Bajamar Capítulo 84
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Capítulo 84

Cuando detuve el coche frente a mi casa, la multa todavía estaba en el limpiaparabrisas.

Me daban igual tanto el maldito papel como la bronca monumental que me había echado el policía.

Mi mundo entero gritaba de rabia y de dolor.

¿Cómo había estado tan ciego? La había tenido a mi lado desde el primer día. Le había expuesto en bandeja mis avances y le había ofrecido una alfombra roja para que pudiera matarme. O al menos intentarlo.

Y ahora, ¿qué? Era ella quien había sembrado de muerte Lekeitio. Ya no tenía ninguna duda.

—¿Lola? —llamé abriendo la puerta.

El único que corrió a recibirme fue Sua. Mi sobrina no había regresado aún.

No me sorprendió. Lo extraño hubiera sido lo contrario. Apenas habían pasado un par de horas de su marcha. Pero el cielo, antes tan azul, había comenzado a cubrirse de nubes cada vez más compactas. No tardaría en llover.

Le acaricié el lomo a Sua y le revolví el pelo del cuello. Estaba inquieto. Me buscaba una y otra vez.

—Espera. Ahora te hago caso —le dije mientras marcaba el número de Itziar. Se lo debía. Tenía que saberlo antes que nadie.

Había llegado el momento de apartarme. Mi camino terminaba allí. No era policía. No podía presentarme en el domicilio de la asesina y ponerle unas esposas en las muñecas. Eso les correspondía a otros.

En cuanto respondió, se lo conté todo. Desde el motivo que se ocultaba tras los crímenes hasta el vínculo de mi propio padre con aquella familia.

Ella apenas me interrumpió; se limitó a mascullar alguna que otra maldición.

Solo tomó la palabra cuando terminé.

—Quédate en casa y no hagas más tonterías.

¿Me oyes? Te mandaré a alguien para que te proteja.

Tu padre fue su abogado, Jon. El abogado que no logró salvarlos.

Para alguien como ella, eso es suficiente.

Va a por ti. Yo me encargo de localizar a Castaños para explicárselo.

Tú cierra a cal y canto y no te muevas de ahí.

Sus últimas palabras llegaron acompañadas del batir de los postigos. El viento sur había rolado a noroeste y la anunciada lluvia comenzaba a caer sobre la costa vasca.

Cogí un impermeable y marqué el número de mi sobrina. Iría a recogerla. Que no diera una sola pedalada en esas condiciones.

—Joder… —murmuré mientras el auricular repetía los tonos de llamada.

Ella también estaba en peligro. Al fin y al cabo, era la nieta del abogado que no había logrado frenar el embargo del palacio.

Seguí marcando su número, una y otra vez, mientras Sua brincaba nervioso a mi alrededor.

—¿Qué te pasa? —pregunté agachándome a su lado.

Ladró con la mirada fija en la puerta de la cochera. Un ladrido angustioso, que alternaba con un grave gruñido.

¿Qué trataba de decirme?

Me acerqué, la abrí y encendí la luz.

De pronto, el mundo se detuvo.

¿Qué hacía ahí la bicicleta de Lola?

Fruncí el ceño y corrí al dormitorio. La cama estaba vacía.

—¿Lola? —grité mientras subía las escaleras de dos en dos.

Arriba tampoco encontré rastro de ella.

Una sensación de vértigo me sacudió con saña.

Volví junto a la bici, apoyé la mano en el sillín y algo pegajoso me obligó a retirarla al instante.

Giré la palma hacia mí y sentí que me quedaba sin aire.

Era un mingorri.