Bajamar Capítulo 67
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Capítulo 67

—¡Vamos, madrileño! ¡Sal de tu escondite! ¡Solo quiero hablar!

Ni su voz, cargada de ira, ni el grueso palo que empuñaba parecían confirmar las palabras de Jokin.

Había bebido. La manera en que arrastraba cada sílaba no dejaba lugar a dudas.

Me agazapé tras uno de los muretes y observé que se había detenido en el lugar donde el malecón se fundía con la isla. Sabía lo que hacía. No podíamos salir sin pasar por allí.

Sua no paraba de gruñir.

—Calla. No pasa nada —le susurré acariciándolo con una mano mientras con la otra asía con firmeza su collar.

—Sé que estás aquí y no tengo ninguna prisa. Ya te cansarás —apuntó Jokin encendiéndose un cigarrillo—. A mí nadie me espera. Hasta mi hermana me ha abandonado por tu culpa.

Las gaviotas que dormían en las ramas de los pinos graznaron inquietas. A ellas tampoco les gustaba la visita.

¿Cómo había sabido que estábamos allí? Solo se me ocurrían dos opciones.

O nos había seguido o alguien se lo había contado.

Pensé en la llamada que había realizado hacía escasos minutos y sentí una punzada de tristeza.

Por más que traté de asegurarme a mí mismo que Itziar no me traicionaría así, no logré convencerme de su inocencia.

—La marea no tardará en subir. ¿Estás seguro de que quieres pasarte aquí toda la noche? —Una larga calada ofreció una pausa en su monólogo—. Dan lluvia. Espero que tengas un buen abrigo.

Me puse en pie. No iba a permitirle ganar la partida del miedo.

—¿Qué pasa, Jokin? ¿A qué viene esto? ¿Tengo que llamar a la policía? —pregunté conforme bajaba hacia el malecón.

Me detuve a una distancia prudencial, desde la que poder hablar con él sin arriesgarme a que descargara sobre mí esa especie de garrote.

Sua gruñía sin separarse de mis piernas. Él también era consciente del peligro.

—¿Qué pasa, madrileño? ¿Quién te crees que eres para ir jodiendo la vida a la gente? ¿Qué sabes tú de la mía? ¿Piensas que haber nacido en una familia rica te da derecho a juzgar a quienes nos hemos tenido que partir la cara para salir adelante?

—Mi familia no es rica.

—No, claro. Por eso mismo podéis permitiros una casa en Lekeitio para no pisarla en todo el año.

—Vivo aquí. Igual que tú.

—¿Desde hace cuánto? ¿Unos pocos meses? —me reprochó Jokin—. ¿Cuántos años ha estado cerrada esa casa? No eres diferente de Aresti y los demás.

—¿Es eso una confesión? ¿Los mataste tú?

—Lekeitio es mejor sin gente de esa calaña, preocupados únicamente de sus bolsillos a costa de expulsar a quienes hemos nacido aquí. ¿Quién eres tú, que llegas de fuera, para entrometerte en nuestros problemas?

—Estás enfermo.

—Enfermo está Lekeitio por culpa de quienes venís a echarnos de nuestras casas.

Conocía el argumentario de sobra. Llevaba meses oyéndolo. Incluso estaba de acuerdo con parte de él. Pero Lea nada tenía que ver con el modelo de otros, como Aresti.

—¿Y Lea?

Jokin tiró la colilla al mar y tosió. Una tos húmeda, bronquial, de fumador viejo pese a que aún no lo era.

—No sabes nada, madrileño. No sabes nada…

¿Te has parado a pensar por qué esa zorra vivía tan bien?

¿Has dedicado un maldito segundo a averiguar de dónde salían los dos pisos que heredó de su padre?

Él también estaba de mierda hasta las cejas.

Estás muy equivocado si crees que Lea Alzaga era un angelito.

Salí con ella. Yo sí la conocía. Tú no. Tú no tienes ni puta idea.

Esta vez Jokin logró descolocarme. Abrí la boca para objetar algo, pero tuve que concentrar mis esfuerzos en retener a Sua. Sus gruñidos habían cedido el paso a unos ladridos alimentados por la furia. Parecía entender que hablábamos de su dueña.

—¿Lo ves, madrileño? No sabes nada de este pueblo. Márchate de una vez y déjanos arreglar los asuntos a nuestra manera.

—¿Cuál es esa manera, Jokin? ¿Matar a quien no piensa como tú?

—¡Yo no he matado a nadie! —gritó golpeando el suelo con el palo y viniendo hacia nosotros—. ¡A nadie!

Sua dio un paso atrás y ladró amenazante. Su postura era tensa y defensiva.

—Voy a llamar a la policía, Jokin —anuncié encendiendo el móvil.

Todavía se lo pensó unos instantes, pero finalmente accedió. No quería verse de nuevo en el calabozo.

—Te lo diré una sola vez. —Alzó el garrote a modo de amenaza.

No era un mazzolu , pero se le parecía bastante.

Un arma capaz de segar una vida de un solo golpe certero—.

No vuelvas a intentar joderme la vida. Ni se te ocurra volver a meterle a mi hermana el veneno de que soy un asesino.

Porque puedo haberme equivocado muchas veces en mi vida, pero jamás he hecho daño a una mosca.

No era eso lo que pensó Lea cuando decidió alejarse de él, pero opté por no abrir la boca. Solo quería que se marchara por donde había llegado. Con su borrachera y su violencia.

—Quedas advertido, madrileño —sentenció dirigiéndome un dedo acusador. Después lanzó el palo al mar y se perdió en la noche.