Capítulo 64
Mascullé una maldición.
No contaba con que regresaran tan pronto. Nerea no habría podido retenerlos tanto como pretendíamos.
Estacionaron el coche muy cerca del cobertizo.
Era demasiado tarde para abandonarlo sin ser visto. Tendría que esperar a que ambos se perdieran en el interior del caserío para salir a hurtadillas. Las matas de kiwi no iban a ofrecerme su ayuda. Se encontraban completamente desnudas de hojas y no ocultarían ni a un mirlo.
Los oí salir del coche. El padre de Amaia protestaba por lo sucedido. Estaba furioso. Su mujer no decía gran cosa. El alivio de no saberse enferma debía de pesar más que la rabia por el tiempo perdido.
Presté atención al sonido de sus pasos mientras trazaba un plan. En cuanto entraran en casa, abriría la puerta y gatearía hasta el todoterreno. Esa sería mi primera parada. El siguiente paso lo estudiaría una vez allí.
Pero pronto sentí que se me helaba la sangre. En lugar de alejarse, los pasos venían hacia el cobertizo. Al menos los de uno de ellos.
—Voy a seguir reparando la motosierra —anunció la voz del hombre.
Eché un vistazo a la mesa de trabajo. Aquella cadena dentada y aquel motor despiezado no dejaban lugar a dudas. Era allí adonde se dirigía.
Miré alrededor. No podía perder un solo segundo.
La lona que ocupaba buena parte del cobertizo era el único escondrijo posible.
Todavía estaba introduciéndome debajo cuando la claridad del exterior se coló a través de la puerta abierta. Su irrupción me obligó a congelarme en una postura acuclillada. Ni un solo movimiento más si no quería que me descubriera.
Vi sus pies acercándose a la mesa de trabajo. Me daba la espalda, pero lo tenía tan cerca que con solo estirar el brazo lo hubiera podido tocar.
No podía permitirme el más mínimo ruido. Al menor error me descubriría. Me costaba hasta tragar saliva, consciente de que ese tipo que reparaba su motosierra podía ser un asesino despiadado.
Mis rodillas protestaban. La postura no era la más indicada para aguantar mucho tiempo.
Me apoyé con cuidado en la estructura metálica que se guardaba bajo la lona.
Se trataba de un remolque. Uno largo y estrecho, de esos que se emplean para trasladar piraguas.
La embarcación también estaba ahí, dormida sobre el carro, a la espera de que alguien decidiera volver a llevarla al agua.
Las ruedas, deshinchadas, aplastadas contra el suelo, delataban que hacía mucho tiempo que nadie lo había sacado de allí. Me insufló esperanza comprender que llevaban años sin preocuparse de ella. Parecía un escondite seguro.
Si mis rodillas aguantaban, claro.
—Un error, dice. Será idiota la tía… —Los comentarios del padre de Amaia se sumaban de vez en cuando a los ruidos metálicos de sus quehaceres.
Traté de concentrarme en algo que no fueran las molestias que me infligía la postura. Castaños regresó a mi mente. Él y sus mapas con la localización de mi móvil, el trayecto seguido por el velero de Maite…
Algo me decía que daba igual dónde me hubiera situado la triangulación de mi móvil: la cima del monte Otoio, mi propia cama o incluso un bar de Malasaña.
El oficial siempre habría encontrado la forma de señalarme.
Porque para él no había otro asesino posible.
Solo yo, que me había embarcado con la consejera para acabar con ella en el mar antes de regresar a nado a la isla.
Era un despropósito. Pero era lo que alguien debía de haber hecho.
De pronto recordé el móvil. No lo había silenciado y en cualquier momento comenzaría a sonar. Una felicitación de mis compañeros de trabajo en el Ramón y Cajal, una llamada de mi madre…
Trataba de sacarlo del bolsillo sin hacer ruido cuando un destornillador cayó al suelo y rodó hacia mi pie derecho.
—Joder —masculló el padre de Amaia antes de soltar un profundo suspiro.
Me sacudió la sensación de que todo estaba perdido. Era inevitable que me descubriera en cuanto se agachara a recogerlo.
Busqué con la mirada algo que me permitiera defenderme, y lo único que encontré fue el remo. No era gran cosa, pero al menos no tendría que rendirme sin luchar.
Sin embargo, en lugar de recuperar la herramienta, el tipo se dirigió a la puerta.
—¡Paqui! —llamó abriéndola—. ¿Preparas café?
No hubo respuesta.
—¡Paqui!
Nada.
—Joder… Siempre igual. ¿Cómo puede estar tan sorda? —protestó dirigiéndose al caserío—. ¡Paqui!
Conforme sus pasos se perdían en la distancia, me sacudí la lona de encima. No había un segundo que perder.
Tuve que apoyarme en la piragua para ayudar a mis rodillas entumecidas a ponerse en pie. Y al hacerlo, el mundo entero se detuvo.
Abrí la boca de par en par y ahogué una exclamación.
Acababa de dar con la respuesta.