Bajamar Capítulo 74
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Capítulo 74

—Y entonces ha echado a correr. Menudo susto me ha dado.

Pensaba que lo perdía. No podía alcanzarlo.

—Lola no paraba de gesticular mientras me lo explicaba.

A su lado, sentado en el suelo y con los ojos fijos en el pedazo de pizza que mi sobrina tenía en la mano, Sua asistía a la narración sin pestañear.

—Es mejor no seguirle. Si lo haces, cree que estás jugando y continúa adelante. Es mejor quedarte quieta y llamarlo. En cuanto ve que lo has dejado solo, regresa a por ti. Es un perro pastor y lo lleva en los genes. Su rebaño tiene que estar unido.

—¿Somos sus ovejas? —preguntó Lola levantando una ceja.

—Algo así —reconocí.

Mi sobrina se terminó la porción de pizza y se quedó mirando la última que quedaba en la bandeja.

—Come, tranquila. Yo no tengo hambre —concedí, empujándola hacia ella.

No me hizo falta repetírselo.

—¿A ti qué tal te ha ido en la trainera? —preguntó con la boca llena—. Tiene que estar guay. Me gustaría probar. Pero de día. ¿Por qué entrenáis de noche?

Buena pregunta… Yo también me la hacía siempre que llegaba al club de remo y veía las farolas encendidas en el muelle.

—Porque todos trabajamos y muchos de mis compañeros no podrían entrenar antes. Dentro de un mes a esa hora será de día, pero en febrero todavía se hace de noche muy pronto.

Lola entrecerró los ojos, pensativa.

—Bueno… Tendrá su gracia lo de salir al mar sin ver nada. Es como una aventura.

—Algo así —murmuré.

Era incapaz de sacudirme de la cabeza la idea de que, mientras nosotros cenábamos, el oficial Castaños estaría tomando declaración al buscador de tesoros.

Lo habían localizado en Elorrio después de que Itziar solicitara la colaboración del resto de las policías locales de Bizkaia.

Una patrulla rutinaria había dado con su caravana en el entorno de la necrópolis de Argiñeta.

Lo más probable era que hubiera huido de Lekeitio la misma noche en que fui a visitarlo.

Ojalá aquello sirviera de algo. No era muy halagüeño saber que todo dependía ahora del ertzaina que estaba empeñado en señalarme como culpable.

Castaños podía atar los cabos, llevarlo ante el juez y conseguir el registro de la caravana, donde quizá se ocultara el arma homicida.

O podía dejarlo marchar sin mirar más allá de sus propias certezas.

—Eres igual que mamá —se burló mi sobrina—. Pones cara de que me escuchas, pero pasas de mí.

—¡No! Te estaba escuchando.

—No es verdad. ¿A que no, Sua?

El border collie nos miró sin interés.

—¿Ves? Dice que mientes.

Me reí antes de inventar algo sobre la marcha.

—Me estabas diciendo que hoy se te ha escapado y…

Mi sobrina se cogió la frente con las manos. Fingía estar desesperada, pero se reía.

—¡Eso era hace dos horas! Te estaba diciendo que he visto el tiempo y mañana, por fin, podré salir en bici. Dan sol.

Me obligué a no poner mala cara. La sola mención al ciclismo me hacía revivir con una crudeza terrible el accidente que nos había cambiado la vida a todos.

Lola, en cambio, había vuelto a subirse a la bicicleta solo un mes después de aquello.

En lugar de cogerle miedo, en lugar de hacernos caso a quienes le decíamos que quizá era mejor dejarlo, se había aferrado con fuerza a su deporte favorito.

Decía que tenía que hacerlo por ella, pero también por Sofía. Y por Mónica.

—He buscado una ruta muy chula —aseguró al percibir mi preocupación—. Iré por la costa hasta Elantxobe, de allí a Gernika y de regreso subiré un puerto que hay entre Aulesti y Martina.

—Markina —corregí.

—¿Con k? Claro, como todo por aquí. Es que vaya nombres… Pues he visto que hay una subida potente. Para probarme un poco las piernas.

—Ten mucho cuidado —le advertí—. Y lleva el móvil. Y también un chubasquero; aquí nunca se sabe.

—No te preocupes por mí, tío. Son carreteras con poco tráfico. De verdad.

Todavía lo estaba diciendo cuando sonó su teléfono.

Fui incapaz de no ver la foto de un chico que mostraba la pantalla. Sacaba la lengua, burlón, y tenía la cara salpicada de gotas de barro.

Lola trató de disimular la sonrisa que se le dibujó mientras se levantaba.

—Ahora vengo —dijo subiendo las escaleras a toda prisa.

No había llegado aún al piso superior cuando contestó la llamada. Su tono de voz me hizo reír. Conmigo no era tan dulce. ¡Con nadie lo era!

Tardó más de un cuarto de hora en regresar. Y cuando lo hizo seguía radiante. Se apoyó en la mesa y me señaló de manera acusadora.

—No se lo digas a mamá —me advirtió muy seria.

—Soy una tumba.

—¿Prometido?

—Claro. No soy ningún chivato.

Una sonrisa iluminó su cara.

—Es supermajo.

—Y ciclista.

—¿Cómo lo sabes?

—Tú dirás —me reí llevándome el índice a la cabeza—. He visto el casco en la foto.

Lola la buscó en el móvil y me la enseñó.

—Se la saqué cuando llegó a la Bola del Mundo. Pobre. Cómo llovía aquel día —comentó sacudiendo la mano—. ¿A que es guapo?

Sua acudió a mi rescate. Apoyó las patas delanteras en las piernas de Lola. Quizá él también quería ver al ciclista, pero se conformó con unas caricias.

—Habéis hecho muy buenas migas —indiqué al ver al perro tan a gusto.

—A ratos —reconoció Lola abrazándolo, pero enseguida se lo sacudió de encima—. Puaj… ¡Que no me chupes la cara, pesado!

—Es muy pesado, sí —admití poniéndome en pie para recoger los platos.

Lola bostezó.

—Yo estoy hecha polvo, y es por tu culpa —dijo señalando a Sua—. No sé cuántos kilómetros he hecho persiguiéndote. Media maratón por lo menos… Creo que me voy a ir a dormir.

—Yo también. Recojo un poco esto y me voy a la cama. Ha sido un día muy largo. Creo que voy a dormir como un lirón.

Todavía no imaginaba lo equivocado que estaba.