Bajamar Capítulo 66
73%

Capítulo 66

Era ya de noche cuando la marea me permitió cruzar a la isla. Las olas todavía se acercaban a acariciar el estrecho malecón. Lo besaban, le susurraban que volverían a hacerlo suyo con una nueva pleamar, pero le ofrecían unas horas para dejarse querer por la brisa.

Sua se hizo el remolón cuando lo llamé desde el paso. Prefería seguir corriendo por la playa antes que adentrarse en ese camino húmedo y traicionero donde alguna ola rezagada aún podía empaparnos.

—Venga, chico… Tenemos que ir a ver algo. Esa isla está repleta de piñas para jugar. Ya verás.

El perro solo se movió para dejar en la arena el palo que llevaba en la boca. Bajó las patas delanteras, echó el cuerpo hacia atrás y me ladró, desafiante. Quería que se lo lanzara otra vez.

—Eres un pesado —suspiré, regresando hasta él—. Solo una. Después vienes conmigo.

Se lo tiré tan lejos como pude y salió disparado como un rayo. Era impresionante. El palo aún no había terminado de caer cuando Sua ya regresaba con él en la boca. Lo dejó a mis pies y me miró, expectante.

—No. Te he dicho que era la última vez. Vamos.

No me siguió.

Probé a alejarme, pero cuando me giré desde la mitad del malecón seguía allí, plantado, aferrado a su trofeo.

—Maldito cabezota —mascullé, volviendo sobre mis pasos.

Me recibió dando saltos alrededor del palo. Se sabía vencedor. Esperaba que volviera a poner a prueba mis dotes de lanzador.

En su lugar, le arrebaté su tesoro y eché a andar directo hacia la isla. Esta vez me siguió, saltando a mi lado para tratar de recuperarlo.

—Para ya… Me harás caer —lo regañé. Comenzaba a arrepentirme de no haberlo dejado en casa.

Cuando llegamos al final del paso mis zapatillas estaban empapadas. Había perdido la cuenta de los charcos en los que Sua me había hecho meter el pie.

—No. Todavía no —le dije levantando el palo por encima de mi cabeza.

Se lo devolví cuando llegamos a lo alto de las escaleras que nos dieron la bienvenida a aquel mundo insular. Y para entonces ya no le interesaba. Había descubierto las piñas que se escondían entre los arbustos.

Llevaba conmigo una linterna potente, suficiente para seguir sin problemas el sendero que trepaba entre los pinos hasta las ruinas del viejo lazareto.

No se veía nada que no fueran las sombras que despertaba el haz de luz.

Muretes medio derruidos, árboles solitarios, rocas…

Nada quedaba de los edificios que cientos de años atrás acogieran a los apestados.

Solo las carreras de Sua, empeñado en cazar piñas, rompían un silencio sepulcral, acompañado por el runrún lejano del mar reclamando su lugar.

Busqué algún sendero oculto que descendiera hacia los acantilados, pero fue en vano. El único camino continuaba por el espinazo alargado de la isla, hasta la plataforma donde Itziar y yo vivimos un idilio de verano tantos años atrás.

Pensé en ella y sentí una punzada de culpa. Desde mi regreso no había tenido ocasión de verla. Tampoco de contarle mis últimos descubrimientos.

—Vamos, Sua. Por allí también hay piñas —lo animé, avanzando hacia la punta de la isla.

Estaba convencido de que en algún rincón aparecería la piragua robada. Quien había matado a Maite había utilizado la isla de Garraitz como base: allí habría aguardado el paso del velero y allí mismo habría abandonado la embarcación antes de regresar a pie a Lekeitio.

El italiano era el que más fácil lo tenía. Nadie se habría sorprendido de verlo deambular por la playa en busca de tesoros. Pero, en realidad, cualquiera podía pasear junto al mar sin levantar sospechas. Más aún en una tarde de niebla como la del asesinato.

El sendero nos llevó al extremo de la isla. Más allá no había nada. Solo la inmensidad del océano.

Barrí los acantilados con la linterna.

—Nada —suspiré desanimado.

Sua se detuvo de pronto. Subió a una roca y ladró a la oscuridad.

Seguí la dirección que me marcaba y sentí cómo los nervios cedían paso a algo cercano a la euforia. Mis sospechas iban bien encaminadas.

Las olas la habían destrozado, pero el color y la forma no dejaban lugar a dudas. Era una de las piraguas que Iñaki guardaba en el puerto.

Cogí el móvil y marqué el número de la inspectora. Se lo debía.

Mientras aguardaba su respuesta pensé en mi madre. Era extraño que no me hubiera felicitado aún. Ella, que a la mínima aprovechaba para enviar alguno de esos fotomontajes horteras con un buenos días o un feliz vuelta al sol.

—Hola, Jon. Feliz cumpleaños —respondió Itziar sin un ápice de entusiasmo. Su voz sonaba enlatada, como a través del manos libres de un coche.

—Zorionak, Itziar, nos ha caído encima un año más... —repliqué en tono cómplice—. ¿Puedes venir a la isla? Quiero enseñarte algo.

—Lo siento, Jon. No estoy para celebraciones y además tampoco me pillas en Lekeitio. Me he cogido el día libre. Necesitaba un poco de aire después de lo de mi hermano.

—¿Tienes novedades de él?

—El juez lo ha dejado en libertad. Con cargos y pendiente de juicio, pero está en la calle. —Su tono de voz sonaba cansado. Una mezcla de hartazgo y decepción.

Me mordí el labio para no contestar. La perspectiva de cruzarme en cualquier momento con su hermano no era la más halagüeña del mundo. Pero no era él quien me había empujado a llamarla.

—He encontrado la piragua —anuncié sin más introducciones.

—¿Qué piragua? ¿Ya estás comenzando por el final? ¿De qué hablas?

Tenía razón. Le expliqué cómo creía que se había cometido el crimen de Maite y el hallazgo que acababa de hacer.

—Muestra eso a Castaños —ordenó—. Basta ya, Jon. Deja esto en manos de profesionales.

—No —respondí sin dudar—. Siento que si no demuestro mi inocencia, nadie lo hará por mí. Castaños cree que fui yo.

—¿Fuiste tú, Jon?

Su pregunta me dejó descolocado. No la esperaba.

—Pues claro que no. Ya lo sabes.

—Ya no estoy para poner la mano en el fuego por nadie —replicó, cansada.

—Sabes que no fui yo. Y que estoy más cerca del asesino que Castaños.

—Entonces no tengas miedo de mostrarle lo que has descubierto. Un inocente no tiene nada que temer. Si realmente quieres que detengan al asesino, comparte todo lo que sepas con la policía.

—Es lo que estoy haciendo contigo.

—Te equivocas. Yo no llevo el caso. Está en manos de la Ertzaintza. —Itziar hizo una pausa, que me hizo albergar la esperanza de que cambiara de idea. Me equivocaba—. Voy a colgar, Jon. Necesito alejarme de todo esto.

—Solo una pregunta más. Por favor.

La inspectora guardó silencio.

—Dime —concedió finalmente.

—Mencionaste que conocías desde niña a Maite Iturri.

—Era mi vecina.

—Eso es. ¿Recuerdas en qué trabajaba en dos mil seis? —pregunté. Era el año en que se produjo la subasta de la casa-torre de Bengolea. La búsqueda de un móvil para el crimen de Maite me había llevado a plantearme que quizá ella también tuviera algo que ver en el tema.

—Diría que en esa época estaba todavía en el ayuntamiento. Maite comenzó en política municipal. Tocó muchos palos como concejala, pero pasó por Urbanismo y también por Turismo. Eso sí lo recuerdo. Puedes confirmarlo; será público.

—Urbanismo… —murmuré—. Justo lo que me temía.

—Basta ya, Jon —me cortó—. Esto no tiene sentido. Déjalo de una vez. Lo que sea que hayas descubierto, díselo a Castaños.

—Estoy muy cerca, Itziar. Lo sé. —El silencio al otro lado de la línea me hizo temer lo peor—. ¿Itziar? ¿Estás ahí?

Me separé el teléfono de la cara y comprobé que había colgado.

Suspiré, pero no volví a marcar. Lo mínimo era respetar su derecho a apartarse de su trabajo. Y un médico debía saberlo mejor que nadie.

Volví la vista hacia la embarcación destrozada entre las rocas.

Mi hipótesis era correcta. Alguien había atacado a Maite desde una de las piraguas de Iñaki y después la había abandonado allí para regresar a Lekeitio como un simple paseante.

Alguien lo bastante metódico y cuidadoso como para conocer las costumbres y los horarios de todos. Alguien como el dueño del cobertizo que había visitado unas horas antes. Alguien, además, con la destreza necesaria para manejar una piragua y abordar un velero en plena marcha.

Llamé a Sua y comencé a desandar el sendero. Tenía ganas de sentarme en casa a pensar en todo aquello. Los cabos parecían unirse, pero los nudos aún no estaban del todo firmes.

Apenas habíamos dejado atrás el lazareto cuando el perro se detuvo en seco y gruñó, con la mirada clavada en el malecón. A contraluz, recortada contra la arena mojada que reflejaba las farolas del paseo, distinguí una silueta en mitad del paso.

Apagué la linterna y maldije por lo bajo.

Alguien venía hacia la isla.