Bajamar Capítulo 80
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Capítulo 80

Eran todavía las dos de la madrugada y los párpados me pesaban tanto que tenía la impresión de llevar una semana entera sin dormir. Sentado en una silla del comedor, dirigía miradas fugaces a la puerta, a las ventanas, antes de volver a clavar los ojos en el portátil.

Lola estaba a solo unos metros de mí, en la habitación de la planta baja. Dormía profundamente, protegida por Sua, que se había estirado sobre la alfombra para vigilarla de cerca.

Había regresado eufórica de su particular vuelta ciclista a Euskadi.

Durante la cena no había sido capaz de callar un solo segundo.

Que si esto, que si lo otro… Me habló hasta de la calidad del asfalto en las carreteras del recorrido.

Desbordaba energía. Nadie hubiera dicho que llegaba de meterse una kilometrada entre pecho y espalda.

Me hacía feliz verla tan volcada en su deporte, pero me pesaba demasiado el miedo a que volviera a suceder. En todas partes había conductores inconscientes; bastaba un golpe de mala suerte para toparse con otro energúmeno.

Tecleé una vez más el nombre del hotel y también el de Aresti. Probé sumando diferentes palabras: embargo, subasta, deuda… El resultado fue igual de decepcionante en todas mis búsquedas.

Me levanté para estirar las piernas y me acerqué una vez más a la carpeta hallada por Sua.

La había dejado sobre el radiador del cuarto de baño.

Era el más potente, pero las hojas seguían sin dejarse leer.

Las lluvias insistentes de las últimas semanas habían deshecho el papel.

Cada vez que intentaba abrirla, el resultado era desastroso.

Cuando regresé a la mesa me fijé en la foto que Lourdes había encontrado en su casa. Se la había enviado a mi madre. Todavía no me había respondido, pero estaba seguro de que le haría ilusión recibirla. Y soltaría una lágrima, claro. Siempre había sido muy del drama.

Qué contentos se nos veía. Los veranos en Lekeitio eran lo mejor del año. Los esperábamos con impaciencia desde el mismo momento de nuestro regreso a Madrid.

Navegué entre aquellos recuerdos. Me contagiaron una paz que anhelaba y, por más que luché contra el sueño, fui incapaz de no cerrar los ojos.

Cuando volví a abrirlos, el cielo mostraba los tonos pálidos del alba. Habían pasado horas.

Salté de la silla y corrí a la habitación. Afortunadamente, todo seguía en orden.

Me dirigí a la cocina para prepararme la primera cafetera del día.

Sua también se levantó y vino a ver si había alguna maravillosa sorpresa en su bol.

Me lanzó una mirada de evidente disgusto al comprobar que estaba vacío y se conformó con un poco de agua.

Después bostezó y se fue en busca de su pelota de tenis.

—¿Hace bueno? —se oyó la voz de Lola. Ya había saltado de la cama.

—Sí. Parece que hoy volverá a hacer sol —dije echando un vistazo por la ventana—. El mar también se ve más tranquilo que ayer.

Antes de que pudiera darme cuenta, mi sobrina estaba ya en la cocina.

—¿Qué haces con el maillot puesto? ¿Has dormido con él?

Se rio.

—No, pero no quiero perder tiempo. En mi móvil dan lluvia. Tengo que aprovechar antes de que lleguen las nubes.

—Primero desayuna —le indiqué al ver que no pensaba hacerlo.

—Ya pareces mamá…

—Somos hermanos. En algo se tendrá que notar.

La vi coger un plátano y devorarlo en tres bocados. Los cereales tampoco duraron más de un minuto en la taza.

—¿Has visto mis guantes? —dijo saliendo de la cocina todavía con la boca llena.

—¿Los de la bici? Anoche estaban en el cuarto de baño.

Oí sus pasos apresurados.

—¿Qué hace esto encima del radiador? —preguntó al descubrir la carpeta de Aresti.

—Pues… Ya ves. Se mojó y estoy intentando secarla. Pero me parece que no va a servir de mucho. El papel se ha estropeado.

—No se hace así, tío. ¿Por qué no pruebas con el secador?

—Tampoco quiero quemar los papeles. Son delicados.

—Qué va… Déjame a mí. Soy experta en rescatar mis libros del instituto.

Lola no aguardó mi respuesta. Cogió la carpeta y la dispuso sobre la mesa. Después enchufó el secador y se puso a trabajar.

—Está hecha polvo. ¿Dónde la tenías?

—No te preocupes —dije tratando de quitarle el aparato—. Vete antes de que llueva, anda.

Mi sobrina no cejó en su empeño. Disparaba el aire cálido al tiempo que tiraba suavemente de la tapa de la carpeta. Con suavidad, pero sin detenerse. Y Sua atendía de cerca la operación. A cotilla no lo ganaba nadie.

—Tuya —dijo Lola tras unos minutos—. No he podido hacer gran cosa, pero al menos se abre.

No perdió el tiempo. Para cuando quise recordarle que se llevara un chubasquero, ya se había subido a la bici.

—¡Sua! ¡Ven aquí! —lo llamé al ver que la seguía.

Le costó obedecer, pero terminó regresando.

—No te preocupes, que no se marcha. Luego vuelve —lo animé mientras cerraba la puerta.

Abrí la carpeta. Los papeles seguían apelmazados, fundidos en un bloque único por la humedad. La grapa que sujetaba algunos estaba completamente oxidada.

Aun así, pude descifrar parte de la primera página.

Era un procedimiento judicial. Adjudicaba el palacio de Zubieta a Aresti en pago de la deuda que su propietario mantenía con él. Intenté leer el nombre del deudor, pero apenas era una mancha de tinta, como buena parte del documento.

Lo que sí logré distinguir fue quién había dictado la sentencia.

No era Miguel Olasagasti, el juez al que había visitado la víspera. Se trataba de otro magistrado.

—Serafín Rábago —leí, tragando saliva.

Conocía a aquel hombre. No sabía que hubiera sido juez, pero el nombre era inconfundible. Formaba parte de mi cupo de pacientes. La buena noticia era que no tendría que mover hilos para localizarlo: en una ocasión lo había visitado en su casa.

Cogí las llaves del coche.

Su vida corría un serio peligro.