Bajamar Capítulo 76
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Capítulo 76

La salida del sol fue una bendición. Lola había dormido el resto de la noche en mi cama y Sua a los pies de ella. Yo no había vuelto a pegar ojo, atento al mínimo ruido, a cualquier sombra que se dibujara al otro lado de la ventana.

Cuando las primeras luces del alba bañaron la habitación con los tonos cálidos de una jornada primaveral, Lola saltó de la cama.

Su plan ciclista seguía intacto. El susto de la noche no le había arrebatado las ganas de salir a entrenar.

Al contrario, parecía encantada de alejarse de la casa del camino del faro.

Hacía apenas una hora que se había marchado cuando me preparé otra cafetera. Era la segunda y todavía no habían dado las nueve de la mañana. El día prometía hacerse muy largo.

Mientras esperaba a que el café subiera, observé a Sua. Jugaba con una pelota de tenis que había encontrado en algún rincón. De vez en cuando olisqueaba una sudadera que Lola había dejado hecha un guiñapo en el sofá y se quedaba mirando la puerta con la esperanza de que regresara.

—La vas a echar de menos cuando se marche —le dije acariciándolo—. Y no eres el único.

Me acerqué a la ventana con la taza de café entre las manos.

Las olas batían con fuerza al otro lado del cristal.

El día soleado no se reflejaba en un Cantábrico que se veía especialmente furioso.

A pesar de la marejada, los barcos pesqueros se habían hecho a la mar.

Había visto sus luces de posición dirigiéndose a sus caladeros durante mi vigilia nocturna.

Apuré el café y cogí de encima de la mesa la noticia que mostraba a Aresti posando con la sentencia judicial que le adjudicaba la casa-torre.

La había localizado por internet. Le di la vuelta al folio.

Esa cara en blanco me serviría. Quería plasmar sobre el papel todo lo que tenía.

Lo había visto en las películas de policías: la pizarra en medio de la comisaría, las fotos de los sospechosos, los hilos marcando las conexiones de unos con otros…

No pretendía llegar a tanto, pero necesitaba organizar toda la información que había conseguido para seguir avanzando.

Mis notas no tardaron en llenar toda la superficie.

Lea Alzaga… La defensora de la naturaleza, la corredora del alba, la embajadora del turismo tranquilo.

Sí, pero según Cristina también la mujer cruel, capaz del chantaje más mezquino.

Apunté en mayúscula que su padre era el arquitecto municipal cuando la casa-torre de Bengolea fue llevada a subasta.

Y, además, era novia, o más bien exnovia, de Amaia.

Maite Iturri era concejala de Urbanismo en Lekeitio el año que la torre fue subastada. Había podido confirmar la coincidencia de fechas en el ayuntamiento. En la actualidad era consejera de Turismo del Gobierno Vasco.

José Ignacio Aresti podría requerir todo un cuaderno para sí solo. Me limité a apuntar lo que parecía tener interés para el caso: propietario de numerosos alojamientos turísticos y adjudicatario de la subasta impugnada por la familia de Amaia.

En el recuadro que reservé a los sospechosos solo aparecían Amaia y sus padres.

¿Y Luca? ¿Debía incluirlo también entre los posibles asesinos? El italiano se había ido de rositas tras la visita del oficial Castaños, pero a mí no me engañaba. Algo tenía que haberlo empujado a dejar su casa en Ottana para mudarse a una miserable caravana a orillas del Lea.

¿Y Cristina? Me dolía planteármelo, pero de pronto tenía la sensación de no conocer a mi compañera. ¿Y si era cómplice de Amaia?

Llené lentamente los pulmones y me recosté en la silla.

Tenía la impresión de encontrarme en un callejón sin salida. Quizá hubiera llegado la hora de tratar de contárselo todo a Castaños y que fuera él quien decidiera cómo continuar.

El móvil vibró sobre la mesa.

Estiré la mano sin interés, pero me animó comprobar que se trataba de Valeria.

Una voz amiga en medio del caos.

—¿Cómo estás? —saludé en italiano.

—¡Hola, Jon! ¿Tienes noticias? —preguntó ella atropelladamente.

Se refería a Luca. La víspera le había escrito para contarle que lo habían encontrado.

—Nada. Lo han dejado libre —resumí. La inspectora me lo había contado a primera hora. El italiano no había puesto obstáculos a que los agentes echaran un vistazo en su caravana. No habían hallado nada sospechoso.

—Pues yo tengo algo —anunció Valeria—. Una carta.

Pensé en su desván y la caja de galletas. La habíamos vaciado. Allí no quedaba nada.

—¿Dónde estaba?

Valeria tardó unos segundos en responder.

—En casa de Luca.

—¿Cómo? —No entendía nada.

—Estoy en Ottana, Jon. Regresé de Cagliari en cuanto me avisaste de que habían encontrado a mi vecino. Se me ocurrió que quizá en su casa podía dar con alguna prueba.

—Dime que no has forzado la puerta —musité cerrando los ojos.

—No, tranquilo. Solo una ventana.

Me llevé la mano a la frente y resoplé. Todo aquello empezaba a rozar la locura: la visitante nocturna, con su máscara sarda, espiando a mi sobrina; Valeria allanando la casa de Luca en Cerdeña; Nerea saltándose una y otra vez la confidencialidad de los pacientes…

Tenía que detener aquella espiral antes de que fuera demasiado tarde.

—La madre de Luca tenía su propia caja de galletas —continuó Valeria—.

Grazia también le escribía a ella. La mayoría de las cartas no contaban nada que no supiéramos.

Le explicaba que trató por todos los medios de proteger a su bebé y le pedía que la perdonara por no haber sido capaz de impedir que aquella bestia lo asesinara.

También le contaba cómo rehízo su vida lejos de Ottana…

—Pero hay algo nuevo en alguna de ellas —comprendí. Estaba impaciente por oírlo.

—¡Exacto! Habla del día que los desahuciaron.

Dice que el padre no soportaba haber perdido la casa que había pertenecido a su familia durante generaciones.

Grazia escribe que tenía la mirada de quienes ya solo esperan que una mujer como ella acuda a poner fin a su sufrimiento. Y espera, ahora viene lo mejor.

—Sigue —la apremié mientras el auricular me acercaba el crujido del papel.

—Cuenta que lo vio salir de casa al alba, mientras su familia aún dormía.

Se dirigía a la playa y llevaba algo consigo.

Según Grazia, eran las monedas de oro que el bisabuelo del hombre había traído de las Américas.

Estaba convencida de que iba a enterrarlas allí, antes de que el juez se las arrancara también de las manos.

No necesité oír más.

¡Oro! Monedas traídas por un antepasado indiano. Eso era lo que Luca buscaba en la playa. El mapa repleto de anotaciones que guardaba en su caravana marcaba las ubicaciones de su rastreo.

Pero aquellas líneas a las que se refería Valeria no solo explicaban el motivo de la presencia del italiano en Lekeitio.

Había algo más en ellas. La mención al juez encendió en mi mente una señal de alarma.

La venganza no sería completa sin acabar también con la vida de quien había inclinado la balanza de la Justicia del lado que Amaia, o sus padres, o quizá todos ellos, consideraban una deshonra.

Quienquiera que fuera ese magistrado, corría un grave peligro.

Me despedí precipitadamente de Valeria y di la vuelta al papel con mis notas. Ahí estaba la noticia de la casa-torre. José Ignacio Aresti posaba feliz ante el edificio que se había adjudicado en subasta pública.

El juzgado que se había pronunciado a favor del constructor era el de Gernika.

Busqué su teléfono y lo marqué.

Un mensaje grabado me indicó que eligiera el idioma y después me invitó a esperar con una música de piano que se repetía en bucle cada pocos segundos. Cinco minutos más tarde me saludó una voz de hombre que sonaba desganada.

—Juzgado de Gernika, dígame.

— Egun on . Llamo por una consulta.

—Usted dirá.

Le expliqué que necesitaba saber qué juez había dictado la sentencia que desestimó la impugnación de la subasta de la casa-torre de Bengolea. El procedimiento se había seguido en el Juzgado de Primera Instancia número uno.

—Lamento decirle que no puedo proporcionarle esa información. Si quiere, venga por aquí, rellene una instancia y veremos qué podemos hacer —zanjó el funcionario.

—Es muy urgente —objeté, pero antes de que terminara de pronunciar esas tres palabras, aquel tipo me había colgado el teléfono.

Iba a volver a marcar el mismo número cuando se me ocurrió que quizá tuviera otra vía para obtener esa información: mi hermana.

Ella había seguido los pasos de mi padre y estudió Derecho. Incluso llegó a compartir bufete con él. Cuando todo parecía indicar que sería su sucesora, lo dejó. La abogacía no era lo suyo y decidió embarcarse en la aventura de abrir su propio restaurante.

Los contactos, en cualquier caso, debían de seguir ahí.

La llamé con la esperanza de que pudiera echarme una mano.

—¿No tienes el número del procedimiento? —me preguntó cuando le expliqué lo que necesitaba.

—No. Solo tengo la noticia. Ahora mismo te la envío. Espero que sea suficiente.

—Voy a hablar con Marisa, la procuradora con la que solíamos trabajar. No creo que le cueste más de un par de llamadas averiguarlo.

Apenas habían pasado diez minutos cuando recibí su respuesta por WhatsApp.

La impugnación de la subasta se resolvió en el Juzgado de Primera Instancia cuyo titular era el magistrado Miguel Olasagasti, actualmente jubilado.

Le di las gracias y llamé de inmediato a Nerea. A esa hora estaría en el centro de salud y el nombre del juez le bastaría para localizar su dirección en la base de datos del Servicio Vasco de Salud.

Tenía que alertarlo antes de que fuera demasiado tarde.