Capítulo 82
El teléfono no paraba de sonar. Mi madre podía ser muy insistente, pero tantas llamadas seguidas no era algo habitual.
Quizá se le hubiera complicado la covid.
Detuve el coche en el arcén y contesté, todavía con el olor a muerte aferrado a las fosas nasales.
—Hola, mamá. ¿Qué pasa?
—¡Ya era hora! Me tenías preocupada. ¿Por qué no cogías?
Apreté con fuerza el volante para no responder la primera barbaridad que se me pasara por la cabeza.
¿Porque acababa de descubrir un cadáver medio momificado? ¿Porque estaba huyendo de la casa de un juez al que habían matado de un mazazo en la cabeza? ¿Porque…?
No, mejor callar. Cualquier cosa que dijera solo podría empeorarlo todo.
—Qué bonita la foto que me has enviado. Me ha hecho llorar recordando los buenos tiempos.
Así que era eso. No se trataba de nada urgente. Seis llamadas seguidas para hablar de recuerdos… Mi madre acababa de batir su propio récord.
—No pretendía ponerte triste —dije activando el manos libres y reiniciando la marcha. Quería llegar a casa antes que Lola. No me sentía seguro dejándola sola allí. Ni siquiera a plena luz del día.
—Ya lo sé, hijo. Ya lo sé. Pero ver a tu padre tan joven me ha despertado la nostalgia. ¡Qué contento estaba ese día! Le gustaba tanto el mar… Es la sangre vasca. Por mucho que su familia llevara generaciones en Madrid, a él le corría el Cantábrico por las venas. Igual que a ti.
Me mordí el labio al recordar mi última tarde de remo. Ojalá fuera más evidente esa sangre marinera de la que hablaba.
—Estarás contento de tener a Lola por allí —continuó ella—. Está triste todavía. Lo de su amiga la ha afectado mucho. Pasar unos días contigo le estará viniendo muy bien.
—Menuda sorpresa me dieron cuando entré en casa y las encontré allí —reconocí sin reducir la velocidad—. Y tú, ¿qué tal te encuentras? Te oigo más fuerte.
—No creas. Menuda paliza me está dando. Me cuesta hasta levantarme de la cama. No sé yo cómo acabará esto…
—Toma paracetamol. Y mucha agua.
—¡Ya lo hago! Y tú haz el favor de no saltarte comidas. Me tienes muy preocupada.
Me agotaba esa cantinela. Llevaba oyéndola desde que tenía uso de razón. A mi madre, a mis tías, a mi abuela… Y cuando pensaba que en Lekeitio la perdería de vista, Lourdes se aliaba con ellas para recordármela un día sí y otro también.
—¡Ya está bien, mamá!
—¿Y las ojeras que gastas? El otro día era tu cumpleaños y no quise decirte nada, pero se te ve cansado. Tienes que cuidarte más.
Abrí la boca con intención de seguir protestando, pero no me dio tiempo.
—Qué mal lo pasó esa gente… De tenerlo todo a quedarse sin nada —lamentó cambiando radicalmente de tema.
Odiaba cuando hacía eso, pero era una constante en las conversaciones con mi madre.
—¿De quién hablas?
—Los de la foto… El barquito era de ellos. Eran clientes de tu padre. Una familia muy maja. ¿Sabes el palacio que hay a la orilla del río? El que ahora es un hotel.
—¿Zubieta? —pregunté deteniendo el coche en seco.
—Ese. Ya ves qué maravilla de lugar. Pues era de ellos.
Pobres… No sé quién los enredó, pero se metieron en una obra faraónica.
Fueron ellos quienes hicieron toda la reforma para convertirlo en hotel.
Y resultó que no tenían permiso. Según defendían, el ayuntamiento les había dado el visto bueno, pero a la hora de la verdad no había licencia.
Un lío, vaya. Y de los gordos. Se arruinaron. Les quitaron todo.
Me costó articular palabra.
—¿Recuerdas sus nombres? —logré decir.
—¿Genaro? ¿Gerardo? Ay, no sé. Algo así.
—¿Y el apellido?
—Ni idea, hijo.
—¿Y la mujer? ¿Y la niña de la foto? —la apremié—. ¿No sabes cómo se llamaban?
—¿Cómo pretendes que me acuerde de algo así? Han pasado muchos años.
—Es importante. ¿Seguro que no recuerdas nada más de ellos?
—Pregunta a Lourdes. Siempre se acuerda de todo.
Pero ya no viven en Lekeitio. Se marcharon a algún otro pueblo.
La vergüenza es muy mala, hijo. Oí decir que el padre se suicidó.
Pobres... De tenerlo todo a no tener nada.
—Mi madre suspiró—. Fíjate que hasta tenían un ama de llaves.
¿Cuánta gente has conocido así? Es que ya te digo que eran gente de dinero.
Cocinaba como los ángeles esa mujer. ¿No te acuerdas de una vez que fuimos a comer a su casa?
Nos preparó una lasaña que tu hermana y tú no parasteis de repetir que era la mejor del mundo.
—Hizo una pausa que enfatizó sus siguientes palabras—. Era italiana.