Bajo contrato (Dos son mejor que uno nº 2) Gianna #2
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Gianna #2

En una pantalla encima de la barra está pasando el anuncio.

El porche de Miss Ruby en South Dallas, la pintura amarilla, la valla de tela metálica.

Miss Ruby con su sombrero de iglesia y una pelota de tenis en la mano.

La lanza directa a la cámara. «Aun así, cógela, cariño», dice, y las palabras aparecen en español en la parte inferior de la pantalla.

Toda la gente que está cerca de la barra se ríe y aplaude.

Me escuecen los ojos. Parpadeo con fuerza.

—Gianna Darrow.

Nadia Kerr viene hacia mí entre la gente, con un mono negro y una copa de champán en cada mano. Me da una. A ninguno de los dos hombres le da una.

—Míralo —dice.

—Lo estoy mirando.

—La prensa española ha pedido entrevistar a la mujer a la que se le ocurrió lo de la abuela. Les he dicho que les concederías diez minutos.

Choca su copa con la mía. Después se marcha antes de que pueda decir nada.

Unos minutos después me encuentra Darius, con un traje rojo ladrillo a juego con el zapato y un relaciones públicas del equipo pisándole los talones. Me levanta en volandas del suelo de la azotea en un abrazo y me hace girar una vez; se me derrama parte del champán sobre su hombro.

—¿La has visto? —me dice contra el pelo—. ¿Has visto a la abuela en esa pantalla? Me ha llamado llorando.

—La he visto.

Me deja en el suelo. Me sujeta por los dos hombros y me mira con los ojos húmedos.

—El toque de queda es a las diez —dice—. No dejes que me lo salte, o el entrenador me sienta en el banquillo en un país extranjero.

—No lo haré.

Les doy mis diez minutos a la prensa española y después veinte más a un periodista de una revista de Londres.

Cuando por fin me doy la vuelta, Roman está junto a la barandilla con Nadia, escuchándola hablar, con los ojos puestos en mí por encima de la cabeza de ella.

Dalton está en la barra con Darius, riéndose con la cabeza echada hacia atrás.

Entonces el ascensor vuelve a pitar y mi padre sale a la azotea.

Lleva una americana azul marino con un pin de los Marshals en la solapa. Tiene la cara colorada, del paseo o del vino. La gente se vuelve para mirarlo. Algunos lo reconocen. Veo a una mujer inclinarse para decirle algo al hombre que tiene al lado, tapándose la boca con la mano.

Me ve.

—Cariño —dice, y abre los brazos.

Voy hacia él. No me lo pienso. Huele a puros y a la colonia que mi madre le compra todos los años. Me abraza tan fuerte que los aros se me clavan en el cuello.

—Esa es mi niña —dice contra mi pelo—. Fíjate lo que has conseguido.

—Papá, ¿qué haces aquí?

—Es la zapatilla de mi receptor.

Me suelta y me sostiene a un brazo de distancia.

—Arcline invitó al dueño. El dueño soy yo.

Su mirada pasa de largo, por encima de mi hombro.

Dalton viene hacia nosotros desde la barra. A mi padre se le suaviza la mirada en las comisuras de los ojos. Aparta una mano de mi hombro y se la tiende.

—Hijo —dice.

—Señor Darrow.

Dalton le da la mano. Mi padre tira de ella para atraerlo y le da dos palmadas en la espalda.

Entonces mi padre dirige la mirada hacia la barandilla.

Roman no se ha movido. Está allí, con la copa en la mano, mirando fijamente a mi padre a diez metros de distancia, al otro lado de la azotea. Ninguno de los dos se acerca.

—Lockwood —dice mi padre, sin alzar la voz.

Roman inclina la copa un centímetro.

—Señor Darrow.

Eso es todo. Mi padre le da la espalda. Me agarra del codo y me lleva al otro extremo de la barandilla, lejos de todos ellos. La cúpula resplandece sobre nuestras cabezas. Seis plantas más abajo, pasa el tráfico de Gran Vía.

—Everett me dice que nunca entregaste el portátil —dice.

Lo miro fijamente.

—¿Qué?

—El portátil de los Marshals. Dice que Informática nunca lo recibió.

—Lo devolví mi último día. —Dejo la copa en la barandilla—. Lo bajé yo misma a Informática. Un hombre llamado Gary lo puso en un carrito mientras yo me quedaba allí mirando.

Mi padre me estudia el rostro un largo instante. Después asiente.

—Entonces Everett se equivoca —dice—. Últimamente se equivoca mucho.

Se queda mirando la calle.

—Cariño, ¿esa culebra te trata bien?

No miro hacia la barandilla. Me obligo a no mirar.

—Es mi jefe, papá —me sale una voz ligera y despreocupada—. Me manda correos de dos palabras.

—Bien.

Mi padre me da dos palmaditas en la mano, apoyada en la barandilla.

—Que siga así.

Se marcha a buscar a Darius. Me quedo sola junto a la barandilla, con la mano todavía en el hierro frío donde me ha dado las palmaditas, y suelto el aire despacio.

Cuando me doy la vuelta, Roman me observa desde el otro extremo de la azotea.

Acompañamos a Darius hasta el coche del equipo antes de que se le pase la hora de volver. Me abraza otra vez en la acera. Luego señala a Roman y a Dalton.

—Cuidádmela los dos —dice. Luego se mete en la parte de atrás del coche, que se aleja entre el tráfico de Gran Vía.

Los tres emprendemos el camino de vuelta.

La calle sigue llena de gente incluso a estas horas: parejas de la mano, grupos de amigos que ríen a las puertas de los bares con sus copas.

Ha refrescado. Me rodeo con los brazos. Dalton se quita la chaqueta del traje sin decir una palabra y me la echa por los hombros.

Está caliente de su cuerpo y me llega casi hasta las rodillas.

Roman lo mira hacerlo con las manos en los bolsillos.

Volvemos por delante de la fuente, por delante de la puerta de piedra iluminada en dorado de la glorieta, hasta que la larga verja de hierro del Retiro vuelve a quedar a nuestro lado.

El parque está cerrado. Las puertas, encadenadas.

Entre los barrotes distingo las siluetas oscuras de los árboles y un sendero de grava que se pierde en la negrura.

Me detengo.

Los dos se paran. Dalton a mi izquierda. Roman a mi derecha, a un paso.

—No pienso seguir con esto —digo.

Ninguno de los dos dice nada. La cara de Dalton se vuelve cautelosa. La de Roman se queda inmóvil.

—Me he pasado la vida entera eligiendo.

Me aprieto más la chaqueta de Dalton contra el cuerpo.

—Mi padre o mi trabajo. Mi hermano o yo. Elegí hace tres semanas. Perdí a mi hermano por ello. Volvería a hacerlo.

Se me quiebra la voz en la última palabra. La afianzo.

—No voy a elegir entre vosotros dos.

El tráfico pasa a nuestra espalda. Una moto. Un taxi con la luz verde encendida.

—Dalton y yo estamos juntos —digo, mirando a Roman—. No voy a dejar de verlo.

Me vuelvo y alzo la vista hacia Dalton.

—Y deseo a Roman desde una escalera en Nueva Orleans. Tampoco voy a dejar de desearlo.

Dalton mira a Roman por encima de mi cabeza.

—Yo no me voy a ninguna parte —dice Dalton en voz baja—. Y nunca le he pedido a él que se vaya.

Roman mira la verja del parque.

—En mi vida he compartido nada que no me haya visto obligado a compartir —dice.

—Compartiste habitación conmigo en la residencia durante tres años —dice Dalton—. En primero usaste mi cepillo de dientes por accidente una semana entera.

—Fue culpa tuya. Eran del mismo color.

—No eran del mismo color. El mío era azul.

—Estaba oscuro.

—Compartiste una cuenta bancaria conmigo cuando fundamos la agencia. Y también un edificio —dice Dalton.

Roman cierra los ojos.

Lo observo ahí de pie, con los ojos cerrados, las manos en los bolsillos, el pecho subiendo y bajando bajo la camisa negra. El bolsillo. La lista.

Cuando abre los ojos, me mira. No a Dalton. A mí.

—Nadie lo sabe —dice—. Ni en la oficina. Ni tu hermano. Ni tu padre.

Habla muy bajo.

—No hasta que Darius firme. Si Garrison se entera antes de que ese contrato esté cerrado, hará saltar el acuerdo por los aires para hacerme daño, y Darius lo pagará.

—Vale —digo.

—Y nadie decide por ti. —Sus ojos no se apartan de los míos—. Ni yo. Ni él. Si quieres parar, lo dices y se acaba.

Se me cierra la garganta.

—Vale.

Entonces mira a Dalton un largo instante: dos hombres que se conocen desde los diecinueve años. Dalton asiente una sola vez, despacio.

—Vale —dice Roman.

Recorremos el resto del camino hasta el hotel sin hablar. El portero nos sujeta la puerta. El ascensor de latón nos sube con un crujido hasta la cuarta planta. El pasillo está vacío y en silencio, con los apliques dorados bajados para la noche.

Dalton se detiene ante su puerta. Se vuelve hacia mí y me retira la chaqueta de los hombros, despacio, y la dobla sobre el brazo. Luego me sujeta la cara con una mano y me besa. Allí mismo, en el pasillo, delante de Roman. Es un beso lento y cálido.

Cuando se separa, mira por encima de mi hombro, hacia Roman.

—Te debe una respuesta desde hace dos años —me dice Dalton—. Yo estaré aquí mismo.

Entra en su habitación. La puerta se cierra con un clic.

Roman y yo nos quedamos solos en el pasillo. Entre los dos, la alfombra roja. El aplique de encima de mi puerta zumba, muy débilmente.

Saco la llave del bolso de mano y abro la cerradura. Empujo la puerta. Las ventanas altas siguen abiertas, tal como las dejé, y el aire fresco del parque me pasa de largo y se precipita al pasillo, con olor a hojas.

Me vuelvo en el umbral. Roman no se ha movido. Está a un metro, con las manos en los bolsillos, exactamente donde prometió quedarse.

Le miro las manos. Después, la cara.

—Roman —digo—. Te lo estoy pidiendo.