Bajamar Capítulo 90
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Capítulo 90

Había pasado un mes desde mi mudanza al piso de Lourdes cuando mis remos empujaron el bote hacia el centro del estuario. Avanzaba en silencio, con una destreza que me sorprendió a mí mismo, fruto sin duda de tantas tardes de entrenamiento en la trainera.

Los últimos jirones de bruma se resistían a disiparse. Flotaban entre los carrizos y las ramas de unos árboles de ribera que la primavera había teñido de verde.

Sentada en la proa, Valeria sostenía la urna con los restos mortales de Grazia Serra.

Castaños y su equipo la habían encontrado durante la inspección de la vivienda que Nerea compartía con su madre en Ondarroa, el mismo piso del que su padre había salido una mañana para arrojarse al Lea con una mochila cargada de piedras y vergüenza.

La guardaban allí por si algún día alguien llegaba desde Cerdeña preguntando por ella.

Era un recipiente sencillo, de acero inoxidable y sin nombres grabados. Una oda al anonimato que había caracterizado la existencia de una mujer que se había visto obligada a silenciar su vida cuando todavía era demasiado joven.

En un momento dado Valeria me indicó que dejara de remar. Alzó la mirada hacia el palacio de Zubieta, desde cuyas ventanas su tía abuela decía ver el río cada mañana, y abrió la urna.

— Va’ in pace, zia —murmuró, dejando que el viento dispersara las cenizas sobre las marismas.

Quería esparcir parte de ellas en Lekeitio, el lugar que había visto renacer a Grazia. El resto regresaría a Cerdeña para reposar en el panteón familiar.

Planeaba celebrar en Ottana un funeral y un acto de desagravio, al que insistía en invitarme. De no haber sido por mí, defendía, jamás la hubieran encontrado.

Vi volar en libertad las cenizas, que danzaron con la bruma y se fundieron en un abrazo eterno con las aguas del Lea.

Grazia Serra, la acabadora, había cumplido el paradigma de la longevidad sarda y había fallecido bien entrado el siglo XXI .

Para los pocos que la conocieron, fue siempre Gracia Valcarce, la leonesa.

Una muchacha llegada a finales de los años cincuenta desde alguna aldea pobre de los Ancares para servir en el palacio de Zubieta.

Eso decía la historia que habían construido para ella.

Eso repitieron quienes la protegieron. Y eso acabó siendo verdad para todos los demás.

Ni siquiera el parte de defunción mencionaba su origen italiano.

La familia de Nerea la había ayudado a enterrar su verdadera identidad hasta el último día.

En el registro constaba apenas lo imprescindible: Gracia Valcarce, de padres desconocidos, natural de lugar no acreditado, fallecida a la edad aproximada de noventa años.

Nada más.

Una vida sin dejar rastro, una muerte sin hacer ruido.

Tras unos minutos en los que solo un mirlo se atrevió a romper el silencio, Valeria se volvió hacia mí.

—¿Y tú, Jon? ¿Cómo estás? Te veo mejor. Más descansado.

—Las aguas van volviendo a su cauce —reconocí—. He recuperado a la mayoría de mis pacientes y ya no me caben en casa más cajas de bombones. Podrías llevarte alguna de recuerdo. Mira, tengo hasta algún paquete de mingorris. ¿Quieres llevárselos al cura de tu pueblo?

Se rio.

—Don Matteo… Creo que se le atragantaría viniendo de ti.

Y más cuando le pida una misa para despedir a la tía Grazia.

—Su tono trató de seguir siendo jocoso, pero su gesto la traicionó—.

Así que estás a gusto aquí… Y yo que pensaba proponerte que te mudaras a Cagliari.

Allí también escasean los médicos. Te recibirían con los brazos abiertos.

Comprendí que su propuesta era sincera. Me estaba invitando a subirme al ferry y marcharme a Cerdeña con ella.

—¿Cómo iba a atender a los pacientes con mi pobre italiano?

—¿Pobre? Ya quisieran muchos de mis vecinos hablarlo tan bien como tú. Y a un médico joven y guapo se le perdona todo.

Esta vez fui yo quien se rio. La verdad es que aquello sonaba bien. Sobre todo la posibilidad de estar con ella. Pero necesitaba parar, darle a Lekeitio la oportunidad de convertirse en algo más que un refugio provisional.

—De momento mi casa está aquí. Me vine desde Madrid para empezar de nuevo y no he tenido tiempo de hacerlo. Quiero intentarlo.

—Claro. Te entiendo.

Su mirada decía otra cosa. Aquellos ojos tan intensos no sabían esconder la decepción.

Mientras hablábamos, la corriente del Lea nos fue empujando hacia la desembocadura. Despacio, casi sin que nos diéramos cuenta.

Goiko alzó la mano cuando pasamos junto a su astillero. Era él quien nos había prestado el bote, una embarcación rudimentaria con la que había ensayado antes de atreverse con la trainera en la que llevaba años trabajando.

Le devolví el saludo y el viejo patrón regresó a sus quehaceres. Sua estaba con él. Había preferido quedarse en tierra firme antes que embarcarse.

El río continuó llevándonos hacia el mar y, tras navegar bajo el puente, la playa se abrió ante nosotros.

—La isla que mencionaba Grazia en sus cartas —observó Valeria.

Ahí estaba, sí. San Nicolás, Garraitz, la roca de fuego… El malecón la unía a la playa, que la bajamar había dejado desnuda.

Reconocí la figura que deambulaba por el arenal.

—¿Has visto quién está ahí?

—¿Es Luca? —Valeria forzó la vista. El largo bastón del detector de metales era inconfundible—. ¿Sigue buscando su tesoro?

—Ahí sigue. Y nos hemos hecho amigos. O algo parecido. Solo le faltan esos cuadrantes de allí por explorar. Después comenzará de nuevo.

—¿Crees que encontrará algo?

—No creo que las monedas estén en la playa. No aparecieron durante el registro a la casa de Nerea, pero si su padre las escondió se aseguraría de explicarles dónde estaban. Ella o su madre las recuperarían. Las venderían o las tendrán por ahí ocultas.

—¿Y hasta cuándo pensará seguir buscándolas?

Lo vi agacharse a recoger algo. Lo estudió de cerca y después lo arrojó al mar. Lejos, con fuerza, como quien se deshace de un mal recuerdo.

—No se detendrá. Esa búsqueda da sentido a su vida.

El día que no le queden tesoros que perseguir, ¿qué le quedará?

¿Sentarse en un banco a ver pasar las horas?

—Pensé en Goiko y su trainera. Su trabajo metódico, sin apresurarse, a sabiendas de que concluir la restauración marcaría el comienzo del fin—.

Sin ilusiones, sin sueños que nos muevan, la vida pierde todo su sentido.

Los ojos negros de Valeria me observaban con una mezcla de ternura y tristeza.

—Ojalá algún día tus sueños y los míos coincidan.

No respondí de inmediato. Dejé los remos a un lado y me acerqué a ella.

—También podemos empezar por algo más pequeño —dije apoyándole una mano en la mejilla—. Hoy estamos aquí. En unas semanas estaremos juntos en Ottana. Y después ya se verá. Sé que quiero estar contigo y que voy a hacer lo posible para que pueda ser así.

Valeria esbozó una sonrisa y después me besó.

El bote encalló en la arena. Las aguas someras del Lea nos mecieron despacio.

—Creo que todavía no conoces el palacio de Zubieta —susurró Valeria, sin apartarse del todo.

Negué con la cabeza.

—No he tenido ocasión.

—Pues ya va siendo hora. —Su mirada no dejaba demasiado margen a la duda—. Tengo una habitación esperándonos.

Me reí contra su boca. Después volví a besarla y regresé a los remos. El camino hasta el hotel se me iba a hacer muy largo.