Capítulo 65
—¿Una piragua? —Goiko había dejado de lado sus lijas y observaba el cauce del Lea, pensativo—. No. Y si algo conservo bien es la memoria. No se deje engañar por mi edad.
—Tuvo que ser una piragua o algo parecido —insistí—.
No hay otra explicación para que el velero de Maite quedara a la deriva después del crimen.
Si siguió sin rumbo fue porque a bordo no quedaba nadie que lo gobernara.
Y no, el asesino no huyó a nado, como sostiene el oficial Castaños.
Lo más lógico es que abordara el velero desde el mar.
La escasa distancia hasta tierra firme apunta a una embarcación sencilla y silenciosa. Una de remo.
—No estaría yo tan seguro —me advirtió Goiko—. ¿Ha navegado alguna vez en un velero? Son rápidos. No es tan fácil alcanzarlos a fuerza de remo.
Negué con la cabeza.
—Aquella tarde no corría el viento. ¿Lo recuerda? Había niebla espesa. Si soplaba algo, sería apenas una brisa. El velero avanzaba a paso de tortuga.
El viejo patrón cerró los ojos, recreando la escena. Luego apretó los labios y asintió despacio.
—Tiene razón. No se veía a un palmo. Un tiempo perfecto para que un remero pudiera acercarse sin ser descubierto.
—Se limpió las manos con un trapo y se caló la gorra de capitán—.
Apostaría a que el atacante salió del propio puerto.
La niebla lo protegía de miradas indiscretas.
—Hizo un gesto con la cabeza—. Venga conmigo.
Lo seguí sin comprender adónde se dirigía.
Observé que cojeaba ligeramente. Los ochenta y pico, que no pesaban en su agilidad mental ni en su pericia con las manos, se cobraban su factura en las rodillas. Sin embargo, el viejo patrón lograba caminar a buen ritmo. El orgullo y la fuerza de voluntad ganaban el pulso a los achaques.
Dejamos atrás la playa de Isuntza y también la basílica de la Asunción. El puerto se veía animado. Dos barcos habían arribado de sus pesquerías y se encontraban en plena descarga, con algunos curiosos arracimados a su vera.
Los pasos de Goiko no me llevaron tan allá. Solo hasta una de las primeras casas que jalonaban los muelles.
—Aquí es —dijo, señalando una puerta azul brillante, seguramente pintada con el sobrante del casco de alguno de los barcos que dormían en la dársena, como mandaba la costumbre en los pueblos de mar.
Estaba cerrada y por más que tiró del pomo y empujó no se movió.
—Aquí no hay nadie —dije asomándome al cristal. Había papeles en la única mesa y también una calculadora antigua.
—Muy lejos no andará. —Goiko señaló la lamparita de sobremesa. Estaba encendida—. No me diga que no la había visto. Menudo investigador está hecho. Como no le ayude yo, estamos apañados… —El anciano echó a andar de nuevo—. Venga. Sé dónde encontrarlo.
—¿A quién buscamos? —pregunté conforme lo seguía por los muelles.
—Espere, hombre. No sea tan impaciente. Ojalá nos dieran cita tan deprisa cuando queremos ir al médico —soltó con una risa socarrona.
Se detuvo al llegar al Muga.
—Mírelo. —Señalaba a un tipo que no me resultaba nuevo.
Había coincidido con él en esa misma barra donde se apoyaba, aunque nunca habíamos cruzado una palabra.
Su barriga cervecera hinchaba la camiseta hasta desfigurar el dibujo.
No era solo gordura; había en él un aire de abandono que no parecía fruto de una mala racha puntual—. Sabía que te encontraría aquí.
—Pues acabo de llegar —se defendió el interpelado.
—¿Ya estás con el vino? —le reprochó Goiko—. ¿Tú has visto qué hora es? Antes de la una eso es veneno.
Mientras se enzarzaban en una discusión de baja intensidad, Alberto se acercó a mí sacudiendo la cabeza.
—Siempre están igual. ¿Café? —me saludó antes de girarse hacia la cafetera.
—No me pongas nada. Creo que nos vamos. Vendré después de comer.
Goiko me cogió del brazo para presentarme a su amigo.
—Iñaki, este es Jon Aguirre, el médico nuevo. Te irá bien conocerlo —le dijo—. Siempre es bueno tener un amigo en el ambulatorio. Y más cuando te das al vino desde tan temprano.
—¿Quieres parar ya? ¡En mala hora! Un vino… ¡Uno! —se indignó el otro estrechándome la mano—. Iñaki, de Kayak Lekeitio.
—Vamos fuera. ¿Has pagado? —inquirió Goiko señalando el tinto que el otro acababa de apurar de un trago.
Alberto recogió el vaso.
—Déjalo. Ya pagarás. Marchaos. No sé qué os traéis entre manos, pero que no sea por mí si llegáis tarde.
El muelle seguía animado. Las cajas verdes repletas de pescado que emergían de las barrigas de los barcos mantenían entretenidos a los curiosos. Lourdes también parecía más pendiente de la descarga que de su propio puesto.
—A este paso, en una semana van a agotar las cuotas que les impone Bruselas —señaló Goiko.
—Está entrando mucho verdel este año —añadió Iñaki—. Estos han vuelto hoy antes de la hora. Tendrían la bodega a tope.
El viejo patrón se giró hacia mí.
—Iñaki era un buen remero. Uno de los mejores de mi época. Y es de los pocos que después continuó vinculado al mar. Montó una empresa de alquiler de piraguas. Trabaja en verano y el resto del año descansa, como habrá podido ver.
—¡Será mentiroso el tío! ¿Y los escolares que vienen en invierno? Como si los críos y sus profesores no dieran guerra…
Goiko se rio por lo bajo. Le divertía hacerlo rabiar.
—¿Has echado en falta alguna piragua últimamente? —preguntó recuperando la seriedad.
—No —sentenció Iñaki sin dudar.
—¿Seguro? —insistió el patrón—. ¿Cuánto hace que no las cuentas?
Iñaki lo observó con preocupación.
—No jodas. ¿Qué sabéis vosotros?
Caminó deprisa hasta un extremo de los muelles y comenzó a contar en voz baja. Allí abajo, un buen número de piraguas aguardaba a que alguien las sacara a pasear. Todas idénticas, de un azul intenso y con los remos guardados en su interior.
—Espera… —Frunció el ceño mientras contaba de nuevo—. ¡No me jodas! Esto es increíble… La gente ya no respeta nada. —Se giró hacia nosotros, rojo de rabia—. Llevo veinte años con este negocio y jamás me habían tocado una piragua. ¡Jamás!
—¿Falta alguna? —pregunté contándolas—. Hay diecisiete.
—Dieciocho tendría que haber —aclaró Iñaki.
—¿Cuántas veces te he dicho que deberías candarlas? —intervino Goiko.
El otro resopló, rascándose la cabeza.
—Alucino, de verdad. Nunca me había pasado algo así.
Y lo que más me duele es que me haya sucedido ahora.
En verano podría tratarse de cualquiera, pero a estas alturas del año…
¿Acaso no puede uno confiar en sus propios vecinos?
Esto está hecho a mala fe, porque me dirás tú para qué quieren una piragua vieja.
Intercambié una mirada con Goiko. Esperaba que no hablara más de la cuenta.
—¿Cuándo fue la última vez que las contaste?
Iñaki las observó con los brazos en jarras.
—No sé… Las veo cada día y no había echado ninguna de menos hasta ahora.
Pero tampoco me paro a contarlas. ¿Cómo iba yo a esperar algo así?
—Se detuvo y negó con la cabeza—. Tiene que ser cosa de críos.
Son unos sinvergüenzas que ya no respetan nada.
Aparecerá embarrancada contra cualquier acantilado.
—Ya tiene su piragua —indicó Goiko guiñándome un ojo.
—Un momento… —Iñaki señaló al patrón—. Vosotros sabéis quién ha sido. De lo contrario no estaríais aquí. ¿Quién me la ha robado? No me jodáis, eh. Venga, menos bromas… ¿Quién la tiene?
Goiko abrió la boca, pero lo detuve con la mirada. Cuanto menos supiera de lo ocurrido, mejor.
—Dame unos días —le rogué—. Creo que podré traértela de vuelta.
Iñaki me observó en silencio. En sus ojos se mezclaba la ira con el recelo. Asintió despacio; el trato no terminaba de gustarle, pero no había otro mejor.