Capítulo 88
Tenía que estar en aquel mueble.
No lo había comprobado todavía, pero solo podía estar en él porque allí estaba todo.
Un cajón de sastre al que iban a parar todos esos papeles que certifican una vida y que una vez guardados jamás vuelven a consultarse.
Desde recibos con membrete de bancos que ya no existen hasta algún que otro catálogo de Ikea con los precios aún en pesetas.
Sí, tenía que estar ahí. Como todo. Pero la sola idea de enfrentarme a la verdad me aterraba.
—¿Cómo vas, Lola? —pregunté asomándome a las escaleras.
Me contestó un ladrido desde el desván. Sua la había acompañado.
—¡Voy! ¿Puedo llevarme también una de estas boyas de cristal?
Me reí. La genética debía de haberla escogido a ella para perpetuar la pasión de mis padres por aquellos cachivaches inútiles. Había subido a escoger una de las miniaturas de faros. Un recuerdo de Lekeitio para poner en su cuarto.
—Coge todo lo que quieras.
Mi mirada regresó al mueble del televisor.
Me mordí el labio. No podía seguir retrasándolo. Era probable que aquello doliera, pero no estaba dispuesto a fingir que no existía.
Abrí el primer cajón y aparté las facturas de electricidad, agua y otros suministros que mis padres guardaban desde la noche de los tiempos. Enterrada bajo todos aquellos papeles y en un sobre grande de color salmón, dormía la escritura de propiedad. Nunca se me había ocurrido leerla. ¿Para qué?
La primera página bastó para confirmar mis temores. No habíamos comprado la casa del camino del faro. No había compraventa, ni préstamo, ni rastro alguno del esfuerzo económico que siempre di por hecho. El documento que sostenían mis manos era una escritura de donación.
Volví al encabezado, como si una segunda lectura pudiera alterar las palabras. Pero no. Allí estaban los nombres, impresos con la frialdad propia de la tinta notarial. El donante figuraba con toda claridad:
José Ignacio Aresti
Tragué saliva. Parpadeé una vez, dos, intentando convencerme de que tenía que haber una explicación que no fuera el palacio de Zubieta.
Pero no la había. Claro que no. La única posible era que mi padre se hubiera dejado sobornar por el constructor para traicionar a su cliente. Para condenar a Nerea y su familia.
La vergüenza y la rabia me quemaban la garganta.
Él y su sentido del honor, de la honradez y de la justicia. Nos había educado a mi hermana y a mí sin separarse jamás de esos conceptos. Se le llenaba la boca con ellos en cualquier situación, ya fuera en el colegio o en una competición deportiva.
Lo recordé en la montaña, cuando me repetía que no buscara el camino fácil, que no había atajo sin trabajo. O en las tardes de regatas, cuando la trainera de Lekeitio perdía y él me hablaba de la nobleza de saber perder y de la vergüenza de ganar haciendo trampas.
Y de pronto todo eso se hacía añicos, como el reflejo de un espejo roto.
Miré a mi alrededor. Aquella casa —mi casa— era el fruto de un engaño.
De una traición. La misma en la que habían participado un arquitecto municipal y una concejala al servicio de un empresario sin escrúpulos que había comprado su dignidad.
El juez Rábago pudo ser parte de aquello o quizá se había limitado a dictar una sentencia que creyó justa.
Estaba tan absorto en la escritura de propiedad que no oí bajar a Lola.
—Ya estoy. Me llevo dos boyas y un faro. El del cabo Home. Creo que es de Galicia.
—¿No te caben más en la maleta? —bromeé. No me molestaban allí arriba, pero me hacía gracia la idea de inundarle a mi hermana la casa de esos enredos con olor a mar.
—Cuando vuelva en verano me llevaré alguno más. Para que los tengas en un triste desván, mejor estarán en Madrid.
Eché un vistazo al reloj y cogí las llaves del coche.
—Venga, que a este paso perderás el vuelo.
El coche nos esperaba junto a la puerta. La bicicleta estaba ya en el maletero. Desmontada y envuelta en su funda de viaje. Solo faltábamos nosotros.
—Voy a echar de menos esto —admitió mi sobrina recorriendo el mar con una mirada que acabó posándose en el faro de Santa Catalina.
El cielo rojizo del crepúsculo lo envolvía todo en una atmósfera que hubiera hecho las delicias de los cazadores de likes en Instagram. Un mundo perfecto de no haber sido por esa escritura que me había abierto una vía de agua en pleno corazón.
Sua se acercó a Lola en busca de caricias. No se separaba de ella. Era consciente de que se marchaba.
—¿Qué vas a hacer con él? —Mi sobrina lo abrazó y alzó la mirada hacia mí—. Porque tú necesitas alguien que te cuide, tío. Y Sua ha demostrado que sabe hacerlo perfectamente.
Me los quedé mirando. Los dos ahí, observándome a la espera de una respuesta. Respiré hondo y cuando iba a abrir la boca para mascullar la enésima excusa, para decir que era un tipo muy ocupado, que no me veía capaz de cuidar de un perro, solo fui capaz de soltar un suspiro.
No tenía sentido seguir engañándome a mí mismo.
—Sua se queda conmigo. —Me agaché para ponerme a su altura—. Si quiere, claro.
El border collie agitó el rabo y corrió a colmarme de lametazos.
—Para ya… No seas pesado… ¡Que pares! ¿No ves que vas a tirarme?
Demasiado tarde. Para cuando quise darme cuenta, estaba en el suelo, a merced de su entusiasmo desmedido.
Cuando conseguí zafarme de él y ponerme en pie, fue Lola quien me abrazó. Estaba exultante. Saber que cuando regresara en verano Sua seguiría ahí fue la mejor noticia que podía recibir.
Su teléfono se ocupó de poner fin al abrazo.
—Es tu querida hermana. Querrá asegurarse de que no llegamos tarde al aeropuerto…
—Se rio mientras se lo llevaba a la oreja—.
Hola, mamá. Ya estamos de camino… ¿Qué…?
No puede ser… ¿De verdad? —El rostro de Lola se congeló en una mueca de dolor.
Tras unos instantes que se me hicieron eternos, se apartó el teléfono y me clavó unos ojos temblorosos—.
Lo han detenido, tío. Han encontrado a ese cabrón del coche negro.
Tuve que esperar a que colgara para conocer los detalles.
Esa mañana lo había vuelto a hacer. De nuevo en el puerto de Navafría y de nuevo dándose a la fuga tras provocar un accidente con ciclistas, esta vez sin consecuencias fatales.
Afortunadamente, su huida se había truncado solo dos curvas después, al salirse de la calzada e impactar contra el quitamiedos.
—Ha admitido que fue él. Dice mamá que tengo que ir mañana a la comisaría a ver si reconozco el coche. Te llamarán a ti también.
Asentí lentamente. Era una buena noticia. La mejor.
La imagen de Mónica regresó a mi mente. No la Mónica sin vida tendida en el asfalto, sino aquella desbordante de vitalidad con la que había compartido los mejores años que recordaba.
—Tío… —Lola me miró directamente a los ojos—.
Sé que te tortura lo que pasó aquel día.
Yo también echo muchísimo de menos a Sofía, pero no había nada que pudieras hacer.
Lo que viví en aquella carretera fue la demostración de amor más bonita que he visto en mi vida.
Ojalá algún día alguien me quiera tanto como tú a Mónica.
—El faro lanzó el primer destello de la noche.
Comenzaba así su rutina de luz y oscuridad, ajeno a todo cuanto ocurría junto a él—.
Quiero que sepas que estoy superorgullosa de ti.
Traté de contener las lágrimas, pero la luz del faro se volvió borrosa. Por primera vez en mucho tiempo me sentía en paz conmigo mismo.
Y, a pesar de todo, fui consciente de que todavía me quedaba algo por hacer.