Capítulo 73
—Os tenía bien engañados. ¿Qué ve todo el mundo en esos vídeos que colgaba en internet?
—preguntó Cristina antes de responderse a sí misma—.
Una chica encantadora, con una empatía desbordante por los animales, incapaz de hacer daño a una mosca.
—Mi compañera se dio un puñetazo en la palma de la mano—.
¡Ja! Mera apariencia. Como todo en las redes sociales.
Un personaje construido por ella para ganar seguidores.
Exhalé despacio. Aún no había logrado sacudirme del todo el miedo que había pasado.
Tampoco la vergüenza por el numerito en la trainera.
Me había dejado arrastrar por las emociones, empujado hacia un peligro inexistente, fabricado por una mente tramposa.
Necesitaba aprender a gestionar ese tipo de situaciones antes de que crecieran hasta convertirse en una bola de nieve capaz de arrasarlo todo.
Patxi se había ofrecido a acompañarme a casa, pero Cristina no tardó en apartarlo. Se bastaba sola; para algo éramos compañeros de trabajo.
Hablaba ella. Yo caminaba en silencio, atento a sus palabras y a los guiños intermitentes que el faro de Santa Catalina nos lanzaba desde el final de la carretera. El Cantábrico se insinuaba a nuestro lado, reclamando una atención que la falta de oleaje le negaba.
—¿Sabes quién era Lea en realidad? —preguntó con una rabia desconocida en ella.
Jamás había visto así a Cristina—. Una manipuladora perversa.
Todo lo que aprendió de Jokin lo repitió con Amaia.
Al verla tan joven e inexperta, Lea disfrutaba intimidándola y menospreciándola.
La hacía sentir una mierda. La humillaba por no ser capaz de contarles a sus padres que estaba saliendo con una mujer.
Le marcaba ultimátums, le dejaba claro todo el tiempo quién tenía el control.
Pensé en mi encuentro con Amaia junto a la ermita de Oibar. No era esa la impresión que me había dado.
—Yo la vi devastada por la muerte de Lea. Y parecía muy enamorada.
—Las víctimas siempre se resisten a verse como mujeres maltratadas.
Pero lo cierto es que Amaia llevaba meses tratando de apartarse de ella, harta de sus presiones, cansada de que le pusiera fechas límite para contar en casa algo que solo ella debía decidir cuándo y cómo hacer.
El día que le dijo abiertamente que quería dejarlo, Lea la amenazó con hacer público un vídeo que habían grabado juntas.
Ya sabes… —Cristina hizo un gesto explícito con las manos—.
Para que veas, la mosquita muerta, la defensora de los animales…
Ahí la tienes, empleando un vídeo sexual para poder chantajear a su pareja.
Aquello era un buen móvil para un crimen. Apreté los dientes para no decirlo en voz alta.
—Sé lo que estás pensando —continuó Cristina—. Y por eso Amaia no te contó la verdad. Era consciente de que, si hubiera explicado lo del vídeo, todas las sospechas se habrían vuelto contra ella.
Cuanto más la escuchaba, más dudas me asaltaban.
Aún tenía en la retina el recorte del club de remo. Amaia no solo contaba con un buen motivo para querer silenciar a Lea para siempre; además, era una piragüista experta, y eso podría vincularla al crimen de la consejera de Turismo.
De pronto fui consciente de lo cerca que caminaba del acantilado. Solo un par de pasos me separaban de caer al mar. Un par de pasos o… un empujón.
¿Y si Cristina…?
No. Ella no.
Me lo repetí para mis adentros mientras me cambiaba de lado. Mejor que fuera mi compañera quien avanzara al borde de las rompientes.
¿Es que no iba a poder confiar en nadie?
—¿Por qué no me contaste que estabas con ella?
—Por respeto. Porque Amaia quiere mantenerlo en secreto y yo no voy a forzarla a lo contrario.
Yo no soy Lea, Jon. Lo mínimo que podemos hacer cuando estamos con alguien es admitir a esa persona tal como es, no pretender cambiarla.
Amaia y yo somos dos lamias. Las últimas lamias de Okamika.
Algún día saldremos de la cueva sin miedo a que nos persigan, pero ese tiempo todavía no ha llegado.
Todo aquello sonaba muy bien, pero había muchas notas discordantes en la melodía.
—Me has dicho que llevas con ella desde hace meses.
—Desde el día de gansos —concretó Cristina—.
Nos conocíamos hace mucho, del instituto.
Ella estaba en secundaria y yo trabajaba en el comedor.
Luego empezamos a coincidir por el pueblo: un saludo, un qué tal…
Hasta el día de la fiesta. Me la encontré paseando por aquí, por esta misma carretera.
Llorando. Le pregunté qué le pasaba, nos fuimos a ver la puesta de sol al faro y así empezó lo nuestro.
—Hace unos cinco meses —calculé.
Cristina asintió.
—Ya sé que estarás pensando que lo he intentado contigo alguna vez…
—se adelantó sin que yo le pidiera ninguna aclaración—.
Querer a una persona no significa que no puedas sentir atracción por otras.
Nos han enseñado a vivirlo todo como si fuera blanco o negro, y no lo es.
No te dejes llevar por eso, Jon. Fluye. Abre tu mente.
Mira lo que te acaba de pasar en la trainera.
Eso es porque no estás bien contigo mismo.
Vives constreñido por las normas que nos imponen para manejarnos a su antojo. Te manipulan.
Habíamos llegado a la puerta de mi casa. Ver luz tras la ventana del salón me alegró. Me encantaba tener a Lola conmigo. A ella y a Sua.
—Gracias por acompañarme —dije volviéndome hacia Cristina. No tenía ganas de seguir hablando. No después de lo que me había contado.
—Dame un abrazo, anda. Y fluye. Verás que la vida es mucho mejor si lo haces.
Sus brazos me estrecharon con una fuerza que no fui capaz de corresponder. Había demasiadas dudas en mi cabeza como para darle un abrazo sincero.
—Te están llamando —señaló mi compañera.
Mi mano temblaba mientras buscaba el móvil en la bolsa de deporte.
Me sorprendió el nombre que mostraba la pantalla.
—Hola, Itziar —contesté mientras me apartaba unos pasos.
La voz de la inspectora había recobrado su fuerza habitual. Ya no era la mujer que necesitaba tiempo por lo de su hermano.
—Jon, lo tenemos. El italiano ya es nuestro.