Capítulo 70
Nerea se puso en pie al vernos llegar.
—Mira quién viene… ¡Vaya sorpresa! ¿Adónde vas tan bien acompañado?
—Es Lola, mi sobrina. Está de semana blanca y ha venido a pasar unos días.
—Se parece a ti, ¿no? —comentó la administrativa, mirándola con atención—. Tiene tus ojos. ¿Pero dónde os habéis metido? ¡Si estáis empapados!
Me miré de arriba abajo. No le faltaba razón.
—Hemos salido a correr.
—¿Pero tú has visto el tiempo que hace? —se escandalizó Nerea—. Pobre chavala. Vaya vacaciones… Llévala a ver el Guggenheim o de tiendas por Bilbao.
—Que viene de Madrid, Nerea. Allí ya puede ir de compras.
—Tienes razón —admitió la administrativa—. Pues algo habrá mejor que poneros perdidos de agua. Va a volver a casa enferma. ¿Hasta cuándo te quedas?
—Hasta el domingo —contestó Lola. Reservaba su verborrea para casa.
—¿Cuándo ponen en marcha el molino de marea? —pregunté.
Nerea frunció los labios.
—No sé. Yo creo que solo abren en verano. Para los turistas. Y cuando vienen colegios de excursión. ¿Quieres que lo consulte? —ofreció, girándose hacia su ordenador.
—No te preocupes. Ya miraré. Hemos pasado por allí y…
—No pasa nada —dijo Lola—. Me hacía gracia verlo, pero da igual.
Cristina salió de una consulta, empujando el carro de la limpieza.
—¡Jon! ¿Cómo estás? —Su saludo llegó acompañado de un abrazo.
—¿Que cómo está? Pues fatal de la cabeza —se burló Nerea—. ¿Tú crees que hace un buen día para llevarse a su sobrina a correr?
—Qué pobre… Tienes que estar helada. Ven. —Cristina cogió del brazo a Lola—. Tenemos chocolate caliente en la máquina.
—No hace falta. Gracias.
La negativa de mi sobrina no sirvió de nada.
—Claro que sí —zanjó mi compañera llevándosela a la máquina.
—Ya ves cómo me cuidan —le dije a Lola entre risas. Después me giré hacia Nerea y bajé la voz. No quería que mi sobrina me oyera—. Ayer tuve un encontronazo con Jokin y mencionó al padre de Lea. ¿Qué sabes de él? ¿A qué se dedicaba?
La administrativa guardó silencio unos instantes.
—¿No era arquitecto? —pensó en voz alta—. Creo que algo así.
—Jokin insinuó que no era trigo limpio.
—¿Y lo dice él? —exclamó Nerea con una mueca de incredulidad—. Venga, Jon… ¿Cómo le haces caso a ese tío?
Tenía razón, pero Jokin me había hecho plantearme que quizá no lo sabía todo sobre Lea.
De pronto reparé en varios pacientes que aguardaban su turno en mitad del pasillo. Reconocí entre ellos a algunos habituales de mi consulta y me dolió ver cómo bajaban la mirada en lugar de devolverme el saludo.
Al menos mis compañeras no me daban la espalda.
—Hola, Jon —me saludó Mikel, apareciendo desde la sala de curas. Se quitó los guantes de látex y se los guardó en el bolsillo—. ¿Cómo va todo?
—Bien. Creo —respondí encogiéndome de hombros.
—Bien mojado… —observó el enfermero—. ¿Por quién preguntabas?
—Cosas de Jon —se adelantó Nerea, quitándole importancia.
No consiguió desarmar a Mikel.
—¿Hablabais del padre de Lea Alzaga? —Era impresionante.
Las paredes oían en el centro de salud… Al ver mi gesto afirmativo, el enfermero resopló y continuó—.
Ese estuvo de arquitecto municipal un montón de años.
No veáis la guerra que nos dio con la reforma de la casa de mis padres. Era un tiquismiquis.
Mikel se extendió en una narración sobre licencias de obra, informes que había que rehacer una y otra vez y expedientes que parecían no acabarse nunca.
Yo apenas le escuchaba. Me había dado la información que necesitaba.
Arquitecto municipal.
Su firma era clave en la concesión de licencias.
Quizá hubiera intervenido, junto a Maite Iturri como concejala de Urbanismo, en la subasta de la casa-torre de Bengolea.
Una nueva voz llegó por el pasillo en ese momento.
—Hola, Jon. —Era la directora. Sonreía, pero la crispación se colaba en su voz—. ¿Qué haces por aquí?
—La baja… Tendré que entregarla y esas cosas.
—¡Qué va, hombre! Tómatelo con calma. Nosotras nos ocupamos de todo. Tu parte de incapacidad estará bien tramitado en todo momento.
—Bueno, gracias. También me apetecía pasarme a saludaros.
El gesto de mi superiora me dijo que no estaba de acuerdo. Por si quedaban dudas, me apoyó la mano en la espalda y me acompañó a la salida.
—Jon, la gente está con los nervios a flor de piel —apuntó bajando la voz—. Creo que será mejor para ti no dejarte ver por aquí. Al menos en una buena temporada.
Asentí a regañadientes. El mensaje estaba claro.