sin decir una palabra.
Nadia: ¡Agotado en España y Alemania!
Esa noche, en el avión de vuelta, Gianna se queda dormida en algún punto sobre el océano, con la cabeza apoyada en mi hombro y los pies descalzos en el regazo de Dalton.
Dalton también duerme, con la gorra bajada sobre los ojos y una mano en el tobillo de ella.
La cabina está a oscuras, salvo por la lamparita sobre mi asiento.
El móvil vibra una vez sobre la mesa.
Lo cojo con cuidado para no despertarla.
Everett Langston: Qué hotel tan bonito. Espero que los tres hayáis dormido bien.
Lo leo. Vuelvo a ver la puerta de la escalera, cerrándose despacio con su cierrapuertas.
Después giro la cabeza hacia la mujer dormida sobre mi hombro.
No la despierto. Dejo el móvil boca abajo sobre la mesa y mantengo la mano extendida encima el resto del camino a casa.