Capítulo 72
Solo habían pasado unas horas de mi visita a la cueva de las lamias cuando entré en el club de remo.
El vestuario me resultó más frío de lo habitual, igual que la acogida de los pocos remeros con los que me crucé.
Las noticias sobre mi detención y los rumores sobre mi supuesta fuga ya habían alcanzado todos los rincones de Lekeitio.
No había un lugar por el que pasar sin notar miradas de reojo ni murmullos a la espalda.
—Míralo, el madrileño —dijo con desdén una voz que conocía demasiado bien.
Era Jokin. Estaba sacando la trainera con algunos otros. Al contrario que a mí, no parecía que su detención le hubiera pasado factura en sus relaciones sociales.
Fingí no haberlo oído y me detuve ante la fila de trofeos alineados sobre una repisa. Mejor que fueran ellos quienes bajaran la embarcación al agua. Después del episodio de la isla, cuanto más lejos me mantuviera de Jokin, mejor.
La pared bajo los trofeos estaba cubierta de fotografías y recortes de periódico. El más reciente, de hacía apenas unos meses, celebraba el regreso de la trainera de Lekeitio a la Bandera de la Concha, tras muchos años sin lograr clasificarse para la gran cita del remo en el Cantábrico.
Pero esos eran los buenos, los de la división de honor. Lo nuestro era más un juego que un deporte, por mucho que les pesara a algunos veteranos que pretendían replicar en nuestra trainera la experiencia de sus años en la competición.
El tono amarillento del papel y las esquinas comidas por la carcoma delataban la antigüedad de otras noticias. En algunas reconocí a Goiko. Mucho más joven y sin su gorra, pero con la misma mirada serena.
—¿Ya estamos otra vez con las goteras? —lamentó alguien a mi espalda.
—Díselo a los del ayuntamiento. Si en lugar de poner parches hicieran bien su trabajo, no estaríamos así cada dos por tres.
La conversación de aquellos dos remeros se diluyó de repente en la nada. Uno de los recortes acababa de adueñarse de toda mi atención.
La fotografía que la ilustraba mostraba una piragüista. Su rostro me resultaba familiar. Me acerqué a comprobarlo. No lo necesitaba: el titular, que hablaba de una medalla de bronce en el Campeonato de España, incluía su nombre.
—Vamos, Jon. Te estamos esperando —me llamó Cristina.
Me giré hacia ella. La vi ahí, en el exterior, reforzando su llamada con gestos para que me apresurara.
—¿Eh?
—Venga… Solo faltas tú. ¿Estás bien?
La seguí por la rampa con aquella imagen de Amaia todavía en la retina. La piragua que envejecía en un cobertizo rodeado de plantaciones de kiwis no era de su padre. Era suya. Y no solo era una afición, sino que era experta en su manejo.
—Estás raro. ¿Seguro que no te pasa nada? —me preguntó mi compañera, apoyándome la mano en la espalda.
Sentí que se me erizaba la piel y tuve que hacer un esfuerzo consciente por no apartarme.
—Todo bien. Estaba pensando en mis cosas.
Cristina se rio.
—¡Estás fatal! Necesitas más remo y menos darle a la cabeza.
La trainera nos esperaba en el agua. Los demás ocupaban ya sus puestos. Jokin me dedicó una mueca que era todo menos una bienvenida. Y esta vez no fue el único. Algunos de quienes normalmente me saludaban evitaron cruzar conmigo una simple mirada.
—Ni caso. Ya se les pasará —me susurró Cristina mientras nos dirigíamos a nuestro banco.
Sus palabras no me calmaron. ¿Cómo iban a hacerlo?
El patrón alzó la mano para zanjar los cuchicheos.
—A mí me da igual lo que hagáis cuando no estéis aquí, pero en la trainera somos uno solo. ¿Entendido? Puntualidad y disciplina. Los errores de uno acaban afectando al resto.
Comprendí que el mensaje iba dirigido a mí. Una llamada al orden disfrazada de advertencia general.
Las primeras paladas nos hicieron desfilar entre los pesqueros amarrados.
Al salitre se le sumaba un leve olor a fueloil y los toques acres de las redes secándose a la serena.
Después el abrazo de los diques dio paso a la inmensidad de un Cantábrico sobre el que la noche había caído sin detenerse a avisar.
Había escampado. El mar estaba en calma y las estrellas brillaban altas. La luna apenas era una pestaña suspendida en el oeste.
—Qué buena noche para remar —comentó Patxi, de pie en la popa.
Hubo comentarios de asentimiento. A mí, en cambio, ver cómo las farolas se hacían cada vez más pequeñas y la oscuridad se adueñaba de todo me anudó el estómago.
Miré a Cristina de reojo. De pronto tenía la impresión de no conocerla.
Mis dedos estrecharon el remo con fuerza. Mis pensamientos navegaban entre la decepción y la traición. ¿Quién era en realidad esa mujer que remaba a mi lado?
—Cristina —dije tratando de no sonar demasiado serio—. Hoy he ido en busca de las lamias. He estado en la cueva.
—Okamika —masculló sin perder el ritmo.
—Un lugar interesante.
Las luces de Lekeitio titilaban cada vez más lejos. De vez en cuando una ola nos robaba su visión y entonces todo era negro.
—Especial —resumió ella. Estaba tensa.
—Sobre todo para ti.
Mi observación la hizo perder el compás. Su remo fue de pronto un verso suelto.
—A ver ahí… Cristina… —le llamó la atención el patrón—. Menos cháchara.
—¿A qué te refieres? No te entiendo —susurró mi compañera en cuanto recobró el ritmo.
—Podías habérmelo contado en lugar de inventarte la historia de las lamias para mantenerme alejado de la cueva. Sabes que conmigo tu secreto está a salvo.
Cristina calló. Vi cómo sus manos se crispaban sobre el remo. Perdió de nuevo el ritmo.
—¡Cuidado! —exclamó Patxi—. ¿A qué venís? Para hablar tenéis el Muga.
Lekeitio había desaparecido casi por completo. Solo lograba atisbar sus luces cuando alguna ola nos elevaba. Estaba muy lejos. Demasiado lejos.
—Hay algo que me gustaría que me aclararas —planteé con un hilo de voz. El miedo me impedía hablar con claridad—. Cuando me atacaron también oí cantar a una mujer.
—No, Jon… No vayas por ahí. No tengo ni idea de quién quiso matarte, pero te aseguro que no fui yo. Y Amaia tampoco.
Todavía no me había quitado de la cabeza la foto de Amaia en el campeonato de piragüismo.
—¿Por qué estás tan segura de que no fue ella?
—Porque la conozco. Llevamos meses juntas —zanjó Cristina.
Un sudor frío comenzó a perlarme la frente al ver que Patxi no daba todavía la orden de virar. ¿Hasta dónde pretendía que llegáramos? ¿A qué esperaba para darla? Era de noche. No tenía sentido alejarse tanto.
—Entonces, Lea y Amaia… —acerté a decir con un hilo de voz.
—Lea no era quien tú crees —me cortó Cristina sin disimular su desagrado.
Esta vez fue mi remo el que chocó contra el de atrás.
—Pero ¿qué os pasa hoy? —exclamó Patxi desde la popa—. ¿Podéis estar al entrenamiento?
Comprender que todavía íbamos a seguir alejándonos del puerto me superó. Sentí que me costaba respirar. Ni siquiera los guiños amigos del faro de Santa Catalina lograron contagiarme una pizca de tranquilidad.
—¡Basta! ¡No puedo! ¡Por favor…!
Oí mis propios gritos sin reconocerlos. Los remos del resto de los tripulantes se sumieron en un perfecto desorden. Unos se detuvieron, otros siguieron adelante…
La trainera se escoró de manera peligrosa.
Íbamos a volcar en medio del mar, de noche y a una distancia inmensa de la costa…
El pecho se me cerró. Inspiraba, pero no era suficiente. El aire entraba mal, a trompicones.
Era consciente de que se trataba de un ataque de pánico. Los diagnosticaba cada día. Y sin embargo era incapaz de ponerle freno. Mi mente iba más rápido, mucho más, que mis intentos de calmarla.
—¡Tengo que volver! Por favor. ¡Tengo miedo! —rogué soltando el remo.
Patxi alzó la vista al cielo; cuando volvió a mirarme asintió con un gesto sereno que me transmitió calma. Era en momentos así cuando un buen patrón demostraba por qué estaba al frente de la trainera.
—Preparaos para virar a babor. Volvemos a puerto.
Nadie discutió la orden. Los murmullos se apagaron y, de pronto, trece pares de brazos comenzaron a remar rumbo a casa.