Roman
La primera oferta de los Marshals por Darius Gaines es de cuatro años y ciento doce millones de dólares. Es un insulto impreso en un bonito papel con membrete.
La leo otra vez en el extremo de la mesa de nogal de la sala de guerra, con el sol todavía sin asomar por Uptown.
Ochenta y un millones garantizados. Una prima de fichaje diluida a lo largo de los cuatro años para que parezca más de lo que es.
Una cláusula sobre la conducta fuera del campo redactada con tanta amplitud que a un hombre podrían quitarle el sueldo por cruzar la calle donde no debe.
Saco el bolígrafo negro de la chaqueta y rodeo con un círculo la cantidad garantizada, después la cláusula y luego la fecha del pie, tres días anterior a la que Everett Langston me dijo que la tendría lista.
A Langston le gusta adelantarse cuando quiere hacerte sentir que vas tarde.
El edificio está en silencio. En la planta de abajo, el baño de agua fría del gimnasio de rehabilitación zumba tras su puerta de cristal.
Las camisetas enmarcadas a lo largo de la pared del vestíbulo siguen a oscuras.
Es la mejor hora de este sitio, antes de los teléfonos, antes de que nadie necesite que sonría.
Yo no sonrío de todas formas. De sonreír se encarga Dalton.
El ascensor se abre al final del pasillo. Lo oigo antes de verlo: el ritmo desigual de sus pasos, el pie derecho más pesado que el izquierdo, y luego el crujido de las bolsas de papel.
—Tacos de desayuno —dice Dalton al entrar en la sala de guerra con una bolsa en cada mano—. De huevo y chorizo, de huevo y beicon, y uno de patata, porque finges que no te gustan las patatas.
—No me gustan.
—Te comes dos. —Deja las bolsas sobre la mesa, justo encima de la oferta de los Marshals, y retira la silla de enfrente.
Se sienta como se sienta siempre ahora: primero la pierna izquierda estirada y luego el resto.
Tres años desde lo de la rodilla y todavía se descuelga despacio hasta las sillas—. ¿Esa es la cifra?
—Es su oferta inicial.
Aparta una bolsa y lee la primera página del revés. Silba bajito entre dientes.
—Están intentando que diga que no.
—Están intentando que me eche la culpa a mí. —Desenvuelvo un taco. De huevo y chorizo—. Así podrán decirle que su agente le ha costado quedarse en casa.
Dalton coge el de patata antes de que pueda hacerlo yo, se come la mitad de un bocado y mastica mientras me mira desde el otro lado de la mesa.
Tiene una manera de mirarme cuando está a punto de decir algo que no me va a gustar.
Es la misma mirada que me echó en el último año en la TCU, cuando me dijo que yo debía ser su agente, a los veintidós años, sin clientes, sin dinero y con un traje prestado.
—Bajé hasta su coche —dice—. El domingo por la noche.
Dejo el taco en la mesa.
—No lo había planeado —continúa—. Iba a irme a casa. Luego le vi la cara cuando Langston dijo el nombre de aquel hombre. Salió de la suite como si fuera a prenderle fuego a algo, y pensé que alguien debía asegurarse de que llegaba al coche.
—Fuiste a su coche.
—Me senté en el bordillo con unos nachos.
—Pues claro.
—Fue muy amable al respecto. —Se termina el taco de patata y hace una bola con el papel de aluminio en una de sus grandes manos—. Le dije que llevabas un año queriendo pedírselo.
Lo miro largo rato. Él me sostiene la mirada.
—No te correspondía contárselo —digo.
—Pero es verdad. —Lanza la bola de papel a la papelera de la puerta. Entra. Siempre entra—. Me preguntó si te había mandado tú. Le dije que te enfadarías si lo supieras. Pareces enfadado.
—No estoy enfadado.
—Estás haciendo eso con la mandíbula.
Dejo de hacer eso con la mandíbula.
Dalton se reclina. La silla cruje bajo su peso.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Vas a hacerlo de todas formas.
—Nunca en tu vida has esperado un año para contratar a nadie. A nuestra recepcionista la contrataste en nueve minutos. A Darius lo firmaste con una grabación y una llamada con su abuela. —Inclina la cabeza hacia mí—. ¿Por qué con ella sí esperaste?
Porque hace dos años, en una escalera de Nueva Orleans que olía a humo de tabaco y moqueta vieja, me agarró de la corbata y tiró de mí hacia abajo, y me besó como si llevara toda la vida esperando a hacer una tontería con alguien.
Porque tenía la espalda contra la barandilla y ya tenía la mano en mi cinturón cuando el teléfono se iluminó entre los dos con el nombre de su hermano.
Porque miré ese nombre y supe exactamente qué haría su padre conmigo si seguía adelante.
No pienso en por qué no la llamé. Hace dos años decidí dejar de pensar en eso.
—No habría venido —digo—. No hasta que su familia le diera un motivo.
Dalton me estudia la cara. Me conoce desde hace catorce años. Sabe cuándo le doy la parte verdadera de una respuesta y me guardo el resto.
—Vale —dice despacio—. Si tú lo dices.
Se levanta en el mismo orden en que se sentó, la pierna izquierda al final, y se lleva el taco de beicon a su despacho. En la puerta se detiene.
—Viene el miércoles —dice.
—Eso no lo sabes.
—Sé que se bebió cuatro tazas de café con demasiado azúcar mientras me veía comerme un perrito de maíz once veces porque la luz no paraba de cambiar. —Da dos golpecitos con los nudillos en el marco de la puerta—. Viene. Compra azúcar.
Paso el resto del día con la oferta de los Marshals y no compro azúcar. Darius me llama a la tarde siguiente desde las instalaciones de entrenamiento, sin aliento, con música de fondo en alguna parte.
—¿Se lo has pedido? —dice. Ni hola. Nunca, ni una sola vez, me ha dicho hola por teléfono.
—Se lo he pedido.
—¿Y?
—Y se lo está pensando.
—No. Está cabreada.
Se oye un golpe metálico, metal contra metal, unas pesas que bajan sobre el soporte.
—Mis primos estaban en esa suite el domingo. Le vieron la cara y se lo contaron a mi abuela. Miss Ruby me llamó después del partido y dijo que esa chica parecía que le hubieran robado el bolso en misa.
—Tu abuela no se equivoca.
—Nunca se equivoca. Ese es el problema que tiene.
Se ríe, y luego se corta.
—Mira. Ella me hizo. Eso lo sabes, ¿no? Yo era un don nadie de South Dallas elegido en la cuarta ronda. Me puso en una valla publicitaria comiendo cereales y ahora los críos del supermercado se saben mi nombre. Si vas a traerla, trátala bien.
—Trato bien a todo el mundo.
—Tratas a todo el mundo como un contrato.
Está sonriendo; se le nota en la voz.
—Trátala como a una persona. Y luego haz que Arcline me pague.
Cuelga antes de que pueda contestar.
Aquella tarde hablo por videollamada con la directora de marketing de Arcline.
Nadia Kerr tiene cincuenta años, es canadiense y lleva el mismo jerséi negro de cuello alto en todas las reuniones que he tenido con ella.
No cree en la charla intrascendente. Cree en los números y en odiar cualquier cosa que ya haya visto.
—Nos encanta Darius —dice—. A todo el mundo le encanta Darius. Por eso estoy nerviosa.
—¿Por qué?
—Porque todos los demás me van a vender velocidad.
Levanta ante la cámara una hoja impresa con tres diseños de zapatilla de otras agencias, todos con un rayo en alguna parte del talón.
—La velocidad es aburrida. Las zapatillas de todos los receptores son rápidas. Quiero saber quién es cuando no está corriendo. Tienes diez días. Tráeme algo que no pueda comprar en ningún otro sitio.
—Lo tendrás.
—¿Quién lo trae?
Me imagino cuarenta páginas desfilando en la pantalla de un móvil en una barbacoa mientras a un hombre se le enfriaban las costillas.
—Mi nueva directora de Marca —digo.
Nadia alza una ceja.
—¿Desde cuándo?
—Desde el miércoles.
Esa noche no duermo. Vivo en la última planta de una vieja imprenta de Deep Ellum: suelos de hormigón que guardan el frío, escaleras de acero negro, un sofá de cuero y un tocadiscos que me compré con mi primer cheque de comisión de verdad.
Pongo un disco y no lo oigo. Me quedo junto al ventanal de la fábrica con un whisky solo y veo cómo se vacían los bares de Elm Street; abajo, la gente ríe en la acera, abrazada.
Ella no ha dicho que sí. Aun así, me la imagino sobre la mesa de nogal de la sala de reuniones, con ese vestido azul marino subido hasta la cintura, diciéndome exactamente lo que quiere con la misma voz con la que brindó por el hombre de Houston.
Y luego me imagino haciendo cada una de las cosas de su lista, en orden, despacio, hasta que se olvide de que la escribió.
Dejo el vaso en el alféizar con tanta fuerza que el whisky salta. Luego saco otra vez de la bolsa la oferta de los Marshals, me siento a la encimera de la cocina, en la que nunca cocino, y la lleno de correcciones hasta que los números dejan de parecerse a ella.
A la mañana siguiente llega siete minutos tarde.
Estoy junto a la ventana de mi despacho con un café que no he tocado cuando su Range Rover blanco entra, a las nueve, en el aparcamiento de detrás del edificio.
Aparca. Y se queda sentada en el coche con el motor en marcha.
A través del parabrisas la veo levantar la mano y colocarse algo en la oreja, luego el pelo, y luego mirarse la cara en el espejo del parasol.
Pasan siete minutos hasta que abre la puerta.
Quiere que espere. Lo sé, y espero igual.
Dalton la acompaña arriba. Primero los oigo en el pasillo: su habla lenta y arrastrada, luego la risa de ella, breve y sorprendida, la misma que oí al otro lado de la suite cada vez que se olvidaba de que la estaba mirando. Y de pronto están en la puerta de mi despacho.
Va de color crema. Una blusa de seda sin mangas, unos pantalones anchos de color crema que se mueven al andar, aros dorados y el pelo secado liso y suave, por debajo de los hombros.
Ninguna joya en las manos. Bajo un brazo, una carpeta fina de cuero marrón.
Parece dinero que jamás ha tenido que pedirle nada a nadie, y parece que ha dormido unas tres horas.
—Señor Lockwood —dice.
—Señorita Darrow.
Dalton me mira a mí, luego a ella y otra vez a mí.
—Voy a asegurarme de que haya azúcar —dice, y se va.