Bajamar Capítulo 69
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Capítulo 69

Salimos de casa algo más tarde de mi hora habitual. La llovizna que caía desde última hora de la noche me había hecho albergar la esperanza de que Lola se olvidara de correr. Pero en cuanto abrió un ojo, preguntó cuándo íbamos a las marismas.

Habíamos desayunado en familia antes de que mi hermana iniciara el regreso a Madrid. Quería llegar antes del servicio de mediodía.

— Egun on , Goiko —saludé cuando llegamos al puente sobre la desembocadura del Lea.

El patrón alzó la mano desde el astillero de ribera.

—Así me gusta. No deje de correr. —Le dedicó a Lola una mirada ladeada—. ¿Se ha buscado compañía?

—Es mi sobrina. Ha venido a pasar unos días conmigo.

Lola agitó la mano con una sonrisa tímida.

—Qué bueno… Y es deportista, además. Eso es lo mejor que puede hacer alguien tan joven. —Goiko señaló el sendero del Lea. Sua nos aguardaba allí. Se había adelantado—. Continuad, vamos. No lo hagáis esperar. El día no está para pararse a charlar.

Nos despedimos del patrón y dejamos atrás el asfalto.

Se me hizo un nudo en la garganta cuando la gravilla de la senda protestó bajo mis pies.

Aquel lugar había sido importante para mí.

Necesitaba recuperarlo, pero mientras el asesino siguiera suelto iba a ser incapaz de volver a sentirlo como propio.

—¡Me encanta! —exclamó Lola en cuanto las marismas comenzaron a dibujarse ante nosotros—. Y qué bien huele.

—Son los eucaliptos —indiqué. Pero no eran solo ellos. También la hierba fresca, el salitre de la pleamar, la tierra mojada. Un perfume imposible de encerrar en un frasco, que olía a naturaleza y a libertad… y que ahora, para mí, también olía a tensión y a desconfianza.

—Es superbonito —continuó mi sobrina, sacando el móvil para hacer una foto. Lo hizo sin detenerse, con la seguridad de quien ha repetido el gesto miles de veces.

El sirimiri rompía en mil pedazos el espejo de agua que se extendía junto a nosotros. Los juncos y los carrizos asomaban en las orillas. Una garza real alzó el vuelo en la siguiente curva y planeó sobre el estuario hasta posarse muy cerca del palacio de Zubieta.

—Y esto ¿qué es? —Lola se refería a una gran lámina de agua que unos diques de mampostería embalsaban junto al sendero—. No me digas que es la piscina del pueblo.

Me reí.

—Qué va. Es un molino de marea.

—¿Un molino?

—Sí, ven. Te lo enseñaré.

Giré al llegar al arranque del dique y me interné en él. El agua se extendía ahora a ambos lados de nuestra carrera. De un lado, el río; del otro, la balsa que se llenaba con cada pleamar.

Lola lo grabó todo. Sin perder detalle.

—¡Parece que corremos por encima del agua! Me flipa este lugar, tío. Es mucho mejor que en tus fotos.

Llegamos hasta una sencilla construcción que nos cortaba el paso.

—Aquí está el molino. ¿Ves esa rueda metálica?

—Señalé las aspas que se atisbaban bajo la superficie—.

Es la turbina. Ahora está parada, pero cuando el molinero abre la compuerta, el agua embalsada pasa a través de ella y la hace girar a toda velocidad.

Es lo que mueve las muelas que están dentro de la caseta.

Lola se acercó a la ventana y se protegió la cara con las manos para tratar de ver su interior.

—¿Todavía funciona?

—Sí, claro. Ya vendremos a verlo —dije sin tener muy claro cuándo lo ponían en marcha—. Venga, que nos enfriamos.

Mi sobrina todavía hizo unas cuantas fotos más, pero enseguida me alcanzó.

Tenía la cara perlada por el sirimiri, pero estaba feliz.

Me encantaba verla así. Quizá los abrazos y las muestras de afecto de quienes habíamos estado siempre ahí la incomodaran, pero su curiosidad era todavía la que la había acompañado durante toda la infancia.

—¿Y siempre llueve? —quiso saber, secándose la cara con la sudadera.

—No. Solo casi siempre —respondí riéndome antes de aclarar que bromeaba. La lluvia era una visitante asidua, pero muchos días daba una tregua y el sol era el único protagonista en el cielo.

Durante unos minutos no volvió a abrir la boca, pero lo miraba todo maravillada.

Sua también parecía encantado. Iba y venía, tan pronto estaba a nuestro lado como se adelantaba. Ese regreso a un lugar que el miedo nos había vetado le estaba sentando bien.

—Ojalá tuviera un sitio así al lado de casa —deseó mi sobrina.

—Puedes venir siempre que quieras.

—Sí, pero echo en falta algo: mis amigos.

—Puedes invitarlos. De uno en uno, eh. No quiero la casa llena de adolescentes malolientes —bromeé.

—¡Oye! ¡Yo no huelo mal! —protestó dándome un empujón—. Ostras… ¿Y todas esas barcas?

—¿Conoces el día de gansos?

—Sí. Estuve con los abuelos cuando era pequeña… ¿Todos esos botes son para la fiesta? ¿Y el resto del año no los utilizan para nada?

—Eso parece —dije sin poder evitar que Jokin y sus pesquerías prohibidas me vinieran a la cabeza.

A Lola le fascinó aquello. Armada de su móvil, grabó las embarcaciones dormidas, una extraña sinfonía de color en un mundo que la lluvia teñía de gris.

La oí explicar lo de los gansos y mencionar lo chulo que era todo aquello.

Sus amigos no tardarían en saber que estaba disfrutando de su escapada.

A ese paso en verano me iba a costar sacarlos de Lekeitio.

—Ya me alcanzarás —dije cuando me giré en busca de Sua y lo vi corriendo más adelante.

Enseguida volvimos a estar los tres juntos.

El perro lideraba la manada, nos abría paso a través de un territorio que conocía bien.

—Era de la chica a la que mataron, ¿verdad? —disparó Lola sin rodeos.

Su pregunta quedó flotando unos instantes entre nosotros, enredada con el sirimiri que congelaba la mañana. Se negaba a disiparse sin respuesta.

—Era suyo, sí —acerté a decir—. Me siguió un día hasta casa y…

—Pues ahora es tuyo, tío. Te ha adoptado. No puedes fallarle. Ya ha sufrido bastante.

Sua se giró hacia mí. Sabía que hablábamos de él. Se había adelantado unos metros, pero esperó a que lo alcanzáramos y continuó trotando tan cerca de mis piernas que temí que me hiciera tropezar.

Lola no añadió nada más. No hacía falta. Sus palabras quedaron ahí, tan difíciles de esquivar como el perro que corría a mi lado.

¿Cómo iba a hacerme cargo de un animal si ni siquiera sabía muy bien qué hacer conmigo?

Y, sin embargo, la sola idea de separarme de él me dejaba un hueco extraño en el pecho.

Había llegado a mi vida sin pedir permiso, con sus babas en los cristales, sus piñas y sus ínfulas de señorito a la hora de comer.

Y, aunque me costaba reconocerlo, no imaginaba seguir adelante sin él.

—¿Fue por aquí? —preguntó mi sobrina apenas unas zancadas más allá. No hacía falta que especificara que se refería a lo de Lea.

—Sí. —No añadí nada más. No quería que aquello empañara sus días en Lekeitio.

Pero su curiosidad adolescente no estaba dispuesta a darme tregua.

—¿Por qué en la tele te ponen de sospechoso?

Me mordí el labio. ¿Qué podía responder?

—Supongo que porque fui yo quien la encontró.

Lola miró alrededor.

—¿Dónde fue exactamente?

—Da igual dónde fue. Prefiero no recordarlo.

—Perdona —se disculpó. Pero apenas habíamos dado unas zancadas más cuando el tema regresó a sus labios—. Mamá dice que te acusan porque eres de fuera. Que la gente siempre desconfía del diferente.

—Será eso… Pero tú no te preocupes. Ya está todo aclarado.

Me pareció que el sirimiri estaba dando paso a una lluvia más intensa.

—¿Por qué entraste en la casa del señor ese al que habían matado?

Guardé silencio. No quería hablar del tema, pero era consciente de que no hacerlo solo estaba alimentando su curiosidad.

—Pensé que podría encontrar alguna pista —confesé finalmente—. Y no te preocupes más, de verdad. Todo eso no ha sido más que un malentendido.

El esqueleto del viejo hospital nos salió al paso mientras hablábamos.

—¿Y esto? ¡Es guapísimo! —exclamó Lola deteniéndose ante sus dos pisos de ventanas abiertas al cielo—. ¿Has visto qué pasada? Podrían grabar aquí una serie de terror.

Yo solo tenía ojos para el vacío que había dejado la caravana del italiano.

Allí estaban las huellas de sus ruedas y el espacio desnudo de hierba donde había estado estacionada.

Luca, el hermano del recién nacido por cuyo asesinato señalaron a Grazia Serra…

¿Qué estaba haciendo ese tipo en Lekeitio?

¿Qué tenía que ver con los crímenes? Y, sobre todo, ¿dónde se había metido?

Una punzada de temor me sacudió al pensar en él. Estar allí era un sinsentido.

—Vamos a dar media vuelta, Lola. ¡Sua!

Mi sobrina me observó con gesto extrañado.

—¿Ya? ¿Solo corres hasta aquí? El sendero sigue más allá.

Sabía perfectamente por dónde continuaba el camino.

También lo que nos aguardaba más adelante: la ermita de Oibar, el salto de agua, la casa-torre de Bengolea…

lugares a los que, de pronto, me parecía una locura asomarme con ella.

No quería más preguntas ni riesgos innecesarios.

Allí habían tratado de asesinarme y allí vivían mis principales sospechosos.

—Quiero pasar por el centro de salud y se me hará tarde si no volvemos ya.

—¿No estás de vacaciones?

Vacaciones… Eso le había dicho para no contarle que la directora había decidido quitarme de en medio.

Sua también me miraba confuso desde unos metros más allá. ¿Qué era eso de darnos la vuelta tan pronto? Sin embargo, la decisión estaba tomada. No íbamos a dar ni un solo paso más.