Bajo contrato (Dos son mejor que uno nº 2) Roman #2
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Roman #2

No cierra la puerta. Nunca cierra las puertas. La rodeo y la cierro yo mismo.

Cuando me doy la vuelta, está en medio de mi despacho, mirando la pared de detrás de mi mesa. No hay nada más que un contrato enmarcado, amarillento, con un cerco de café en una esquina. El primero. El contrato de novato de Dalton, el que negocié con un traje prestado.

—Lo has enmarcado —dice.

—Lo tengo ahí para no olvidar lo que se siente al perder.

Ella vuelve la cabeza.

—Era un buen acuerdo.

—Para ellos. —Le aparto la silla que hay frente a mi mesa—. Siéntate.

No se sienta. Va hasta la puerta de la sala de reuniones, al lado de mi despacho, la abre y entra como si fuera suya. Al cabo de un segundo la sigo. Ocupa la silla de la cabecera de la larga mesa de nogal, mi silla, deja la carpeta de cuero delante de ella y la abre.

Me quedo de pie en el otro extremo de la mesa, con las manos en los bolsillos, y se lo permito.

—He traído una lista.

—Te lo pedí.

Saca una hoja de papel. Escrita a máquina, no a mano. La alisa sobre el nogal con las dos palmas.

—Uno. La zapatilla de Darius es mía. Arcline, el concepto, la campaña, todo. Nadie entra en mis reuniones a lanzarme ideas.

—Hecho.

—Dos. Quiero dos contrataciones propias el primer año. Las elijo yo. Tú no.

—Hecho.

Levanta la vista, sorprendida, y vuelve al papel.

—Tres. El doble de mi sueldo en los Marshals, que ya me has ofrecido. Más un dos por ciento de lo que Arcline le pague a Darius el primer año de contrato, como bonificación.

—Un uno por ciento.

—Dos.

—Uno y medio.

Me mira desde el otro extremo de la mesa. Le sostengo la mirada. Tiene las puntas de los dedos apoyadas en el borde del papel, muy quietas.

—Dos —dice—. O me vuelvo a casa y le presentas un rayo a Nadia Kerr.

Yo no le he hablado de los rayos de Nadia. Debe de haber sido Darius. O simplemente lo sabe, porque lleva cuatro años viendo cómo todas las marcas de zapatillas de Estados Unidos intentan convencer a los receptores de que lo suyo es la velocidad.

—Dos —digo.

Apunta algo en el papel con su propio bolígrafo. Luego pasa a la línea siguiente y le cambia la voz. Se vuelve más baja.

—Cuatro. Quiero que conste por escrito que quedo completamente al margen de todo lo que tenga que ver con los Marshals.

Cada negociación. Cada contrato. El acuerdo de Darius con el equipo de mi padre: no lo veo, no me lo cuentan, no estoy en la sala.

Si alguien dice alguna vez que he venido aquí a vender los secretos de mi familia, quiero un papel firmado por ti que diga que no es así.

Esa no me la esperaba. Debería habérmela esperado.

—Jurídico te lo tendrá listo antes de la hora de comer —digo.

—Bien.

No levanta la vista.

—¿Esa es toda la lista?

—Queda una cosa.

Deja el bolígrafo encima del papel y lo alinea con el borde. Luego levanta la mano derecha y tamborilea con las uñas sobre el nogal. Dos veces.

La he visto hacer eso una sola vez antes. Hace dos años, en Nueva Orleans, en la barandilla de la escalera, justo antes de agarrarme de la corbata.

—No me tocas —dice.

La sala queda en silencio. Fuera, en algún punto del pasillo, suena un teléfono y Dalton se ríe de algo.

—Trabajo aquí —dice—. Eres mi jefe. No me tocas y no me miras en las reuniones como me mirabas en aquella suite.

—¿Cómo te miraba?

Veo cómo decide si decirlo o no. Se le mueve la garganta. Un poco de color le sube por el lateral del cuello, justo debajo de la oreja, donde lleva el pelo recogido.

—Como en la escalera —dice.

Es la primera vez en dos años que alguno de los dos lo dice en voz alta.

Saco las manos de los bolsillos. Avanzo despacio a lo largo de la mesa hacia ella, dejando atrás todas las sillas vacías, y me ve acercarme todo el trayecto sin moverse. Al llegar a la cabecera, me detengo junto a su silla. Tiene que echar la cabeza hacia atrás para seguir mirándome.

No la toco. Apoyo una mano en el nogal, junto a su papel, y me inclino hasta que puedo olerla: algo cálido, limpio, con vainilla por debajo, igual que en aquella escalera.

—Entonces no vengas vestida de crema a mi despacho —digo.

Entreabre los labios. Oigo cómo se le corta la respiración, apenas un instante. Después aprieta la boca y fija la vista en el extremo opuesto de la mesa.

—¿Eso es un sí? —dice.

—Sí. —Cojo su bolígrafo del papel y se lo tiendo—. No te tocaré.

Coge el bolígrafo. Sus dedos rozan los míos y aparta la mano de golpe, un centímetro. Después se recompone y lo coge del todo como si no hubiera pasado nada.

—Hasta que me lo pidas —digo.

Se queda con el bolígrafo a un centímetro del papel. Luego firma en la última línea de su propia lista, con tanta fuerza que el bolígrafo se clava en la hoja, y me la desliza por la mesa sin levantar la vista.

La puerta que da a mi despacho se abre. Dalton entra con tres cafés en una bandeja de cartón; a uno ya le ha quitado la tapa y, al lado, hay una pequeña montaña de sobres de azúcar.

Se detiene justo al cruzar el umbral. La mira a ella, sentada en mi silla. Me mira a mí, inclinado sobre ella con una mano apoyada en la mesa.

—Bueno —dice—. Parece que me he perdido la parte divertida.

—No te has perdido nada —dice Gianna. Se levanta, coge de la bandeja el café de los sobres de azúcar y rasga cuatro de golpe—. ¿Dónde está mi despacho?

Dalton le dedica una sonrisa lenta, de oreja a oreja.

—Ven. Tiene ventana.

Lo sigue sin volverse a mirarme. Deja la lista sobre la mesa.

La cojo. Debajo de las cinco líneas mecanografiadas, de su puño y letra, en tinta azul, hay una sexta que tachó antes incluso de entrar aquí. La tachó con tanta rabia que el bolígrafo atravesó el papel en dos sitios, y aun así todavía se lee.

6. Preguntarle por qué no llamó.

La doblo por la mitad y me la guardo dentro de la chaqueta.

El teléfono vibra en el otro bolsillo. Un mensaje de un periodista del Morning News que me debe un favor y lo sabe.

¿Esto es lo que creo que es?

Debajo hay una foto. Gianna Darrow de crema, entrando esta mañana en mi edificio, tomada desde la acera de enfrente con teleobjetivo.

Antes de que pueda contestar, el teléfono se ilumina en mi mano con una llamada. El nombre que aparece en la pantalla lo tengo guardado desde hace seis años y nunca lo había visto en una llamada.

Rhett Darrow.

Dejo que suene.