Capítulo 86
El aguacero había arreciado. Era apenas mediodía, pero la costa vasca parecía sumida en plena noche. Los escasos cuatro o cinco pasos que separaban mi casa del coche bastaron para que me empapara de la cabeza a los pies.
Me dejé caer en el asiento del conductor. Sua trepó al del copiloto.
—Vamos a salvarla —le aseguré arrancando el motor. En realidad, necesitaba oírlo yo.
Conduje a toda velocidad por la carretera del faro.
Los limpiaparabrisas barrían el cristal con furia y, aun así, apenas distinguía lo que tenía delante.
Las calles de Lekeitio me brindaron una leve tregua, pero la lluvia recuperó su intensidad al llegar a la playa.
El viento llegaba del mar, racheado, y me obligaba a coger el volante con firmeza para no perder el rumbo.
Antes de dejar el coche en el puente sobre el Lea, llamé a Itziar. Tenía que decirle a dónde iba.
Solté una maldición cuando una locución me informó de que su teléfono estaba fuera de cobertura. Probé con Castaños. Sabía que me abroncaría por no haber obedecido su orden; por salir de casa e ir tras mi sobrina, pero daba igual. Tenía que avisarlo.
Con él tampoco hubo suerte. La línea comunicaba.
—¡Joder! —grité aferrado al volante.
No perdí más tiempo. Salí disparado hacia el sendero. El astillero de Goiko se veía desierto. El resto del mundo, también.
La lluvia no amedrentó a Sua. Avanzaba a buen ritmo por la senda que tantas jornadas había recorrido con Lea. Yo lo seguía a duras penas. La visibilidad era mínima. Esta vez no era la niebla, como la mañana en que comenzó todo, sino una cortina implacable de agua.
Apenas se distinguían unos metros por delante. El paisaje se desdibujaba bajo el enésimo temporal de un inicio de año que las agencias meteorológicas calificaban como el peor desde que había registros.
El lodo del camino me hizo resbalar varias veces. Cada vez que caía, Sua retrocedía en mi busca y no retomaba la carrera hasta comprobar que me encontraba bien.
Tenía ganas de llorar de impotencia, pero la rabia me hervía en la sangre. Estaba dispuesto a lo que hiciera falta para salvar a Lola.
La bajamar se hacía notar. El cauce del Lea se había retirado hacia el centro del estuario y solo los diques del molino retenían una amplia lámina de agua junto a la senda.
No había nada más que la lluvia golpeando el estanque de marea y mi propia respiración desbocada. Nada. Ni el aroma de los eucaliptos ni las notas marinas del salitre.
Sua no se detuvo hasta llegar al arranque de uno de aquellos muros de contención. Apenas un par de segundos. Los suficientes para olfatearlo y adentrarse en el dique siguiendo el rastro de Lola.
Fui incapaz de no sentir una punzada de dolor al recordar a mi sobrina en aquel mismo escenario, grabándose feliz mientras corría entre dos aguas. Habían pasado dos días. Solo dos. Y, sin embargo, parecía haber una vida entera entre entonces y ahora.
El edificio del molino fue tomando forma a medida que avanzaba, varado en medio de aquel mundo de lodo y agua, castigado por la lluvia y el viento que barría las marismas.
Sua se paró unos metros antes de alcanzar la construcción y rompió a ladrar en posición de alerta.
Entonces lo vi.
Un bulto oscuro aguardaba junto a la puerta.
Era Nerea.
La capa impermeable le cubría el cuerpo entero. Solo el rostro y algunos mechones empapados asomaban bajo la capucha. El agua le resbalaba por la barbilla.
Mi compañera me hizo un gesto para que me mantuviera en silencio. Después señaló la misma ventana a la que Lola se había asomado dos días atrás.
—¿Dónde está? —pregunté sin perder un instante.
—Están justo aquí. Dentro —dijo bajando la voz—. Asómate con cuidado. Cristina nos da la espalda.
Negué con la cabeza, incapaz de abrir la boca.
—Vamos. Tienes que hacer algo, rápido. Está atada —apremió.
El estruendo de la compuerta abierta se imponía a sus palabras. El agua embalsada buscaba el mar por la abertura del dique y la turbina giraba con violencia bajo el molino.
Me quedé inmóvil. La garra que me oprimía la garganta me impedía hablar. Pasaron unos segundos eternos.
—Basta ya, Nerea. —Me sorprendió mi propio torrente de voz. Sonaba con un aplomo que no sentía—. No voy a caer en tu trampa. Devuélveme a Lola y dejaré que te marches. La policía viene de camino.
La expresión de su rostro se congeló en seco. No contaba con eso.
—¿Qué dices? —preguntó desconcertada—. Es Cristina, Jon. ¡Cristina! Está ahí. Tienes que entrar y salvar a tu sobrina.
Di un paso hacia ella.
—No, Nerea. La asesina eres tú. Nos has engañado a todos, pero ahora ya sé la verdad.