Bajamar Capítulo 71
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Capítulo 71

Después de comer dejé a Lola al cuidado de Sua y me dirigí a un lugar mágico del valle del Lea.

Una ermita a orillas de un río cantarín, árboles mirándose en la corriente, el rugido lejano de un salto de agua, una cueva habitada por personajes de leyenda…

Aquel paraje lo tenía todo para ser el escenario de un maravilloso cuento infantil, con sus hadas y sus gnomos.

Sin embargo, aquel día de febrero Oibar se me antojaba el rincón menos acogedor del mundo.

Muy cerca me habían derribado con un alambre trenzado.

No lejos habían intentado matarme abriendo la llave del gas.

Y entre la niebla de la orilla aún persistía el eco de un canto, el de una mujer que se dirigía a la casa-torre cuyo morador aparecería asesinado pocos días después.

Probé sin éxito a abrir la puerta del templo religioso y busqué alrededor algún lugar donde esperar sin ser visto.

Suponía que Amaia no tardaría en aparecer, de regreso de la residencia donde trabajaba, pero quería evitar a toda costa que sus padres me descubrieran en pleno camino de acceso a su caserío.

Necesitaba hablar con ella. Quería que me confirmara lo que en mi mente era una certeza: que su familia había acogido a Grazia Serra tras su marcha de Cerdeña. Ese era el último cabo que me faltaba por amarrar. Y confiaba en poder hacerlo.

Porque Amaia era la niña que la italiana mencionaba en sus cartas.

Estaba tan seguro de ello como de que era su padre quien había robado la piragua que había abandonado en la isla tras acabar con la vida de la consejera de Turismo.

La embarcación hallada en su cobertizo cantaba a los cuatro vientos que sabía manejarlas con la soltura necesaria para abordar un velero en marcha.

Todavía buscaba un escondrijo cuando el motor de un coche me hizo saltar detrás de un árbol. El crepitar de los neumáticos en la gravilla no tardó en sumarse a la advertencia. Venía del caserío de Amaia.

Lo oí llegar y también reducir la velocidad.

Traté de hacerme pequeño, invisible, tras el roble desnudo de hojas que había elegido, más por su cercanía que por el grosor exiguo de su tronco.

El coche continuó frenando hasta detenerse casi por completo a solo unos pasos de mí. Llegué a ver al padre de Amaia al volante y temí que me hubiera descubierto.

Oír el vehículo perdiéndose en la distancia poco después solo me insufló una fugaz sensación de tranquilidad. Ese tipo podría regresar en cualquier momento. No podía arriesgarme a quedarme por allí, protegido únicamente por la suerte y unos árboles tacaños en su grosor.

—La cueva —me dije en voz baja.

Me dirigí a la más cercana de sus tres bocas.

Se trataba de un acceso estrecho, apenas una grieta oculta entre los fresnos.

Desde la distancia se hubiera dicho una simple herida abierta en la ladera.

Pero el aire que brotaba de su interior, frío y húmedo, delataba las galerías subterráneas que se extendían bajo tierra.

Quizá entrar en una gruta a solas y sin ningún tipo de equipo de espeleología no fuera la mejor idea del mundo, pero no me lo pensé dos veces.

Tampoco pretendía adentrarme más que unos cuantos metros, lo suficiente para poder ocultarme sin perder de vista el camino por el que Amaia tendría que desfilar con su bicicleta antes o después.

El silencio de aquel vientre de roca me impactó. El runrún del Lea, protagonista indiscutible a apenas unos pasos de allí, no lograba colarse hasta el interior. Lo único que se percibía eran las gotas desprendidas del techo, en un proceso que se venía repitiendo desde hacía millones de años.

Nada más.

Ni el canto de las lamias ni los susurros de los que Cristina me había hablado días atrás.

Si algo caracterizaba aquel espacio era la sensación de paz que transmitía.

Pese a la negrura de las galerías que se abrían ante mí y a la corriente gélida que vomitaban sin tregua.

Pese a los latidos inquietos de mi corazón y los nervios que me impedían tragar saliva.

Pese a todo ello, Okamika, la cueva de las lamias, me inspiró una extraña seguridad.

Mis ojos todavía se acostumbraban a la falta de luz cuando una voz me puso alerta. Era una mujer. Cantaba. No logré entender las palabras, pero aquella cadencia baja y sostenida se acercaba cada vez más.

No me detuve a comprobar de quién se trataba. Mi mente viajó en el acto al día que alguien trató de matarme muy cerca de allí. También entonces oí una cantinela que no pude comprender.

Me deslicé hacia las profundidades de la gruta y solo me detuve cuando aquel mundo negro me devoró por completo.

Desde allí la vi aparecer en la boca de la cueva.

Se giró para comprobar si alguien la seguía. Después se internó unos pasos en la gruta y se agazapó muy cerca de la entrada.

Tuve que parpadear varias veces para aclararme la vista, pero por mucho que repitiera el gesto seguía siendo ella. Sus rasgos no ofrecían la más mínima duda.

No entendía nada.

¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué estaba ella allí?

Apenas habían transcurrido un par de minutos cuando la misma canción me llegó desde el exterior.

Se trataba de otra voz. Otra mujer. Y se estaba acercando.

La que aguardaba en el interior contestó, sumándose a su canto, ambas voces unidas en un abrazo invisible.

Comprendí que aquello era un lenguaje secreto entre ambas, una señal para posibilitar su encuentro.

Una silueta se dibujó en el acceso a la cueva. La claridad que bañaba parte de sus facciones me permitió reconocerla.

¡Amaia!

Contuve la respiración al ver que quien aguardaba entre las sombras las abandonaba para dirigirse hacia la recién llegada. Y entonces ambas mujeres se fundieron en una sola. Un abrazo, largo y sentido, que cedió el paso al sonido de sus besos. A sus susurros anhelantes. A sus jadeos.

Dos lamias amándose a espaldas de un mundo que les estaba vetado.

Una gota de agua helada se desprendió del techo y se coló en mi espalda, decidida a provocarme un estremecimiento.

Le siguió otra y muy pronto algunas más.

Era incapaz de moverme. Me sentía el espectador furtivo de un amor prohibido, pero sobre todo el testigo de algo que acababa de ponerlo todo patas arriba.

La confusión zumbaba con saña en mi cabeza, pero poco a poco comencé a intuir lo que aquello significaba.

Tras unos minutos, las vi abandonar su refugio seguro. Un último abrazo en la boca de la cueva, una despedida tan cargada de afecto como de palabras que no llegué a descifrar, y entonces cada una giró en una dirección distinta. Rumbo a unas vidas en las que seguirían fingiendo ser lo que no eran.