Bajamar Capítulo 89
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Capítulo 89

Giré la llave en la cerradura.

Dos vueltas. Un doble clac que había oído muchas veces pero que esta vez me sonó diferente. A despedida.

Me senté al volante y me giré hacia Sua. Hacía un buen rato que ocupaba el asiento del copiloto. No quería quedarse atrás.

—¿Preparado?

El maletero del coche estaba lleno a rebosar. El asiento trasero, también.

Todo listo para un viaje al encuentro de la dignidad.

Apenas cinco minutos después aparqué junto a la pescadería de Lourdes.

—¿Ya estás? —preguntó quitándose el delantal—. Mila, échame un vistazo al puesto. Vuelvo en un momento.

—No te preocupes. Puedo hacerlo solo.

—Claro que no. Dame un par de bolsas, anda. Yo te ayudo.

Sua nos siguió escaleras arriba.

—Sabía que acabarías quedándotelo. Hacéis muy buena pareja —comentó la pescadera deteniéndose a hacerle un arrumaco. Después nos guio a través de su casa y empujó una puerta.

—Me encanta —mascullé en cuanto la habitación se desplegó ante mí.

Era tal como la recordaba, pero más pequeña. Mucho más.

—Qué recuerdos, ¿verdad? —Lourdes me apoyó la mano en la espalda.

Un brote inesperado de nostalgia me caló hasta los huesos.

Habíamos sido muy felices entre aquellas cuatro paredes.

Un lugar sencillo y sin pretensiones, al que soñábamos con regresar verano tras verano.

Un lugar donde éramos nosotros, una familia que no necesitaba gran cosa para estar bien.

Solo unas camas cerca de la playa y la certeza de habernos ganado aquellas vacaciones con nuestro esfuerzo.

—Serán solo unas semanas —dije, dejando el equipaje junto al armario—. Mientras encuentro un piso.

—No tengas ninguna prisa, Jon. Esta será siempre tu casa.

Los dos sabíamos que tardaría en marcharme. No era fácil encontrar un lugar donde vivir a un precio razonable. No en Lekeitio.

Quizá tuviera que bajar las escaleras y sumarme a quienes protestaban en el Muga contra la invasión de esos turistas que convertían la vida en algo imposible.

Aunque algo me decía que si las maletas desaparecieran del mapa nada cambiaría.

Los precios seguirían por las nubes y la vivienda escasearía por cualquier otro motivo.

Lo único que tenía claro era que jamás volvería a pisar la casa del camino del faro.

Mi madre seguía creyendo que aquella propiedad había sido una de esas oportunidades que aparecen cuando uno conoce a la gente adecuada.

Algún día le explicaría la verdad. Pero esa era una conversación para la que todavía no tenía fuerzas.

Si después de saberlo quería conservarla, sería decisión suya. Yo no pensaba volver a dormir un solo día más en un lugar que lo único que me provocaba era vergüenza.

—Ya sabía yo que ese caserón se te iba a quedar grande —comentó Lourdes mientras me acercaba a la ventana.

Ahí estaban los barcos y la vida portuaria. Tal como lo recordaba.

Los tripulantes de uno de ellos descargaban anchoa bajo el sirimiri. Cajas de un verde chillón que emergían de las bodegas y acababan en el vientre de un camión frigorífico.

Observaba la escena cuando la voz de Alberto me llamó desde la escalera.

—Jon. Aquí hay alguien que pregunta por ti. ¿Puedes bajar?

Cuando llegué al Muga, el tabernero señaló con un gesto hacia la puerta.

Estaba ahí, con sus brazos inflamados por los ejercicios de fuerza. Y también con su calva y su barba pelirroja. No llevaba el uniforme.

—Castaños —saludé, confundido.

—Oficial Castaños —me recordó él antes de tenderme la mano—. ¿Le importa que salgamos?

Se la estreché y lo seguí a la calle.

—Conste que no apruebo lo que hizo —dijo antes de encenderse un cigarrillo—.

Es usted médico, no policía, y se puso en peligro de manera irresponsable.

Pero de bien nacido es ser agradecido y…

Vaya, que… No quiero decir con esto que sin su ayuda no hubiéramos acabado llegando a la misma resolución, aunque…

La sonrisa me brotó sincera, igual que la palmada que le di en el brazo.

—Gracias, oficial.

El policía asintió, aliviado. Acababa de quitarse un peso de encima.

Dio una larga calada con la mirada perdida.

—Nerea actuó sola, movida por el rencor. Una venganza que llevaba mucho tiempo dormida y que, al parecer, fue su llegada la que volvió a poner en marcha. Cuatro crímenes, que debían haber sido cinco con el suyo, doctor. Tiene suerte de poder contarlo.

Así que era eso. Quería compartir conmigo sus avances. O quizá sintiera que me debía alguna explicación.

—Lo tuvo fácil para acceder a las llaves de dos de los domicilios —continuó—. Solo tuvo que buscar en el bolso de su compañera, la de la limpieza, y salir a una ferretería a copiarlas. El juez Rábago fue la víctima más sencilla. Un hombre mayor, solo, sentado en su butaca…

No hacía falta que dijera más. Sabía perfectamente cómo continuaba. Lo había visto con mis propios ojos. Y lo peor era que probablemente ese hombre se hubiera limitado a impartir justicia en base a una defensa tramposa liderada por mi propio padre.

—¿A Aresti también pretendía matarlo en casa? —pregunté. Estaba seguro de que era Nerea quien recitaba aquella oración sarda camino a su casa-torre.

Castaños asintió.

—Su plan consistía en sorprenderlo en la cama. Era muy temprano. Pero su aparición, doctor, cambió sus planes. Le regaló usted a ese hombre cuatro días de vida. Por desgracia, el paseo del empresario hasta el calvario antes de la regata le ofreció a la asesina un escenario favorable.

—Y una puesta en escena que hubiera firmado el propio Hitchcock.

El oficial continuó desgranando algunos pormenores del caso.

Nerea había entrado en el domicilio de Aresti para eliminar cualquier documento que relacionara a su familia con él.

Papeles antiguos, resoluciones judiciales, rastros de aquel pleito que terminó arrebatándoles la casa y que tenía que evitar a toda costa que llegara a mis manos.

—Y trató en lo posible de hacerlo mirar hacia otro lado cuando se dio cuenta de que se estaba acercando. Especialmente cuando regresó de Cerdeña con el nombre y la historia de una mujer a la que ella conocía demasiado bien.

—Grazia Serra —suspiré.

Castaños apuró el cigarrillo.

—Usted ha sido su verdadero dolor de cabeza, doctor. Y me temo que lo va a seguir siendo, porque le espera una buena temporada entre rejas. Quizá toda una vida.

Sua llegó corriendo desde el interior del Muga. Ladrando al oficial. Mostrándole los dientes.

—Ven aquí, anda. Pórtate bien —le dije rascándole detrás de las orejas.

—¿Piensa quedárselo? —preguntó el policía.

Me encogí de hombros.

—Me temo que es él quien lo ha decidido por mí.

Castaños soltó una risa seca.

—Dos cabezotas juntos. Era de esperar...

Haga el favor de no saltarse las normas también en esto.

Solicite formalmente la adopción. No me obligue a tener que pedirle los papeles.

—Se giró para marcharse, pero se detuvo antes de dar el primer paso—.

Gracias, doctor. Y disfrute de Lekeitio.

Espero que no tengamos que volver a vernos.

Después abrió el paraguas y se alejó muelle abajo.