Bajamar Capítulo 68
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Capítulo 68

Estaba agotado.

La aparición de Jokin había sido la puntilla para un día que tenía la sensación de que había durado un siglo entero. Y no. Solo hacía unas horas de mi visita al cobertizo de los padres de Amaia.

Me detuve frente a mi casa y, en cuanto introduje la llave en la cerradura, Sua empezó a gruñir. Apoyó las patas delanteras en la puerta y ladró con fuerza.

—¿Qué pasa, muchacho? —pregunté con tono hastiado. Solo me faltaba eso.

Siguió ladrando. Había algo al otro lado de la puerta que no le gustaba.

No podía ser. La cerradura dio dos vueltas; nadie parecía haber entrado. Di un paso atrás y comprobé los postigos. Estaban cerrados, tal como los había dejado antes de salir.

Ajeno a mis comprobaciones, Sua no paraba.

—Es por Jokin, ¿verdad? Nos ha dado un buen susto. No está aquí, no volverá. No te preocupes.

Mis caricias parecieron calmarlo, pero en cuanto empujé la puerta volvió con sus ladridos.

Me estaba asustando. Aquel comportamiento no era normal.

Palpé la pared, sin poner siquiera un pie dentro de casa. Buscaba a tientas el interruptor, decidido a encender la luz y comprobar que todo seguía en su sitio.

Tras varios intentos, di con el botón y, en el mismo instante en que lo pulsé, dos figuras saltaron del sofá con las manos en alto.

—¡Felicidades!

Miré alrededor. Todo estaba adornado con banderines de colores, y dos globos metalizados formaban un treinta y nueve en la pared.

—Ya era hora… Llevamos aquí media tarde —exclamó Lola entre risas.

Ana, mi hermana, también estalló en una carcajada.

—Estáis fatal de la cabeza —protesté con la mano en el corazón—. No me ha dado un infarto de milagro. ¿Cómo se os ocurre?

Sua les ladraba como una fiera. La sorpresa no le había hecho ni pizca de gracia.

—¿Y ese perro? —señaló mi hermana.

—No es mío. Es de… —Dudé unos instantes mientras trataba de calmarlo—. Es de una amiga. Lo tengo conmigo unos días. Mira, Sua: ellas son mi hermana y mi sobrina.

El perro se acercó a ellas y todavía les soltó algún que otro ladrido, pero finalmente pareció aceptarlas e incluso se dejó acariciar.

Ana se echó a mis brazos.

—¿Cómo íbamos a dejarte solo un día como hoy? Tus últimos treinta no se cumplen todos los días. El año que viene serás ya un pureta cuarentón.

El abrazo de Lola fue algo menos efusivo. Pero tampoco era nada nuevo. Llevábamos así dos o tres años. Mi sobrina estaba en esa edad en que las muestras de afecto representan el mismísimo diablo, una flaqueza imperdonable y vergonzante.

—Tu queridísima hermana te ha preparado algo —anunció zafándose de mis brazos para dirigirse a la mesa.

No hacía falta que dijera qué había en ese molde de silicona cuyo contenido permanecía cubierto por un papel de aluminio.

—Su mundialmente famosa tarta de queso —aplaudí mientras la desmoldaban.

Fue un completo desastre. El pastel se desmoronó, esparciéndose por toda la mesa. Tenía un aspecto espantoso.

—¡Nooo! —El gesto de mi hermana me partió el corazón.

—Me parece que el viaje no le ha sentado bien —comentó Lola aguantándose la risa.

Corrí a la cocina.

—No pasa nada. Seguro que está riquísima. Yo quiero probarla.

Ana se interpuso en mi camino.

—No pruebes, Juan. A ver si te va a sentar mal.

—Qué va. Si solo está deconstruida —bromeé regresando con una cucharilla.

Sua aprovechó que estábamos despistados para hundir el hocico en la tarta.

—¡Sal de ahí! —grité lanzándome sobre él.

Para cuando pude apartarlo de la mesa tenía el morro completamente embadurnado de tarta.

—¿Y ahora dónde ponemos las velas? —se rio Lola, que sostenía un tres en una mano y un nueve en la otra.

—No te preocupes. Me doy por felicitado.

—De eso nada —replicó mi hermana—. Mamá está esperando nuestra llamada para verte soplar. Llámala, Lola.

Era extraño que mi madre no estuviera allí con ellas.

—¿Por qué no la habéis traído con vosotras? ¿No ha querido?

—Calla, que todo esto ha sido idea suya, pero hoy cuando hemos ido a buscarla estaba en la cama. Tenía un poco de tos y no se le ha ocurrido nada mejor que hacerse la prueba del covid. —Ana resopló—. Positivo.

—Joder… Con lo hipocondriaca que es.

—Pues eso. No hace falta que te cuente más. Puedes imaginarte el drama que ha montado. Supongo que a esta hora habrá organizado ya su propio funeral.

Me reí sin ganas. Mi madre era probablemente la peor enferma del mundo.

—A ver cómo está —dijo Lola apoyando el móvil en una estantería.

Apenas unos segundos después, apareció en la pantalla, cantando la canción de cumpleaños.

—¡Felicidades, hijo! —exclamó cuando todas prorrumpieron en un aplauso—. Ya estarías extrañado de que no te llamara. Pensarías que me había olvidado de tu cumpleaños por primera vez en mi vida.

—Algo me olía. Tú, que no perdonas ni los buenos días no podías fallar un día así.

—Ya te habrá dicho Ana que estoy enferma.

—Sí, mamá. Me lo ha contado. ¿Qué tal te encuentras?

—Mal. Me ha subido la fiebre. Estoy preocupada.

—¿Cuánto tienes?

—Pues casi treinta y ocho.

—Bueno… Bebe mucha agua y descansa. Un par de días malos y le darás la vuelta.

La vi esbozar una mueca de incredulidad, pero olvidó por un momento su enfermedad para centrarse en mí.

—Estás flaquísimo. ¿Comes algo? ¿Tú cómo lo ves, Ana?

—No tanto, mamá. Está como siempre.

—¡Pues eso! Delgadísimo. Tendría que meterlo en mi casa una temporada. Ya verás qué rápido le iba a hacer ganar peso.

—Que está bien, mamá. —Ana me guiñó el ojo—. Y ya me aseguraré de dejarle la nevera bien llena.

—Eso, eso —aplaudió mi madre desde la distancia.

Lola salió a mi rescate.

—Bueno, abuela. Te cuelgo, que me quedo sin batería —dijo sin esperar a que nos despidiéramos.

—Pobre. La has dejado con la palabra en la boca —señalé.

—Me debes una —me dijo Lola antes de sacarme la lengua—. Se pone muy pesada con lo de la comida. A mí me hace lo mismo.

—¿A que no adivinas quién se va a quedar unos días contigo? —me preguntó su madre.

—¿Os quedáis? ¿En serio?

—Solo Lola. A Pepe le da un mal si no vuelvo. Andamos a tope estos días en el asador. Pero tu sobrina se queda a hacerte compañía.

—¿Y el instituto?

—¡Semana blanca! —celebró Lola—. Estamos de vacas.

—Se ha traído la bici. ¿Podrás acercarla el domingo a Bilbao? Su vuelo sale a las seis de la tarde.

—Las ocho y media —corrigió mi sobrina.

—Pues eso. Las ocho y media.

—Yo te llevo, claro.

—¿Podré dormir en el sofá? —señaló Lola.

—Hay mil camas. Una aquí abajo y otras cinco en las habitaciones del piso de arriba. Puedes elegir.

Mi sobrina se dejó caer sobre los cojines del sofá.

—Porfa… Cuando veníamos con los abuelos siempre me quedaba aquí.

—Ya os aclararéis —indicó mi hermana, sacando del bolsillo un paquete de tabaco—. Voy fuera un momento.

La acompañé y nos detuvimos al borde del acantilado. La luz amiga del faro de Santa Catalina nos saludó y se entretuvo con las crestas blancas de las olas.

—Dame una calada, anda —le pedí cuando se llevó el cigarrillo a los labios.

Me hizo toser. Hacía tiempo que no fumaba. Nunca lo había hecho, en realidad. Algún pitillo ocasional cuando salía de fiesta. Nada más.

Ana suspiró mirando el mar. Después se volvió hacia mí.

—Juan, nos tienes preocupados. ¿Qué ha pasado para que estés metido en semejante lío?

—No es para tanto. Desde fuera el asunto parece más serio —mentí. Si le contaba la verdad me obligaría a regresar a Madrid con ella—. Ya ves que estoy bien. Salgo a pasear al perro, veo ponerse el sol desde el faro…

—Es serio, Juan. Te detienen por allanar el domicilio de un tipo asesinado un día antes y después publican que te has dado a la fuga. Joder… Soy tu hermana. Puedes confiar en mí.

Apreté los labios. ¿Qué podía decirle? ¿De qué servía preocuparla si no iba a poder ayudarme?

—Ha sido todo un malentendido. Ahora ya estoy de vuelta. Solo me había ido unos días a respirar un poco. Yo también comenzaba a agobiarme con todo esto.

Ana apuró el cigarrillo. Después lo apagó en la suela del zapato y se guardó la colilla en la mano para tirarla a la basura.

—No insisto más. Solo quiero que sepas que puedes contar conmigo. Y haz el favor de llamar más a mamá. Te echa de menos.

—Claro —aseguré mientras entrábamos a casa—. ¡Sua! Venga… A cenar.

El perro, que se había alejado en dirección al faro, regresó a la carrera. Se detuvo un momento a olfatear una farola, dejó en ella su rastro y entró por la puerta abierta.

—Dadme un segundo —me excusé dirigiéndome a la cocina. Había olvidado su cena. Abrí una de las latas que había traído de Cerdeña y se la serví en el bol.

Se acercó a olerlo y reculó de inmediato, con la mirada fija en mí.

—Me parece que no le gusta —observó Lola cuando se puso a ladrar al cuenco.

Saqué la lata de la basura y comprobé que era la misma que devoraba feliz en Italia. Tenía otras muchas iguales en el armario. Había dejado la tienda de Ottana sin existencias antes de volver a casa.

—A mí lo que me parece es que el señor es un caprichoso —protesté dirigiéndome a Sua—. Ya puedes comerlo, porque no hay otra cosa. Mañana ya te haré arroz.

Ana se puso de su parte.

—Hazle la cena al pobre perro, anda. Por nosotras que no sea que tenga que comerse una miserable lata. Tiene una pinta horrible eso.

—Tiene razón, tío —añadió Lola arrugando la nariz—. ¿Tú te lo comerías?

Las fulminé con la mirada mientras vaciaba en la basura el bol de la discordia.

—¿Un arrocito con hígado será del agrado del señor marqués?

Sua se lamió el hocico y se sentó en el suelo a esperar.

—¿Sigues corriendo cada mañana por ese sitio tan bonito? —intervino Lola. Se refería al sendero del Lea. Durante mis primeras semanas en Lekeitio les había enviado algún que otro vídeo del amanecer en las marismas—. Yo quiero ir contigo.

Me entretuve removiendo el arroz. ¿Qué podía responderle?

¿Que había dejado de correr? ¿Que habían intentado matarme de un martillazo a orillas del río que aparecía en las fotos?

¿Que alguien estaba decidido a impedir a toda costa que siguiera buscando al asesino que tenía aterrorizado a todo un pueblo?

Sin embargo, me oí a mí mismo decir que sí, que en cuanto se hiciera de día la llevaría a conocer el valle del Lea.