Bajamar Capítulo 75
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Capítulo 75

La necrópolis se recortaba entre los robles, bañada únicamente por la luz cálida que brotaba de las ventanas de la caravana.

Las estelas, perdidas en el silencio de los lugares olvidados, mostraban extraños símbolos precristianos grabados en su arenisca milenaria.

La niebla avanzaba lenta entre las tumbas, las acariciaba con sus dedos fríos y se colaba por sus resquicios.

El italiano no había elegido aquel lugar al azar. Sus propios secretos se fundían con los que dormían en aquel camposanto cuyas raíces se perdían muchos siglos atrás.

De pronto, un latido metálico atravesó el bosque.

Ottana. El carnaval. Lo supe en cuanto lo oí: los bueyes y sus pastores, los cencerros marcando el ritmo.

Sus siluetas danzaron entre las estelas, proyectando sombras llegadas desde la Barbagia hasta aquel rincón perdido en las montañas vascas.

No estaban todos. Faltaba la vieja hilandera.

Les di la espalda y caminé en silencio hasta la caravana. La cortina estaba abierta, igual que aquel día junto al hospital fantasma.

Vi a una chica en la cama. El corazón me dio un respingo al reconocer a Lola. Estaba tratando de comprender cómo había llegado allí cuando una sombra se cernió sobre ella. Negra como un cuervo, con el cabello cubierto por un pañuelo del mismo color.

El mazo que portaba acertó de pleno en la sien de mi sobrina, despertando un alarido gutural que silenció para siempre los cencerros del carnaval.

La acabadora se giró entonces hacia mí. Pero justo cuando su rostro estaba a punto de revelarse, abrí los ojos y solo encontré el techo de mi habitación.

Me senté en la cama, temblando y completamente bañado en un sudor frío. Era extraño: el grito seguía ahí, hiriendo de muerte la noche. Tuve que parpadear varias veces para comprender que era real.

—¡Lola! —exclamé saltando de la cama—. ¡Lola!

Corrí al salón, encendí la luz de un manotazo y la vi en el sofá. Abrazaba sus piernas con fuerza, como si pretendiera hacerse lo más pequeña posible. Y gritaba. Gritaba horrorizada.

—¡Estaba ahí! —Señalaba la ventana.

—¿Quién? ¿Qué pasa? ¿Qué has visto?

Sua también ladraba enloquecido.

—Era… —Lola sacudía la cabeza intentando entender—. Era horrible, tío. ¡Me estaba mirando!

Me dirigí a la puerta y la abrí sin pararme a pensar, armado de un valor que desconocía.

No estaba dispuesto a que nadie hiciera daño a mi sobrina.

Miré a un lado y a otro. Todo se veía tranquilo.

El sonido lejano de un camión de la basura fue el único que se sumó al susurro de un Cantábrico que dormía.

Di un paso hacia las sombras y oí a Lola llamarme, alarmada.

No quería que me alejara. Y no lo haría.

Solo quería saber quién estaba ahí. Busqué sin éxito a ambos lados de la casa y cuando regresé a la puerta, Sua había salido.

Ladraba en dirección al faro. Quizá él fuera capaz de ver algo que mi vista no alcanzaba.

Por un momento estuve tentado de ir hacia la torre de luz, pero lo descarté. No tenía sentido correr riesgos.

Además, Lola insistía a gritos en que no la dejara sola.

Regresé al interior maldiciendo por lo bajo que mis padres hubieran elegido aquella casa tan apartada del núcleo urbano. Quizá las tardes de verano tuvieran su punto bucólico al borde del acantilado, pero en momentos como aquel se echaba de menos tener vecinos al alcance de la mano.

Estábamos solos. Completamente solos.

—¿Lo has visto? —me preguntó mi sobrina mientras me aseguraba de dar dos vueltas a la cerradura.

No se había movido del sofá. Sua corrió a su lado y se metió debajo de la manta.

—No he visto a nadie —suspiré.

—Pues te juro que estaba ahí. ¡Me estaba espiando!

Me senté junto a ella y me sorprendió que me abrazara. Mi sobrina adolescente buscando contacto físico… Tenía que estar muy asustada para hacer algo así.

—Lo siento. No tendrías que estar viviendo esta situación —murmuré, pasándole la mano por la espalda.

Era viernes. Faltaban dos días para que Lola regresara a Madrid. Me dije a mí mismo que los pasaría sin dormir si era necesario. Montaría guardia junto a la puerta. No estaba dispuesto a correr el más mínimo riesgo.

—Estaba cantando. No movía la boca, pero cantaba —recordó mi sobrina sin apartarse de mí.

—¿Era una mujer? —le pregunté—. ¿Has podido ver su cara?

Mi sobrina asintió, abrazándome con más fuerza.

—Era horrible, tío. Daba mucho miedo. —Se apartó de mí para mostrarme el rostro.

Se llevó las manos a los ojos—. Esto era lo peor.

Los tenía hundidos. Vacíos. ¡Sin vida! Y la nariz comenzaba en la frente y le llegaba hasta su boca torcida.

La tenía así. —Sus labios se curvaron de manera grotesca en una mueca que fundía tristeza y desagrado.

Sentí un escalofrío. Había visto antes el rostro que Lola describía con todo detalle.

Cogí el móvil y tecleé algo en el buscador. Mostré la imagen a mi sobrina.

—Joder —exclamó llevándose la mano a la boca—. ¡Era exactamente así! ¿Cómo lo has sabido? ¿Quién es esa señora?

Tragué saliva, clavando la mirada en la máscara que llenaba la pantalla. Sus ojos vacíos me devolvían una tristeza antigua, infinita, acentuada por una mueca acusadora.

Era Sa Filonzana , la vieja hilandera sarda que decidía vida o muerte.