Capítulo 83
Lourdes no me cogía el teléfono. Su hijo, tampoco.
Si quería hablar con ella, tendría que pasar por el Muga.
Crucé el puente sobre el Lea y me adentré en el casco antiguo hasta detener el coche frente al bar. Algunos clientes de la pescadería de Mila, instalada unos metros más allá, se giraron al verme. Del puesto de Lourdes no había ni rastro. Y ya era el tercer día consecutivo.
Alberto conversaba con un par de habituales cuando entré.
—Acabo de ver que me has llamado —dijo, mostrándome el móvil.
—Te van a multar —me advirtió la clienta del pelo morado desde el taburete del fondo.
—Sí. Ahí no lo dejes ni un minuto o te cascarán doscientos euros —añadió un anciano al que no recordaba haber visto antes.
—A algunos les sobra la pasta —masculló Jokin desde un segundo plano. Leía, o fingía leer, el periódico.
No les presté atención. Me dirigí a Alberto sin rodeos.
—¿Y tu madre?
—Sigue pocha. ¿Café? —ofreció estirando la mano hacia las tazas.
—No. Venía a ver a Lourdes. Hoy tampoco ha abierto la pescadería.
—¿A verla? —preguntó el tabernero antes de negar ostensiblemente—. Qué va. Le he preguntado esta mañana si quiere que le eches un vistazo y dice que no va a molestar a nadie por un catarro tonto.
—Dile que quiero preguntarle por la foto de ayer.
—No va a servir esa excusa. Que es muy cabezota, ya lo sabes.
Me apoyé en la barra para acercarme a él. Bajé la voz.
—No se trata de ninguna excusa. Es importante. Y urgente.
Alberto puso cara de circunstancias.
—A ver qué dice. No le hará ninguna gracia que la veas sin arreglarse —me advirtió dirigiéndose a las escaleras.
Dos de las clientas de Mila asomaron la cabeza por la puerta.
—¿Qué le ha pasado a Lourdes? —preguntó una de ellas.
—Es un catarro sin más. No seáis tan cotillas —soltó Jokin, sin apartar la vista del periódico.
Las mujeres clavaron en mí una mirada cargada de recelo.
—¿Seguro? Entonces, ¿por qué ha venido el doctor a toda prisa?
Me obligué a dibujar una sonrisa tranquilizadora.
—No se preocupen. Lourdes está bien. —O eso quería creer.
Aún permanecieron allí unos segundos, esperando que alguien añadiera algo más. Cuando quedó claro que no habría más explicaciones, se dieron media vuelta y desaparecieron por donde habían llegado.
Apenas se habían marchado cuando la del pelo morado hizo un gesto hacia la puerta.
—Mira. Ya está ahí ese.
—A pagar —se mofó Jokin.
Era un policía local, uno de los compañeros de Itziar. Me estaba poniendo una multa.
—Ya me voy —dije saliendo apresuradamente.
El agente negó con un gesto y continuó rellenando sus papeles.
—En el muelle no se puede estacionar.
Alberto regresó en ese momento.
—Dice que subas.
Me giré hacia el policía y junté el índice con el pulgar.
—Solo un minuto.
—No. Retire ahora mismo el… ¡Oiga!
Subí las escaleras de dos en dos, con sus advertencias aferradas a mis talones.
La pescadera me esperaba en la puerta de su vivienda.
—¿Qué pasa ahí abajo? ¿A qué viene tanto escándalo?
—¡Lourdes! ¿Cómo estás?
—Bien, hijo. La gripe de cada invierno. Nada serio. —Se detuvo y me observó desconfiada—. ¿Te ha llamado Alberto? Mira que le he dicho que te dejara tranquilo.
—No. No ha sido él. Pero déjame echarte un vistazo, anda. No me cuesta nada.
Apoyé la mano en su frente. Tenía fiebre, aunque nada preocupante. La voz le salía ajada, como si se hubiera pasado con la ginebra, y sin maquillaje parecía más mayor. El pelo enmarañado tampoco ayudaba.
Completé el rápido reconocimiento apoyando el oído en su espalda y pidiéndole que respirara hondo. La auscultación era limpia.
—Nada grave, Lourdes. Bebe mucho líquido y no descuides la vitamina C. En un par de días estarás dando guerra otra vez.
—Eso ya lo sabía yo. ¿Ves como no era necesario andar molestándote?
—Tú nunca molestas, Lourdes. —Hice una pausa para cambiar de tema—. Oye, necesito identificar a la familia de la foto. Mi madre dice que eran los dueños de Zubieta.
—Y dice bien. Eran clientes de tu padre.
Les llevó el caso del embargo del palacio, pero no hubo suerte.
Lo perdieron. La foto es de aquel verano.
Fue el último año que os quedasteis en mi casa.
Después os mudasteis a la carretera del faro.
—Lourdes hizo una pausa para toser—. Llámame malpensada, pero creo que si esta foto se quedó aquí es porque tu padre no quiso llevársela.
Le traería malos recuerdos. Debió de ser muy triste para él perder aquel caso porque os habíais hecho amigos de esa gente.
—Necesito ponerles cara en la actualidad. ¿Quiénes son?
—Gerardo falleció. —La pescadera bajó la voz como quien explica algo prohibido—.
Apareció en el río con una mochila llena de piedras.
Goiko lo encontró. Igual que a la Iturri, qué mala suerte tiene.
Y a la madre hace años que no la veo. Se mudaron a Ondarroa.
Allí siempre ha habido pisos más baratos.
—¡Jon! —Era la voz de Alberto. Llegaba a la carrera por las escaleras—. ¡Tienes que mover el coche! Ese poli está llamando a la grúa.
—¿Y la niña? ¿No recuerdas su nombre?
Lourdes me miró incrédula.
—Pero, hijo. ¡Trabaja contigo!