Bajamar Capítulo 78
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Capítulo 78

Empujé la puerta del Muga todavía con la vergüenza quemándome las mejillas.

Vergüenza y rabia. Ojalá el juez no tuviera que arrepentirse de haber reaccionado así ante mi advertencia.

Algo me decía que a la negación propia de toda situación de shock le seguiría en algún momento la fase de aceptación.

Y entonces quizá se tomara en serio mis palabras.

Alberto accionó el molinillo en cuanto me vio.

—¿Hoy quieres café? —preguntó alzando la voz para hacerse oír a través del estruendo.

—Hoy sí. Gracias —dije quitándome la cazadora—. ¿Y tu madre? Tiene la pescadería cerrada.

El tabernero aguardó a que el ruido cesara para responder.

—Ayer también. Y está insoportable. No sirve para quedarse en casa. —Estiró la mano para alcanzar un sobre que guardaba entre dos botellas de licor—. Toma, que no se me olvide. Una reliquia que ha encontrado haciendo limpieza. Si vieras cómo lo tiene todo… No hay un cajón en su sitio.

—¿Qué le pasa? ¿Quiere que le eche un vistazo? —planteé señalando la puerta tras la que partían las escaleras que subían a su vivienda—. No llevo encima el fonendo ni nada, pero algo haremos.

—Qué va. No te molestes. —Alberto descartó mi propuesta con una mueca—. Es solo gripe. Como cada invierno. Un par de días en casa y a correr de nuevo.

—Debería vacunarse —comenté a sabiendas de que era una guerra perdida. Lo había intentado meses atrás, cuando se inició la campaña. La negativa de la pescadera fue rotunda.

El tabernero sacudió la cabeza.

—Yo ya se lo planteo, pero es muy cabezota. ¿Qué te voy a decir que no sepas?

Abrí el sobre, que lucía un membrete del Banco Hispano Americano. Era tan viejo como la foto que Lourdes había guardado dentro.

Me reconocí en el acto. Muchos años más joven, pero era yo. Tan flaco y con un bañador tan feo como ridículamente grande. Mis padres debieron de comprarlo con la intención de que me durara varios veranos.

No estaba solo. Se trataba de una foto de familia a bordo de un velero.

Tenía un recuerdo vago de aquella jornada.

Navegamos hasta lo que a mí me pareció el medio del océano, a pesar de que seguramente no habrían sido más de un par de millas desde la costa.

Y no tuve miedo. Apreté los labios al ser consciente de que la vida me había regalado unos límites que antes no existían para mí.

Ojalá ser capaz de regresar a la infancia y borrar los miedos que los años me habían echado encima.

Sentí un ataque de nostalgia al ver a mis padres tan jóvenes.

Parecían felices, con la isla que ellos siempre llamaron San Nicolás al fondo y acompañados de sus dos hijos.

En sus miradas se percibían todavía las ganas de hacer muchas cosas, de llevar a buen puerto todos esos planes que la vida les hizo ir posponiendo para un futuro que no les concedió tanto tiempo como deseaban.

Me mordí el labio para disimular un rictus de tristeza.

—Es tu hermana, ¿no? —Alberto señalaba a una niña con un flotador a la cintura—. Hace tiempo que no la veo. ¿Qué tal le va? ¿Sigue con el restaurante?

—Estuvo aquí por mi cumpleaños. Está bien. Y el asador les va como un tiro, pero no le preguntes si no quieres que se te queje.

—Los hosteleros, ya sabes —se rio el tabernero.

Mi mirada seguía fija en la fotografía. No estábamos solos. Había otra pareja y había también otra niña.

—¿De quién era el velero? —pregunté.

Alberto cogió la foto y forzó la mirada antes de encogerse de hombros.

—Vosotros no teníais barco, ¿no? Pues sería de esa gente. Amigos de tus padres. ¿No te suenan? Veraneantes, seguramente. Como vosotros.

Devolví la foto a su sobre y observé que Lourdes había garabateado el nombre de mi madre en él. Después se la enviaría por WhatsApp. Seguro que le gustaría verla.

Me acabé el café en silencio. Alberto se puso a ordenar papeles aprovechando que no había más clientes.

Estaba en ello cuando alguien abrió la puerta.

Era una mujer de treinta y pocos años, con un tatuaje en el cuello y piercings en la nariz y el labio. Portaba al hombro un paquete metalizado de tamaño generoso.

—¡Cestero! —la saludó Alberto saliendo a ayudarla—. Gracias por venir tan rápido. Pensaba que me quedaba sin café. Desde que me pasé al tuyo vendo mucho más y me cuesta calcular cuánto necesito.

—La gente reconoce lo bueno —se rio ella dejando el paquete en la barra—. Nos han acostumbrado a cafés horribles, pero en cuanto probamos uno decente no queremos volver atrás.

—Tómate algo —le ofreció el tabernero mientras sacaba unos billetes de la registradora.

Ella señaló la cafetera.

—¿Me dejas hacerlo a mí? He traído uno de Etiopía que me gustaría que probaras.

—Claro. Pasa —la invitó Alberto antes de dirigirse a mí—. Jon, te invito a un café. Uno bien servido, ya verás. Ane es la tostadora que nos hace esa joya que acabas de tomar y cuando se pone a los mandos de la cafetera hace magia.

—Qué bien… Gracias —dije obligándome a esbozar una sonrisa de cortesía. Otro café era probablemente lo último que necesitaba. ¿Cuántos llevaba ya?

Ella preparó los tres cafés antes de cerrar los ojos y acercarse su taza a la nariz.

—Mmm. Me encanta esta cafetera. Tiene la presión y la temperatura perfectas. Si os fijáis se notan unos matices a fruta madura. Le he dado un tueste muy ligero para que destaquen.

Alberto le dio un trago y el placer se reflejó también en su rostro.

—Yo le encuentro un aroma como a miel. —Se me plantó delante y aguardó a que me lo acabara—. ¿Qué? ¿A que está increíble? En la capital no tenéis de esto, ¿eh?

—Delicioso —agradecí entregándole la taza.

En realidad no había notado gran diferencia.

Mis papilas gustativas no encontraron esos aromas tan maravillosos de los que hablaban.

Para mí era café. Nada más. Y en Madrid había tomado muchos similares.

Si algo brotaba como setas en los últimos tiempos eran las cafeterías de especialidad.

—Menuda la que tenéis montada por aquí —comentó Cestero mientras firmaba un albarán—. Si siguiera en activo, hubiera tenido muchos puntos de que me tocara el caso.

—¿En serio? —le preguntó Alberto.

—Claro. Estaba en Investigación Criminal, en la Unidad de Homicidios de Impacto.

—Pues seguro que lo haríais mejor que el oficial Castaños. Es insufrible. —El tabernero me señaló—. A este lo tiene frito.

La expolicía me miró fijamente, entrecerró los ojos y, de pronto, asintió.

—Ya decía yo que tu cara me sonaba. Te he visto en la tele. Tú eres al que detuvieron en casa de Aresti.

—El mismo —admití con un suspiro—. ¿Y por qué no han enviado a los de tu unidad?

La expolicía sacudió la cabeza.

—Ya no está activa. Éramos muy buenos, pero no éramos dóciles, y los que mandan prefieren policías a los que poder manejar a su antojo.

—¿Pero resolvíais los casos? —preguntó Alberto.

—Todos —aseguró Cestero—. Y aun así las zancadillas eran constantes.

Por eso me cansé y lo dejé. Ahora soy más feliz.

Mis compañeros siguen trabajando, aunque en otras unidades.

Lástima que no le haya correspondido a alguno este asunto vuestro, porque son los mejores.

—Me dirigió una mirada inquisitiva—. ¿Y por qué entraste a casa de ese tipo?

—Está empeñado en dar con el asesino —se me adelantó Alberto.

Cestero me estudió largamente con la mirada. Tuve la impresión de que sus ojos de gato eran capaces de desnudarme para averiguar si ocultaba algo.

—¿Y qué encontraste?

Saqué del bolsillo mi folio repleto de nombres, flechas y tachones.

—Algunas respuestas.

Le expliqué todo. Alberto se mantuvo a cierta distancia y se fingía distraído, pero saltaba a la vista que no se perdía ni una sílaba. No podía culparlo por ello. Él también sentía curiosidad por lo sucedido, como todos en Lekeitio.

La expolicía cogió el papel y lo observó sin apresurarse. Su dedo índice recorría las líneas que unían unos protagonistas con otros y, de tanto en tanto, asentía con la cabeza.

—¿Y el oficial Castaños qué dice de todo esto? —me preguntó al fin.

—Nada. No quiere saber nada de mí si no es para acusarme.

—Su situación no es fácil —lo excusó Cestero—. No tienes pruebas de nada. Y sin pruebas no se puede señalar a nadie. Sin ellas no hay condena.

—Supongo —admití, contrariado.

Cestero me devolvió el esquema.

—Te sorprendería la cantidad de veces que las hipótesis más lógicas no son las que explican lo ocurrido.

Todo lo que me cuentas está muy bien argumentado, pero no te confíes.

Puede haber cualquier pequeño detalle, algo que en su momento te pareciera insignificante y que, sin embargo, sea capaz de darle la vuelta a todo.

—Espero que no —mascullé guardando el papel en el bolsillo.

—Pues probablemente ocurrirá. Y cuando suceda no tengas miedo de soltarlo todo y volver a empezar.

La pasión con la que hablaba me fascinó.

—Tenías que ser muy buena policía.

—Lo era, sí. Pero ahora soy la mejor con el café. —Echó un vistazo a su reloj de pulsera y puso cara de sorpresa—. Lo siento, pero tengo que seguir con el reparto.

Abandonó el bar canturreando. Su trabajo la hacía feliz. Eso era evidente.

Era una pena que los mediocres acabaran a menudo imponiendo su modelo sobre el de quienes tenían una verdadera vocación.

En el sistema sanitario también lo veía a menudo.

Personas desganadas, más preocupadas por medrar y por mantener el esfuerzo bajo mínimos, que acababan frustrando a quienes habíamos llegado a la profesión con ganas de hacerlo bien.

Darle la vuelta era, sin duda, una gran asignatura pendiente.

—Ha sido lista y ha sabido reinventarse. Mira qué buen café —me comentó Alberto adivinando mis pensamientos.

Asentí sin ganas. No estaba tan seguro de que se tratara de algo que celebrar.