Capítulo 77
Era un adosado de dos alturas. Uno de tantos que jalonaban una calle sin encanto ni más vida que los coches que entraban y salían de los garajes.
Un vecindario de los que podrían haber estado en las afueras de cualquier ciudad.
Solo que aquel disfrutaba de una panorámica envidiable y de un aire limpio como ninguno.
El juez Olasagasti vivía en plena reserva de la biosfera de Urdaibai, un territorio de caseríos aislados y urbanizaciones para clases acomodadas, a medio camino entre Gernika y Mundaka.
Un lugar sereno cuya belleza quedaba subrayada esa mañana por un sol radiante que desmentía el frío del termómetro.
Me detuve ante la puerta y miré alrededor. Aparte de la furgoneta de una empresa de instalación de redes de fibra óptica no se percibía movimiento. Tardé un segundo en pulsar el timbre. La luz de la cámara se encendió de inmediato y me obligó a esbozar una sonrisa.
—¿Quién es? —preguntó poco después una voz femenina.
— Egun on . Soy Jon Aguirre, médico. ¿Podría hablar con el señor Olasagasti?
Una conversación entrecortada se coló a través del interfono antes de que un zumbido me abriera la puerta.
El matrimonio que acudió a recibirme rondaba los setenta años. En ambos casos bien llevados. Vestían de calle. Él con una camisa que dejaba adivinar una leve curvatura abdominal. Ella, con chaqueta ligera de punto y el pelo corto, bien peinado, sin rastro de raíces canosas.
—¿Pasa algo? ¿Está todo bien? —Fue ella quien habló, aunque el gesto de preocupación era evidente en los dos.
Comprendí que temían que se tratara de alguna mala noticia relacionada con su salud.
—Todo en orden —aclaré rápidamente—. No se preocupen. No vengo como médico. —Me giré hacia la mujer—. ¿Le importa que hable un momento a solas con su marido? Es un tema de trabajo.
La señora me miró con suspicacia.
—Está jubilado —dijo mientras el juez se hacía a un lado y me indicaba que pasara al salón.
Me dirigí al ventanal mientras él cerraba la puerta a nuestra espalda.
La vista era de ensueño. En el centro del estuario, algunos bancos de arena parecían danzar entre los brazos azules de un río que serpenteaba camino del mar.
Más allá, trazando una frontera nítida entre el mundo gobernado por las mareas y aquel que vivía ajeno a ellas, se extendían bosques que trepaban hacia las cumbres redondeadas de los montes.
—Hermoso, ¿verdad? Y cambia cada hora. Aquí no hace falta televisor —bromeó el juez.
—Espectacular —admití girándome hacia él.
Era un hombre de gesto amable, con unos ojos que confirmaban la leve sonrisa que se dibujaba con naturalidad en sus labios.
—¿De qué lo conozco? —quiso saber, estudiándome con la mirada.
—No nos conocemos —aclaré—. Gracias por atenderme. No le robaré más que dos minutos.
Mi respuesta no pareció convencerlo. Continuó observándome de ese modo que se mira a alguien que tratas de ubicar en algún rincón de tu memoria.
—Diga.
—¿Recuerda un litigio alrededor de una casa-torre…? —pregunté lanzándome a la piscina.
El hombre me interrumpió con la mano.
—Lo siento, pero me jubilé hace siete años.
—Soy consciente de ello, pero quizá pueda recordar algo. Es importante. El hombre que se hizo con ese inmueble ha sido asesinado.
El rostro del juez se ensombreció.
—José Ignacio Aresti —apuntó señalando con la mirada el diario que descansaba en una butaca—.
Recuerdo aquello, sí. La subasta de un edificio que amenazaba ruina y que fue impugnada por un supuesto heredero que hasta entonces no había reclamado la propiedad.
No fue un caso complicado. —De pronto el hombre me señaló y abrió la boca mientras daba un paso atrás—. ¡Es usted! ¡Sabía que lo conocía!
Cerré los ojos. No contaba con que la aparición de mi foto en las noticias fuera a complicar mi visita.
—Yo no he matado a nadie. Se trata de un tremendo error —aclaré mientras el magistrado continuaba apartándose de mí.
—Fuera de esta casa. —Todo rastro de amabilidad había desaparecido de sus facciones para ceder el testigo a una clara expresión de temor.
—No. Escúcheme, por favor. Está usted en peligro. Quien ha matado a Aresti, y también a Lea Alzaga y a Maite Iturri, viene a por usted.
El hombre pareció dudar unos instantes.
—¿Y por qué no está aquí la policía?
—Porque ellos no lo saben. Todo esto tiene que ver con aquella subasta. Es una venganza planeada durante años. Solo le falta usted. El resto de las personas relacionadas con aquello han sido asesinadas.
—¿Y por qué justo ahora? No le creo. ¿Qué sinsentido es este? Márchese ahora mismo de aquí o llamaré a la policía. —Se volvió en busca del teléfono, pero no lo encontró—. ¡Marisol!
—Por favor, escúcheme. Tiene que irse. Al menos hasta que el asesino sea detenido —insistí mientras su mujer irrumpía en el salón.
—¿Qué dice? ¿De qué asesino está hablando? —preguntó la señora corriendo al lado de su marido. Ella también estaba asustada.
—Llama a la policía —le pidió el juez—. Este tipo es peligroso.
—¡No! No llame a nadie. Ya me voy —anuncié apresurándome hacia la puerta—. Hágame caso, de verdad. Salgan de aquí, váyanse lejos. Estoy a punto de dar con el asesino, pero vendrá a por usted. No parará hasta cobrarse su venganza.
—¿Pero de qué está hablando, Miguel? —exclamó la señora, aferrada con fuerza al brazo de su marido.
—¡Fuera! —ordenó el juez—. ¿No ve que la está asustando? ¡Salga ahora mismo de esta casa!
Reculé hacia la puerta con las manos levantadas en signo de paz.
—Hablo en serio. Por favor, hágame caso —repetí por última vez antes de salir—. Váyase. Está a tiempo de salvar su vida.