Bajo contrato (Dos son mejor que uno nº 2) Gianna
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Gianna

Mi hermano me ha llamado nueve veces desde ayer, y Camille quiere saber qué llevaba puesto Roman Lockwood en una escalera hace dos años.

—Negro —digo.

—¿Qué era negro?

—El traje. La corbata.

—Una corbata. —Camille deja el tenedor en el borde del plato y cierra los ojos, como si se lo estuviera imaginando—. ¿Se la aflojó él o se la aflojaste tú?

—Camille.

—Estoy reconstruyendo la escena.

Estamos en la terraza del Sette, en Highland Park Village, bajo el toldo verde, en la mesita de hierro por la que llevamos seis años peleándonos.

La clientela de la hora del almuerzo es todo faldas de tenis y bolsas de la compra.

El sol entra bajo por el borde del toldo e ilumina la mitad de la mesa.

Tengo el brazo caliente sobre el hierro y mi vaso de té helado está dejando un cerco de condensación en el mantel blanco.

Hoy Camille lleva los labios de color coral. El domingo eran color baya. Es dueña de la boutique de novias que está dos puertas más allá de esta terraza, y dice que las novias confían en una mujer que se cambia el pintalabios más a menudo de lo que ellas cambian de opinión.

—Se la aflojé yo —digo.

Abre los ojos.

—Así me gusta, chica.

—Y luego tiré de ella para atraerlo hacia mí.

Camille planta las dos manos sobre la mesa de un golpe. El hielo de su vaso salta.

—Gianna Marie.

—Fue en Nueva Orleans. En la fiesta de la Super Bowl. Tú estabas en Cabo con el dentista.

—Me acuerdo del dentista. Y he decidido no acordarme. —Se inclina hacia mí—. Sigue. Tiraste de él por la corbata, y luego ¿qué?

Cojo el té y bebo, sobre todo para ganar un segundo y decidir cuánto le voy a contar.

Y luego se lo cuento todo. La escalera que olía al cigarrillo de alguien.

Sus manos. Mi espalda contra la barandilla, el metal frío a través del vestido.

Mi teléfono iluminándose entre los dos con el nombre de Rhett en la pantalla.

Roman dando un paso atrás y diciendo «vete».

Yo me fui. Él no me llamó ni una sola vez.

Camille escucha sin interrumpirme, que es como sé que se lo está tomando en serio. Cuando termino, se recuesta en la silla y me mira largamente.

—Y ahora trabajas para él.

—A su lado.

—¿Él lo sabe?

—Ayer le hice prometer que no me tocará. Está en mi lista.

—¿Te lo prometió con cara seria o te lo prometió mientras planeaba tocarte?

No contesto. Doy un bocado a la ensalada. Me observa masticar con la barbilla apoyada en la mano y una sonrisa mínima.

Luego entorna los ojos y me mira desde el otro lado de la mesa.

—Espera. ¿Te has hecho las pestañas?

—No.

—Sí. Las tienes larguísimas. El domingo no las tenías tan largas.

—Es un rímel nuevo. —Las aleteo una sola vez, porque sé el efecto que le va a hacer—. Velour Lash número nueve. Hace que parezcan extensiones.

—Cállate. —Ya ha sacado el móvil. Sus pulgares vuelan sobre la pantalla—. Velour. Lash. Nueve. ¿Qué tono?

—El negro.

—Hecho. —Toca la pantalla dos veces y me la enseña para que vea la confirmación del pedido—. Me lo entregan en casa mañana antes del mediodía.

Me río tan alto que la mujer de la mesa de al lado se gira.

—Ni siquiera has mirado el precio.

—He mirado tu cara. Ese es el precio. —Deja el móvil boca abajo sobre la mesa—. Vale. Ahora el del fútbol. El que dijiste que estaba sentado en tu garaje.

—Dalton.

—Dalton Maddox estaba sentado en el suelo de tu garaje comiendo nachos, esperándote. —Lo dice despacio, palabra por palabra—. Dalton Maddox. El del arcén de la autopista de peaje. El de los antebrazos.

—Estaba siendo amable.

—Gianna. Los hombres así no son amables en los garajes.

—Me señala con el tenedor—. A ver si lo entiendo.

Has dejado el equipo de fútbol de tu padre.

Has ido a trabajar para el hombre de la escalera, que nunca te llamó.

Y el otro socio es el quarterback del que llevas colada desde los veintitrés años y que todavía te llama señorita Darrow.

—Sí.

—Y son mejores amigos.

—Sí.

Camille coge su té helado y se bebe de un tirón todo lo que queda. Deja el vaso vacío en la mesa.

—Voy a necesitar un pedido de rímel más grande —dice.

Me río otra vez, pero entonces paro, porque algo por encima de su hombro me llama la atención.

A través de las puertas acristaladas abiertas que tiene a la espalda, dentro del restaurante, hay un televisor montado sobre la barra.

Está puesto en un canal deportivo, sin sonido.

Cuatro hombres trajeados están sentados detrás de una larga mesa de cristal, hablando todos a la vez y moviendo las manos.

Por debajo corre una línea de texto blanco sobre una franja roja.

La hija de Darrow se pasa a una agencia rival.

Entonces cambia la imagen y aparezco yo.

Soy yo vestida de crema, ayer por la mañana, subiendo los escalones de la entrada del edificio de Lockwood Maddox con la carpeta de cuero bajo el brazo. Alguien me ha fotografiado desde el otro lado de la calle. Se ve el dorado de mis aros. Se nota que no he dormido.

Camille ve mi cara y se gira en la silla. Mira el televisor un segundo, luego vuelve a mirarme y alarga la mano por encima de la mesa para coger la mía.

—Vale —dice en voz baja—. Vale. Son muchas cosas.

—Mi padre ve ese programa. —La voz me sale débil—. Todos los días. En la cinta de correr.

—¿Se lo dijiste? ¿Antes?

—Lo llamé anoche. —Retiro la mano y me aprieto la servilleta contra la boca; luego la dejo en la mesa—. Lo escuchó todo. Después dijo: «Haz lo que tengas que hacer, cariño», y colgó. Nunca en la vida me había colgado.

—¿Y Rhett?

Le doy la vuelta al móvil encima de la mesa para que vea la pantalla. Rhett. 9 llamadas perdidas.

Camille lo lee. Luego le hace una señal al camarero y pide otros dos tés helados y la tarta de chocolate con dos tenedores.

—No vas a volver al trabajo hasta que comas tarta —dice.

—Tengo una reunión a las dos.

—Pues come deprisa.

Me como la tarta. Me como más de mi mitad y ella me deja.

El vestíbulo de Lockwood Maddox está fresco y silencioso cuando entro unos minutos antes de la reunión; los tacones me repiquetean sobre las baldosas viejas.

La pared de camisetas enmarcadas recorre el pasillo entero hasta el ascensor, todas firmadas.

La de Darius está casi al final. Paso por delante y toco el cristal con un nudillo sin aminorar el paso.

La puerta de la sala de reuniones está abierta. Los tres ya están dentro.

Darius ocupa la silla más cercana a la puerta, con los pies subidos a otra silla, recién llegado del entrenamiento, con una sudadera de los Marshals y las mangas subidas, comiendo pipas de una bolsa.

Dalton está sentado enfrente, con la pierna mala estirada bajo la mesa y un bloc de notas delante.

Roman está de pie junto a la ventana del fondo, de espaldas a la sala y con el móvil pegado a la oreja, hablando en voz baja.

Darius me ve primero. Baja los pies, se levanta y me envuelve en un abrazo que me despega del suelo.

—Mírate —dice contra mi pelo—. Mi abuela me ha dicho que te diga que está rezando por ti.

—Dile que le doy las gracias.

—Dice que reza para que no dejes que estos dos te mangoneen. —Me deja en el suelo y sonríe—. Yo le dije que es al revés.

Al fondo de la sala, Roman termina la llamada. Se aparta de la ventana y deja el móvil sobre la mesa.

—Señorita Darrow —dice.

—Señor Lockwood.

Ocupo la silla de al lado de Darius, frente a Dalton.

Roman se sienta a la cabecera de la mesa, a mi izquierda.

Abro el portátil. No lo miro. Noto que él tampoco me mira.

Es peor que las miradas fijas. Mantiene los ojos en sus notas, en Darius, en la ventana, en cualquier parte menos en mi lado de la mesa. Está cumpliendo su palabra.

Lo odio.

—Arcline quiere el concepto en ocho días —dice Roman—. Nadia Kerr llega en avión desde Portland. Se sentará en esta sala durante una hora. Va a decirnos que no, a menos que le demos una razón para no hacerlo.

—El año pasado les dijo que no a todas las agencias del país —dice Dalton.

—A mí me dijo que no dos veces. —Roman pasa una página de sus notas—. Señorita Darrow.

Me da un vuelco el estómago cuando dice mi nombre. No levanto la vista de la pantalla.

—Sí.

—Nadia va a hacerle una pregunta: quién es Darius cuando no está corriendo. —Por fin levanta la mirada. Sus ojos van directos a los míos, oscuros y firmes, exactamente un segundo—. Tiene ocho días para averiguarlo.

Después vuelve a bajar la vista a sus notas, como si no la hubiera levantado nunca.

Me arde la cara. Al otro lado de la mesa, Dalton me observa con el bolígrafo detenido sobre el bloc. Cuando lo sorprendo mirándome, no aparta la vista. Solo inclina un poco la cabeza, como preguntando, y casi sonríe.

—Lo sabré —digo.

Estamos una hora. Darius habla de las zapatillas que llevaba en el instituto: heredadas de su primo, una talla más grandes, y tenía que rellenarlas con calcetines.

Dalton habla de lo que le prometieron las empresas de calzado a los veintidós años y de lo poco que había de verdad en esas promesas.

Roman habla del dinero en frases cortas.

Yo lo apunto todo. Cuando Darius se levanta para ir a su tratamiento, me aprieta el hombro al pasar.

—Ocho días —dice—. Tú puedes.

Roman se marcha justo detrás de él. Coge el móvil y las notas y sale sin dirigirme una palabra. La sala parece más cálida en cuanto se marcha.

Dalton se queda en su silla. Observa cómo se cierra la puerta. Después me mira.

—Está teniendo mucho cuidado contigo —dice.

—Está siendo maleducado.

—Te dio su palabra. —Dalton se pone de pie, la pierna izquierda al final, y coge el bloc—. Tengo rehabilitación. Ven a buscarme si quieres las historias de verdad sobre Darius. Las que es demasiado educado para contar delante de Roman.

De camino a la salida, da dos golpecitos con los nudillos en el marco de la puerta.

Me paso cuarenta minutos mirando una diapositiva en blanco antes de admitir que necesito esas historias de verdad.