Capítulo 85
Se la había llevado.
No habría hecho falta fuerza. Lola la conocía. Yo mismo se la había presentado en el ambulatorio días atrás. Sabía que se trataba de alguien en quien yo confiaba.
Me dejé caer al suelo, con la espalda apoyada junto a la bicicleta, y abracé a Sua. Tenía que pensar. Deprisa, pero con frialdad.
No podía repetir el error de aquella maldita carretera de la sierra de Guadarrama.
La vida de mi sobrina estaba en juego y no me iba a equivocar.
—Castaños —mascullé.
Sí, lo primero era avisar a la Ertzaintza. Solo ellos podían poner en marcha un gran dispositivo de búsqueda.
Cogí el teléfono y llamé al oficial. Confiaba en que Itziar hubiera tenido tiempo de ponerlo al corriente de mis avances y en que todo resultara sencillo.
No fue así.
—¿Ha decidido confesar? —me saludó su voz tras solo dos tonos.
Apreté los dientes. No lo soportaba.
—Se ha llevado a mi sobrina.
Castaños guardó silencio.
—¿De quién me está hablando?
—De ella. De la asesina.
Otro silencio. Más largo.
Entendí que no sabía nada. Itziar todavía no le había llamado.
Respiré hondo y empecé otra vez. Desde el principio, añadiendo el hallazgo de la bicicleta, el mingorri y la ausencia de Lola.
—Todo esto es culpa suya —me acusó Castaños—. Si no se hubiera inmiscuido en una investigación criminal, hoy su sobrina…
—Oficial —lo interrumpí, incapaz de contener la rabia un segundo más—, cállese y haga su trabajo de una maldita vez.
Mis palabras lo dejaron fuera de juego. No se las esperaba.
—Ni se le ocurra moverse de casa —ordenó tras un incómodo silencio—. Déjenos esto a nosotros.
La siguiente llamada que hice fue a la inspectora. La Policía Local de Lekeitio también tenía que ponerse en marcha.
—La tiene, Itziar. Mi sobrina se ha ido con ella.
Una interferencia se coló en la conversación.
—¿Cómo dices? ¿A quién tiene?
—A mi sobrina. ¡A Lola!
El auricular seguía crujiendo.
—¿A quién? Habla más despacio que no te entiendo. Voy por la carretera de la costa y la cobertura va y viene.
Se lo repetí una vez más.
—¿Has probado a llamarla? —me preguntó cuando por fin me entendió—. Lola no es su objetivo, Jon. Eres tú. Tu sobrina es solo el cebo con el que atraerte a su telaraña. Llámala, intenta averiguar dónde se encuentra y cuéntamelo. No acudas en ningún caso. ¿Me oyes? ¿Lo harás?
Los crujidos en la línea regresaron con intensidad, pero había tenido suficiente. Colgué y me llevé las manos a la cara.
—¡Jodeeer! —grité con todas mis fuerzas.
Sua se sumó a mi desesperación con un aullido.
La policía estaba alertada. Ya solo quedaba contactar con quien se había llevado a Lola.
Tragué saliva y activé el teléfono una vez más.
Todavía no había abierto la lista de contactos cuando la pantalla mostró una llamada entrante.
Era Nerea.
—Dime —saludé sin ceremonias.
—¡Jon! ¡Deprisa! Sé dónde está Cristina. Tiene a tu sobrina —exclamó atropelladamente—. Las he seguido. Ven sin hacer ruido. Solo. Juntos la liberaremos.
—¿Dónde están? —logré preguntar a pesar de la rabia que me oprimía la garganta.
Los graznidos quejosos de una gaviota se adelantaron a las palabras de mi compañera, que sonaron tan claras como concisas.
—Están en el molino de marea.