Capítulo 81
Conducía tan rápido como me permitía la carretera. Sabía que un solo minuto podría resultar fatal.
Serafín Rábago vivía en un caserío restaurado con mimo en una ladera colgada sobre la playa de Karraspio.
Recordaba que el desvío estaba en la carretera de Ondarroa, apenas un kilómetro después de cruzar el puente sobre el Lea.
Por suerte no había muchas bifurcaciones y lo encontré a la segunda.
La primera me llevó hasta la puerta de una bodega de txakoli, que me obligó a dar la vuelta y regresar a la vía principal.
Supe que el segundo desvío era el correcto en cuanto lo tomé.
Recordaba aquel camino estrecho que ascendía con fuerza entre parajes que, en otras circunstancias, me habrían contagiado su paz.
Ganaba el eucalipto, aunque tampoco faltaban algunos pinares.
De cuando en cuando aparecían prados de siega que permitían atisbar la desembocadura del Lea y la isla de Garraitz varada frente a ella.
Detuve el coche ante la puerta sin preocuparme por aparcarlo correctamente. El camino moría allí. No molestaría a nadie que no fuera el propio juez.
Pulsé el timbre y esperé una respuesta que no llegó.
Después de insistir un par de veces, me dirigí a lo que parecía la cochera. El portón también estaba cerrado. Era imposible ver si el vehículo del magistrado se encontraba en el interior.
De pronto recordé algo.
Cristina limpiaba en esa casa.
Fue ella precisamente quien, meses atrás, me había pedido que acudiera a visitarlo.
Había encontrado a Serafín en la cama, debilitado por un episodio gripal que no remitía, y se negaba a venir al ambulatorio.
Menos mal que insistió, porque la saturación de oxígeno en sangre estaba bajo mínimos y un solo día más sin atención médica habría resultado fatal.
Cristina…
La lamia.
La compañera en la que ya no confiaba.
Pero ella era el único atajo que se me ocurría en ese momento. Nerea no tendría delante el ordenador de donde lo sacaba todo. Era sábado y no le tocaba guardia.
No me quedaba otra opción. Marqué su número y le pedí el teléfono del juez.
—¿El señor Rábago? ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
Me dio la impresión de que la limpiadora estaba incómoda.
—Tengo que hablar con él y no me abre la puerta —expliqué sin entrar en detalles.
—Suele pasar temporadas en su pueblo. En Palencia, creo. ¿O era en Burgos?
Aquella información me hizo suspirar aliviado. Ojalá no se encontrara en Lekeitio.
—Necesito su teléfono, Cristina. Es importante.
—En cuanto cuelgue te lo envío. Pero dime qué pasa. Te noto muy raro y me estás asustando.
No iba a explicarle nada más. Solo quería colgar el teléfono y avisar a ese hombre del peligro que corría. Que se quedara donde estuviera: Palencia, Burgos o las playas de la Cochinchina. Tanto daba mientras no regresara a Lekeitio hasta que el asesino estuviera entre rejas.
O la asesina.
—Te contaré cuando pueda —aseguré al ver que mi compañera aguardaba alguna respuesta—. Envíame ese número cuanto antes, por favor.
Cristina se despidió. A regañadientes, pero lo hizo.
El contacto del juez, sin embargo, se hizo de rogar.
—¡Joder, Cristina! ¡Date prisa! —mascullé sin apartar la mirada del móvil.
No entendía a qué esperaba. Solo se trataba de buscar el número en la agenda del teléfono y compartirlo conmigo.
Pasó un minuto.
Pasaron dos…
Aquello comenzaba a darme muy mala espina. Iba a llamarla de nuevo cuando una bolita verde me indicó que había recibido un mensaje suyo. Ahí estaba. Por fin.
No perdí un solo segundo. Pulsé la tecla de llamada y me llevé el aparato a la oreja. Los tonos no tardaron en asomarse al auricular. Ellos también parecían decididos a poner a prueba mis nervios. Se estiraron hasta el infinito sin que hubiera respuesta.
—¡Qué mierda! —protesté con fuerza.
Volví a marcar.
Me acerqué a la puerta de la casa y apoyé la oreja en la madera.
El himno del Athletic de Bilbao me hizo apretar los dientes. Llegaba atenuado por la distancia, pero provenía de algún lugar de esa casa. Probé a colgar y la melodía se extinguió, solo para volver a sonar en cuanto volví a marcar el número de teléfono.
Serafín no estaba en Burgos ni en ningún otro lugar.
Se encontraba ahí dentro. Al menos su móvil no se había movido de casa.
Forcejeé con la puerta para tratar de abrirla.
Era imposible.
Las ventanas de la planta inferior también estaban cerradas.
Me giré en busca de algo que pudiera servirme y solo encontré las piedras de tamaño generoso que delimitaban un arriate.
Arranqué una de ellas y la descargué contra una ventana.
Tuve que repetir el gesto varias veces para que las dos capas de vidrio se partieran en pedazos.
Introduje la mano por el agujero y abrí la ventana. Miré alrededor y, tras asegurarme de que seguía sin haber nadie a la vista, salté al interior. Era el dormitorio principal. La cama estaba deshecha, pero allí no había rastro de Serafín.
El olor fue lo primero que me alertó de que algo no iba bien.
Arrugué la nariz y me dirigí a la puerta de la habitación. Sabía que en cuanto la abriera sería mucho peor. Aun así, una náusea me hizo doblarme sobre mí mismo cuando tiré de la manilla.
Era horrible. Más de lo que esperaba.
Los rayos de sol bañaban el salón a través de un gran ventanal asomado al estuario del Lea. El molino de marea, el astillero de Goiko, las marismas… Y el palacio de Zubieta, por supuesto.
Y allí, sentado en una butaca orejera asomada a aquella panorámica de ensueño, Serafín Rábago había visto irse su vida.
Su estado era espantoso. Apenas se reconocían los rasgos humanos.
Llevaba muerto semanas. Probablemente hubiera sido el primero.
Antes que Lea y que todos los demás. Una víctima fácil: un hombre mayor, mermado en su salud y que vivía solo.
El asesino lo sabía y por eso lo había elegido como punto de inicio de su espiral de muerte.
Un crimen que pasaría desapercibido y le brindaría el tiempo necesario para continuar llevando a cabo una venganza que había dormido en algún rincón durante muchos años.
Tuve que cubrirme la nariz con el jersey para acercarme al cadáver, pero no tenía elección. Tal como suponía, tenía el cráneo fracturado. Había recibido un fuerte golpe en el hueso occipital, igual que el resto de las víctimas.
Pero lo que más me impactó fue ver aquel aparentemente inocente caramelo de goma encajado en su mandíbula.
Contuve una nueva náusea y me dirigí al exterior a grandes zancadas.
Me sentía aturdido, mareado. Apoyado en un madroño que crecía junto a la puerta, marqué el número de Castaños.
—No —me dije en voz alta antes de que sonara la primera señal.
Colgué. No podía permitírmelo.
¿Cómo iba a explicarle que lo había vuelto a hacer?
Esta vez ni siquiera tenía llaves. Había roto una ventana para entrar en un domicilio que no era el mío.
La cabeza me daba vueltas. Sentía el pulso retumbar en mis oídos como un tambor implacable. Necesitaba calmarme para poder pensar.
El móvil comenzó a sonar.
Era mi madre y no era el momento. Le devolvería la llamada cuando pudiera.
Abrí la puerta del coche y me senté al volante. Tenía que salir cuanto antes de aquel lugar. No podía permitir que nadie me viera junto a una nueva víctima o jamás lograría sacudirme el título de sospechoso perfecto.
Traté de recapitular mientras conducía de vuelta a la carretera.
Serafín Rábago, el juez que había firmado la sentencia que adjudicaba a Aresti el palacio de Zubieta, había muerto en su butaca.
No había señales de forcejeo. Probablemente dormitaba en el momento del crimen.
Eso solo podía significar que el asesino había entrado sin levantar sus sospechas.
Y lo había hecho porque contaba con llaves de la casa.
Me costó tragar saliva.
Solo se me ocurría una persona.
Otra vez.