Gianna #2
Lo miro. Un hueco de escalera. Dos años de nada. Un hombre que lleva toda la semana de pie junto a una ventana sin mirarme, que me ha mandado dos palabras en vez de aparecer en un bar.
—Tuvo dos años —digo—. No llamó nunca.
Dalton no aparta los ojos de los míos.
—No soy de nadie —digo.
Alarga el brazo y me pone la mano en un lado de la cara, la palma sobre la mandíbula y los dedos deslizándose hacia atrás, hasta el pelo, detrás de la oreja. Tiene la mano grande, cálida, un poco áspera. Me sostiene la cara como si creyera que voy a apartarme.
—Entonces, basta de esperar —dice.
Me besa.
Es un beso lento, como todo lo que hace, como si nadie le hubiera metido prisa en la vida.
Tiene la boca cálida. Sabe a cerveza y a lima.
No me presiona. Solo me besa, firme y seguro, hasta que se me escapa un sonido de la garganta.
Entonces le agarro la camisa con los dos puños y tiro de él hacia mí por encima de la consola.
Se ríe contra mi boca, muy bajo.
—La camioneta es demasiado pequeña para esto.
—Entonces entra en casa.
Me mira. Se le oscurecen los ojos a la luz de la farola.
—Sí, señora —dice.
Recorremos el camino de entrada de mi casa sin tocarnos.
Consigo meter la llave en la cerradura al segundo intento.
En cuanto la puerta se cierra a nuestra espalda, me pone las manos en la cintura.
Me da la vuelta y me arrincona contra la pared del recibidor.
El bolso se me cae al suelo. Ahora me besa con más fuerza, con todo el cuerpo pegado al mío, y es tan grande que tapa la luz de la ventana.
Noto exactamente cuánto me desea a través de los vaqueros, apretado contra mi vientre.
—El dormitorio —jadeo.
—Guía tú.
Le cojo la mano y tiro de él escaleras arriba. Al llegar al rellano se detiene en la puerta de mi dormitorio y lo contempla. Mi cama blanca de hierro. El edredón de seda rosa palo. Las peonías sobre la cómoda, el espejo dorado, el montón de cojines rosas de los que no me avergüenzo.
—¿Esta cama va a aguantarme? —pregunta.
—Ha aguantado cosas peores.
Alza las cejas. Me río y tiro de él por el cinturón para acercarlo.
Lo desvisto primero. Quiero hacerlo. Le desabrocho la camisa botón a botón mientras él sigue ahí de pie, dejándose hacer, con las manos sueltas a los lados y el pecho subiendo y bajando.
Cuando se la quito de los hombros, me quedo mirándolo un instante.
Es ancho de arriba abajo, puro músculo macizo que se ha reblandecido un poco por los bordes desde que dejó de jugar, y tiene una cicatriz larga y pálida en la cara interna de la rodilla izquierda, justo donde se apoya la rodillera.
La recorro con un dedo. Se queda quieto y me deja.
—A la rodilla no le hace mucha gracia arrodillarse —dice.
Cojo una almohada de la cama y la dejo caer en el suelo, a mis pies.
Él baja la vista hacia ella. Después me mira a mí, y una sonrisa lenta se le extiende por la cara.
—Vaya, pero mírate —dice.
Se arrodilla sobre la almohada. Primero la rodilla buena y después la mala, con cuidado, con su enorme mano en mi cadera para mantener el equilibrio. Luego mete la mano por debajo de mi vestido, me baja las bragas por las piernas y las deja caer al suelo.
Me sube el vestido hasta la cintura. Me besa por dentro de la rodilla. Después más arriba, en la cara interna del muslo, despacio, con la barba raspándome suave la piel. Me agarro al piecero de hierro que tengo detrás. Él alza la vista hacia mí una vez desde entre mis piernas.
—He estado pensando en esto toda la semana —dice.
Entonces me pone la boca encima.
Me lame despacio, una pasada larga de abajo arriba, y casi se me doblan las rodillas.
Lo repite. Después encuentra mi clítoris, lo rodea con los labios y succiona, primero suave y luego más fuerte.
Se me escapa un sonido que seguramente oigan los vecinos.
Le hundo la mano en el pelo. Él gime contra mí, y siento el sonido subirme por toda la columna.
No tiene prisa. Por supuesto que no. Me lame como si tuviera toda la noche: círculos lentos con toda la lengua, luego golpecitos rápidos justo en el clítoris, luego otra vez despacio, hasta que me tiemblan las piernas contra sus hombros.
Me mete un dedo. Después un segundo. Los curva hacia delante hasta encontrar el punto que me sacude el cuerpo entero y se queda ahí, presionando, mientras me trabaja el clítoris con la boca.
—Dalton. —Se me quiebra la voz—. Dalton, voy a correrme.
Me corro con tanta fuerza que tengo que agarrarme al piecero con las dos manos para no caerme. Él me sujeta la cadera con la mano libre para mantenerme en pie. Sigue lamiéndome hasta el final, ahora suave, con delicadeza, hasta que tiemblo y le empujo la cabeza para apartarlo.
Se levanta despacio, impulsándose con la rodilla buena. Tiene la boca húmeda. Se la limpia con el dorso de la muñeca sin dejar de mirarme. Después me baja la cremallera del vestido y deja que caiga al suelo. Me mira ahí de pie, sin nada encima salvo mis aros dorados.
—Gianna —dice con voz ronca, como si le doliera decirlo.
Lo empujo hacia atrás sobre la cama. El armazón de hierro cruje bajo su peso.
Me subo encima de él, le abro el cinturón y le bajo los vaqueros y los bóxeres por las piernas.
Tiene el pene grueso y duro, curvado hacia arriba contra el vientre.
Lo rodeo con la mano y él sisea entre dientes, con la cabeza cayendo sobre mis almohadas rosas.
—Llevo un DIU —digo.
—Gracias a Dios. La cartera se me ha quedado por ahí, a la altura de los tobillos. —Me pone las manos en las caderas—. Ven aquí.
Me hundo sobre él despacio. Es tan grande que tengo que pararme a mitad de camino para respirar, con las manos extendidas sobre su pecho.
Él me sujeta las caderas y deja que me tome mi tiempo.
Me mira a la cara durante todo el descenso.
Cuando lo tengo entero dentro, suelta un suspiro largo y tembloroso.
—Eso es —dice—. Así.
Empiezo a moverme. Balanceo las caderas sobre él, despacio al principio y luego más rápido, y sus manos me suben por las costillas hasta los pechos. Los rodea con las manos. Los pulgares me pasan por los pezones. Jadeo y me hundo contra él con más fuerza. La cama cruje. El cabecero golpea la pared.
—Mírate —dice con la voz baja y ronca—. Montándome. ¿Sabes cuánto tiempo llevo deseando esto?
—¿Cuánto?
—Desde aquel perrito caliente rebozado —responde. Me río, la risa hace que me apriete alrededor de él y él gime.
Entonces se incorpora y me rodea la espalda con los brazos, de modo que quedamos pecho contra pecho, conmigo todavía en su regazo.
Me sujeta así y empieza a moverse debajo de mí, empujando hacia arriba, despacio y hondo.
Me agarro a sus hombros. Tiene la boca en mi cuello.
La barba me raspa la piel. Cada embestida llega tan adentro que no puedo pensar.
—Estoy a punto —susurro—. Otra vez.
—Lo sé, cariño. —Me agarra de las caderas y me mueve sobre él más deprisa—. Déjame sentirlo.
Me corro otra vez entre sus brazos, con la cara hundida en su cuello, gritando contra su piel.
Él me sostiene hasta el final. Después nos hace rodar con cuidado, así que quedo de espaldas sobre la seda rosa, con él encima, y vuelve a entrar en mí con la rodilla buena apoyada en el colchón.
Me toma hondo y a ritmo constante, sin apartar los ojos de mi cara, hasta que se le tensa el cuerpo entero sobre mí.
Se corre con un gemido largo y mi nombre ronco en la garganta.
Se queda ahí, enterrado en mí, con la frente apoyada en la mía. Los dos respiramos como si hubiéramos corrido un kilómetro.
—La cama ha aguantado —dice al final.
Resoplo, y él también se ríe, con todo su cuerpo enorme temblando sobre el mío.
Más tarde, duerme boca arriba, con un brazo echado por encima de la cabeza y ocupando dos tercios de mi cama.
Yo estoy tumbada de lado, apoyada contra sus costillas, con su otro brazo rodeándome y la mano descansando en mi cadera.
El ventilador del techo gira. La habitación huele a él y a las peonías de mi cómoda.
El móvil se ilumina en la mesilla.
Alargo la mano sin mover la cabeza. La pantalla brilla demasiado en la oscuridad.
Roman: Hoy has estado extraordinaria. Debería habértelo dicho a la cara.
Me quedo mirándolo.
A mi espalda, el brazo de Dalton se tensa alrededor de mi cintura. Le cambia la respiración.
—¿Quién te escribe a la una de la madrugada? —dice en voz baja, contra mi nuca.