Capítulo 87
—Eres un asesino, Jon. Los has matado tú. A todos.
—¿De qué hablas?
La mano derecha de Nerea emergió del impermeable. Sostenía algo que reconocí en el acto. Era el mazo de madera de olivo. El arma llegada de Cerdeña que había segado ya cuatro vidas en Lekeitio. La misma con la que había estado a punto de matarme aquel día, junto al salto de agua.
—Tu regreso ha sido su sentencia de muerte. Si no estuvieras aquí, nada de esto habría sucedido. Lea estaría viva. Y también Aresti, la Iturri y ese juez viejo.
Mientras hablaba, Nerea abrió de una patada la puerta del molino y pude ver a mi sobrina. Estaba amordazada y atada a una silla.
—¡Lola!
—¡Quieto! —ordenó mi compañera alzando el martillo—. Un solo paso más y acabo con ella. Ya has comprobado que sé hacerlo.
—Suéltala. Es solo una niña. No tiene la culpa de nada.
Nerea me observó con gesto burlón.
—Qué fácil ha sido traerla… Solo he tenido que contarle que había conseguido que nos pusieran en marcha el molino y que tú nos esperabas aquí. Pobrecilla. Tan crédula. Tan ingenua todavía.
Detrás de ella, Lola forcejeaba tratando de liberarse. Su mirada desvelaba un inmenso terror.
—Deja que se vaya —dije uniendo mis muñecas—. Cámbiala por mí.
Nerea me dedicó una mueca cargada de desdén.
—¿Sabes lo peor de todo? Sigues ahí plantado, sin pedirme perdón por el daño que me hiciste.
Siempre tan egoísta, Jon… El médico ilustre que llegó de Madrid para salvar nuestro pueblo…
Cuando supe que eras tú, pensé que lo primero que harías sería disculparte.
Que confesarías que sentías lo de mi padre y que te avergonzabas de lo que nos habíais hecho.
—¡Pero yo no sabía nada! ¿Por qué no me dijiste quién eras? Hemos compartido secretos cada mañana. ¿Tan difícil era explicarme lo que había pasado entre nuestras familias?
—Entre tú y yo, Jon —matizó Nerea—. Éramos amigos.
Y no me digas que no lo recuerdas. Jugábamos a piratas en el velero de mi familia, buscábamos cangrejos en la isla.
¿Y la cabaña en el árbol? Nos escondíamos allí a comer chocolate.
Era mi lugar secreto y te lo mostré. También eso me lo quitó tu padre.
Maldita sea la hora en que mi familia confió en él.
Sus palabras despertaron un recuerdo borroso. Los tres años que nos separaban bastaban para que su memoria fuera más nítida que la mía. Yo tendría ocho o nueve años; ella, doce, cuando ocurrió todo aquello.
—Yo no sabía nada, Nerea. ¡Era un niño!
Mi compañera desechó el argumento con una risita amarga.
—Fue tan decepcionante tu llegada… —continuó—.
Ni siquiera me reconociste al entrar en el ambulatorio.
Qué buen trabajo hicieron tu padre y sus amigos…
Reescribieron la historia y nos borraron por completo de ella.
¡El mío se suicidó por vuestra culpa! Y Lea y tú os beneficiasteis de ello.
Vuestras cómodas vidas llenas de viajes, de experiencias, de trabajos admirados…
están levantadas sobre el sufrimiento de mi familia.
Tragué saliva. Sua se había colado en el molino y tiraba con los dientes de las cuerdas que ataban a Lola.
—¿Y los demás? —pregunté. Tenía que seguir atrayendo su atención. Necesitaba ganar tiempo—. ¿Por qué los has matado?
—¿Los demás? —repitió Nerea—. Ya te he dicho que los has matado tú. Regresaste como si nada, convertido en el héroe que no eras. Tu aparición fue el recordatorio de que aquí nunca pasó nada. De que los que nos arruinaron podían volver, levantar la cabeza y seguir adelante.
Traté de abrir la boca, pero ella me lo impidió.
—¿Sabes qué aprendí de Grazia? Que cuando la naturaleza no hace su trabajo, alguien tiene que hacerlo. Este pueblo estaba enfermo. Una familia en la calle mientras otros brindaban con los bolsillos llenos. —Nerea simuló el golpe del martillo—. Alguien debía extirpar el mal. Por pura compasión.
—No es compasión, Nerea. Es venganza.
—¡Calla! —gritó, negando con la cabeza—.
Creísteis que era un plan perfecto. Y casi lo fue.
El padre de Lea animó a mi familia a reconvertir en hotel el palacio de Zubieta.
Él y esa concejala corrupta nos empujaron a endeudarnos con Aresti.
Cuando todo estaba listo, nos negaron la licencia.
El arquitecto recibió su recompensa, la concejala lanzó su carrera.
Y entonces entró en juego tu padre. Quien debía defendernos se convirtió en nuestro mayor enemigo.
Esa casa donde vives, Jon, fue el precio de una traición.
¿Qué se siente al dormir entre sus paredes?
—Lola es inocente. Deja que se marche.
Nerea sacudió la cabeza.
—Si la dejo vivir, nada de esto habrá servido. La sangre que corre por sus venas es la misma que destruyó a mi familia. Ella heredará la casa. También la culpa. Va a pagar por ello. Igual que tú.
De pronto una sombra salió del interior del molino.
Lola había logrado soltarse con la ayuda de Sua, pero todavía tenía las manos ligadas a la espalda con una brida.
Nerea reaccionó de inmediato y la derribó de un empujón.
Mi sobrina cayó al depósito de marea.
—¡Lola! —grité, lanzándome tras ella.
La corriente la arrastraba hacia la compuerta abierta. El agua almacenada por los diques escapaba con violencia hacia la cámara donde la turbina giraba a toda velocidad. La succión era brutal. Si no conseguía apartarla de allí, acabaría triturada en cuestión de segundos.
Alcancé a Lola por la chaqueta. La giré boca arriba y le arranqué la mordaza. Ella tosió con violencia y escupió agua. Apenas podía respirar.
La corriente seguía empujándonos hacia la abertura.
—Con los pies, Lola. ¡Dale con todas tus fuerzas!
La cogí entre mis brazos y me impulsé tan rápido como podía. Sentía la adrenalina latiendo en mi interior.
La voz de la asesina se alzó por encima del caos. No gritaba. Recitaba.
Sus palabras eran incomprensibles, pero tenían una cadencia extrañamente armoniosa, casi hipnótica, impropia de aquel momento.
Reconocí la cantinela.
La había oído antes. En boca de la lamia que merodeaba la casa-torre de Aresti. También aquella mañana, a orillas del Lea, cuando intentó matarme. Aquel idioma que entonces no supe identificar me resultaba ahora evidente.
Era sardo.
No era la dulce melodía de las dos amantes clandestinas de la cueva de Okamika. Se trataba de alguna vieja oración. La misma que Grazia debía de recitar antes de poner fin al sufrimiento de alguien.
Nuestras piernas golpeaban el agua con desesperación, pero la compuerta seguía acercándose. Faltaba muy poco para que nos devorara.
—Más rápido, Lola. ¡Mucho más rápido! ¡Es un sprint!
Sua nos ladraba desde el dique, pero sus ánimos de poco iban a servirnos contra la fuerza del agua.
Cerré los ojos para concentrarme en mis piernas. Las agité enloquecido.
Comenzamos a avanzar en diagonal, centímetro a centímetro, saliendo de la línea directa de la compuerta. No recordaba haber hecho nunca un esfuerzo semejante. Estaba al límite, pero conseguí arrastrar a Lola hasta el dique.
Reuní el último resto de fuerza y estiré el brazo.
Mis dedos rozaron la piedra.
Resbalé.
Volví a intentarlo.
Esta vez logré agarrarme al canto del muro y apoyar la mano con firmeza.
No fui consciente de que volvíamos a estar a merced de Nerea hasta que no descargó el mazo sobre mis dedos. Los oí crujir y creí morir de dolor. Grité con todas mis fuerzas mientras ella se preparaba para golpear de nuevo. Esta vez su objetivo era la cabeza de Lola.
—¡Nooo! —me oí chillar.
Sua salió de entre las sombras y se lanzó contra el brazo de la asesina. La dentellada la hizo aullar de dolor.
El mazo se le escapó de la mano, cayó al agua y acabó destrozado por la turbina.
Desarmada, Nerea nos dio la espalda y echó a correr por el dique.
Huía.
No llegó lejos.
—¡Alto! ¡Policía! —Itziar le cortó el paso. La apuntaba con su arma.
Compartir con ella mi ubicación para cuando recuperara la cobertura había sido una buena idea.
Nerea levantó las manos. Se rendía.
Sentí un alivio brutal mientras ayudaba a Lola a subir al muro.
—Ya está. Todo ha acabado —le susurré.
Me equivocaba.
La asesina se giró de repente y regresó hacia nosotros.
—¡Detente! —ordenó Itziar, disparando al aire.
No obedeció. En lugar de eso, se lanzó al agua y nadó hacia la compuerta.
Salté tras ella sin pensarlo. Lekeitio no podía permitirse una sola muerte más.
La corriente la arrastraba directa hacia la turbina. La plegaria sarda me llegaba entrecortada por el rugido del agua.
Nadé con todas mis fuerzas y logré atraparla por la pierna.
Su primera reacción fue tratar de soltarse, pero después se volvió hacia mí y se aferró a mi cuello.
—Moriremos juntos —escupió.
Forcejeé, tratando de zafarme, pero la succión nos arrastraba sin remedio. Cada brazada era inútil.
Comprendí que esta vez no habría vuelta atrás.
Estábamos demasiado cerca para evitarlo.
Sentí el tirón definitivo.
La turbina estaba ya ahí, al alcance de la mano.
Cerré los ojos. No quería ver cómo aquellos enormes dientes de hierro me destrozaban.
Me dije en un último aliento que al menos había logrado salvar la vida de Lola.
Y entonces, de repente, el agua dejó de empujar.
El rugido cesó en seco.
Me costó unos segundos comprenderlo. Nerea también me observaba con desconcierto.
Alguien había cerrado la compuerta.
Alcé la vista hacia el molino y vi a Itziar y a Lola en la ventana. Sua estaba entre ellas y supe que, de algún modo, él también sonreía.