Capítulo 79
La casa-torre de Bengolea se reflejaba en las aguas del Lea, igual que los robles que la flanqueaban. El canto optimista de un petirrojo se mezclaba con el susurro del río. El sol completaba una estampa casi perfecta, de no ser por el precinto policial que todavía sellaba la puerta.
Me detuve a recuperar el aliento. Había corrido más rápido de lo habitual.
Antes de salir me había cruzado varios wasaps con Lola.
Todo iba bien. Se sentía más fuerte de lo esperado y había decidido alargar la ruta sobre la marcha.
El puerto de Urkiola la había fascinado y, cuando le escribí por última vez, estaba tomando un Aquarius antes de afrontar el alto de Arrate, en Eibar.
Desde allí aún tardaría cerca de una hora en regresar a Lekeitio.
Yo también necesitaba quemar adrenalina. Por eso me calcé las Saucony y salí sin pensar demasiado, con la intención de cansarme hasta quedarme vacío.
No llegué al salto de agua. A la altura de la ermita de Oibar, crucé el puente y seguí remontando el río por la orilla opuesta. Solo un poco más. Lo suficiente para alcanzar la casa-torre.
Estaba agotado, pero a gusto. Esa carrera era exactamente lo que necesitaba.
—¡Sua! —llamé tras girarme alrededor y no verlo. El perro vino a la carrera desde detrás de unos arbustos—. No te vayas lejos. ¿Me oyes?
No tardó un segundo en volver a alejarse.
Me apoyé en un árbol y recorrí el lugar con la mirada. Allí, entre aquellos robles que sabían demasiado, había oído cantar a aquella mujer.
La lamia.
Recordé a Cristina hablando de su relación con Amaia.
«Somos las últimas lamias», había dicho.
No veía motivos para que mi compañera hubiera matado a Maite ni a Aresti. A Lea, desgraciadamente, quizá sí.
Sin embargo, no podía descartar que hubiera sido cómplice de Amaia.
El ataque en la casa-torre me golpeó de nuevo. Cristina sabía que iba a entrar. Me había prestado las llaves y aquel era un lugar apartado, perfecto para actuar sin testigos.
Me mordí el labio hasta hacerme sangre.
Plantearme que Cristina podía haber tratado de matarme me desgarraba por dentro. Nerea y ella, y también Itziar y Lourdes se habían convertido en mi apoyo desde que llegué a Lekeitio. No tenía a nadie más.
Introduje la mano en el bolsillo. Quería volver a echar un vistazo a mis notas, pero me quedé mirando la noticia que ocupaba la otra cara del papel. Aresti posaba sonriente ante la casa-torre. Leí una vez más aquellas líneas. El juzgado de Gernika, la subasta, la impugnación…
De pronto una palabra, una sola, me hizo detenerme en seco y volver a leer desde el comienzo.
No… Aquello tenía que ser un error.
Abrí el buscador en el móvil y tecleé unas cuantas sílabas.
La voz de la expolicía que había conocido en el Muga repicaba en mis oídos: un detalle capaz de darle la vuelta a todo.
El resultado no tardó en desplegarse en forma de mapa.
El periodista no estaba equivocado. Era yo quien había cometido el error de dar por hecho que la casa-torre de Bengolea se encontraba en Lekeitio.
Para mí todo lo estaba. Sin embargo, los límites la situaban dentro del término municipal de la vecina Gizaburuaga.
Parecía un detalle sin importancia, pero lo cambiaba todo. Arrancaba de cuajo uno de los naipes que sostenían el castillo que había levantado con paciencia.
Amaia, o sus padres, seguían teniendo un móvil para el asesinato de Lea: el más íntimo.
Y también para el de Aresti. Maite Iturri, en cambio, no parecía guardar relación alguna con ellos.
Como concejala de Urbanismo en Lekeitio, difícilmente habría intervenido en los motivos que condujeron a la subasta de un edificio situado en un municipio vecino.
—¡Joder! —protesté con todas mis fuerzas. Tenía ganas de llorar de impotencia. Era frustrante. Tanto tiempo construyendo una hipótesis que parecía perfecta y de pronto se derrumbaba.
Sua dejó lo que estaba haciendo y vino hacia mí. Me apoyó las patas delanteras en la cintura y me dio un lametazo en la mano. Era su manera de decirme que estaba conmigo.
El arquitecto municipal y la concejala remando a favor de una subasta que Aresti había ganado… Sonaba tan bien, tan creíble… Casaba perfectamente con el relato de Grazia. En cambio, perdía su sentido por culpa de una simple frontera en un mapa.
Pensé en Cestero, la chica del café. ¿Cuántas veces habría pasado por algo así? ¿En cuántas ocasiones habría tenido que volver a levantar los pilares de una investigación?
—«Y cuando suceda no tengas miedo de soltarlo todo y volver a empezar» —me repetí sus palabras en voz alta.
Tenía que comenzar de nuevo.
Sin embargo, por más vueltas que le daba, todo me conducía a la casa-torre que tenía ante los ojos. Las pistas que Grazia había ido dando sobre su paradero no dejaban margen: el dolor de una familia despojada del hogar que había habitado durante generaciones, la visión del río desde la ventana…
La impotencia cavaba un profundo hoyo bajo mis pies. Había sido un ingenuo por creer que iba a ser capaz de resolver el caso sin poder recurrir a los medios con los que contaba la policía.
Seguí con la vista una libélula que planeaba sobre el Lea. Mi mente viajó con ella río abajo: sobrevolé caseríos y bosques, dejé atrás las ruinas del viejo hospital y alcancé el estuario. Las marismas, el molino de marea, las barcas dormidas…
Sua comenzó a ladrar. Olisqueaba algo en la orilla.
—¿Qué pasa? —le pregunté acercándome.
Hundió el hocico en unas zarzas, pero los pinchos lo hicieron recular.
—¿Qué hay ahí?
Aparté las ramas y vi que se trataba de una carpeta.
Sencilla, de cartón marrón y sin gomas. Una como las que poblaban el archivador que había arrojado por la ventana de la casa-torre días atrás.
Debía de tratarse de una de ellas. Los ertzainas la habrían pasado por alto cuando inspeccionaron la zona y se llevaron a comisaría todas las demás.
Estaba mojada. Empapada después de días de lluvias. Tanto que al cogerla se rasgó de lado a lado. Difícilmente podría obtener algún tipo de información de aquella masa de papel en la que se habían convertido los documentos que contenía.
Sin embargo, las palabras garabateadas que daban nombre a la carpeta hicieron que el corazón me diera un vuelco.
PALACIO DE ZUBIETA
¡Claro! También el hotel de lujo era propiedad de Aresti. Y desde sus ventanas se disfrutaba de una buena panorámica del cauce del Lea, tal como Grazia narraba en sus cartas.
No perdí el tiempo. Cogí el móvil y busqué en internet noticias que hablaran de sentencias o de autos judiciales relacionados con Zubieta.
Nada.
Las únicas referencias que encontré se referían a la apertura del hotel hacía ya más de veinte años. Nada sobre pleitos ni sobre jueces expulsando de su hogar a ninguna familia.
Marqué el número de Nerea. Quizá pudiera ayudarme. Esta vez no se trataba de saltarse ninguna norma; solo necesitaba que rebuscara en su memoria.
—¡Hola! ¿Qué tal ha ido con el juez? ¿Has podido verlo?
—Sí, pero no ha servido de mucho. Oye, estoy en la casa-torre y…
Me cortó en seco.
—¿Otra vez? Basta ya, Jon. Sal de ahí. No hagas más tonterías.
—No voy a entrar, tranquila. Solo quería preguntarte algo. ¿Sabes si el palacio de Zubieta fue también de la familia de Amaia? —pregunté, aferrándome a la única posibilidad que mantenía en pie mi teoría.
—¿El hotel? —se extrañó la administrativa—. No. Qué más quisieran esos. ¿Sabes que han regresado para ponerme una reclamación por lo del otro día?
—Lo siento.
—No pasa nada, pero espero que al menos todo aquel teatro sirviera para algo. ¿Qué mosca te ha picado ahora con el hotel?
—¿Siempre fue de Aresti?
—Eso ya no lo sé. Creo que sobrevaloras mis capacidades.
—Nerea tardó en continuar, seguramente porque buscaba la manera de hacerlo sin herirme—.
Jon… Supongo que te das cuenta de que todo esto es un sinsentido.
Llevas una semana a vueltas con la casa-torre y ahora, de repente, la olvidas por el hotel.
Tienes que parar ya. Déjalo en manos de la policía. Ellos saben lo que hacen.
—Lo tengo, Nerea. Estoy tocándolo con los dedos. Lo sé. No puedo apartarme ahora.
—Esta historia te está haciendo mucho daño, Jon. En lo personal y en el trabajo. No paran de venir pacientes a solicitar el cambio. De verdad, déjalo ya.
Respiré hondo. Era consciente de que mi compañera tenía razón, pero no iba a tirar la toalla. ¡A mí también habían tratado de matarme!
—No voy a rendirme ahora. Y… Nerea… —Me costaba pronunciar las siguientes palabras—. No le cuentes nada a Cristina, por favor.
Esta vez mi compañera tardó tanto en volver a abrir la boca que tuve que comprobar que no se había cortado.
—Espero que te equivoques, Jon —musitó con un hilo de voz.
No supe qué añadir. Me limité a suspirar. Yo también necesitaba estar equivocado. Lo deseaba con toda mi alma.