Capítulo 63
La mañana siguiente no perdí el tiempo. Después de ver amanecer desde el faro de Santa Catalina y contestar los wasaps con las felicitaciones más madrugadoras, dejé a Sua en casa y me encaminé al valle del Lea.
Necesitaba pasar lo más desapercibido posible y lo último que podía permitirme eran sus carreras a través de los campos de kiwis.
Porque era allí adonde me dirigía.
Mi reloj marcaba las nueve cuando dejé atrás la ermita de Oibar y la cueva donde según Cristina habitaban las lamias. Si todo iba según lo previsto, los padres de Amaia no tardarían en abandonar el caserío para dirigirse al centro de salud.
Era un plan arriesgado, pero me iba a permitir comprobar si eran ellos quienes habían tratado de matarme.
Nerea se había convertido en una pieza clave.
Acababa de telefonear a la madre de Amaia para citarla de urgencia. Su médico quería verla. Los resultados del cribado en el que había participado eran preocupantes.
Aquella mentira, que la administrativa justificaría como una incidencia burocrática cuando llegara al centro de salud, me iba a regalar el tiempo que precisaba. Le debía una a mi compañera. Estaba exponiéndose a una reclamación por ayudarme.
Cuando el tejado del caserío asomó entre los árboles, comprendí que no podía continuar acercándome.
Me agazapé tras una roca a la orilla del camino y dejé pasar los minutos escuchando mis propios pensamientos, empeñados en trazar vínculos.
Claudio —o Luca, o comoquiera que se llamara— estaba implicado, de eso ya no tenía dudas.
Quizá no actuara solo, quizá ni siquiera fuera quien empuñaba el arma, pero había llegado desde Ottana en busca de algún tipo de venganza que yo todavía no alcanzaba a comprender.
Y, sin embargo, algo me decía que los padres de Amaia tenían mucho que ver con los sucesos de las últimas semanas. Ellos, más que nadie, tenían un móvil claro. Al menos para dos de los crímenes.
A Aresti lo odiaban por haberles arrebatado una casa-torre que consideraban suya; a Lea, por mantener una relación sentimental con su hija. Maite Iturri se alzaba todavía como un extraño cabo suelto. ¿Qué podía haberlos llevado a asesinarla?
Aún no había sido capaz de dar con una respuesta, pero sabía que antes o después la encontraría.
Fue el ruido de un coche lo que me arrancó de mis cavilaciones.
Me hice tan pequeño como pude y solo abandoné el escondrijo cuando el todoterreno pasó a mi lado y siguió su camino hacia Lekeitio. Reconocí al padre de Amaia al volante. Su madre ocupaba el asiento del copiloto.
El plan estaba funcionando. Tal como esperaba, él la acompañaba. Y a esa hora su hija estaría trabajando en la residencia.
No podía perder un solo minuto. Corrí hasta la estructura metálica que sostenía las plantas de kiwis. Saqué del bolsillo un pedazo de alambre y lo dispuse al lado del hilo metálico del emparrado.
No me sorprendió comprobar que el grosor era el mismo. El trenzado, también. Incluso el tono era idéntico en ambos.
El alambre con el que alguien me había tendido una trampa era un fragmento del que trazaba una inmensa cuadrícula de acero en los terrenos de los padres de Amaia.
—Fueron ellos —confirmé en voz alta.
Las voces ásperas de unos gansos me respondieron desde el corral. Las gallinas se sumaron con su gorjeo y hasta un gallo se animó a cantar. Sería mejor no volver a abrir la boca si no quería que todo el valle supiera de mi presencia.
Me acerqué en silencio a la puerta del caserío y contuve la respiración mientras intentaba girar la manilla. Estaba cerrada, tal como suponía.
Lo intenté con el pedazo de radiografía que llevaba en el bolsillo. La introduje por la ranura y busqué el resbalón. Suave. Lento. Igual que había visto hacer en un vídeo de trucos de cerrajero.
Tras varios intentos, me detuve.
¿Estaba seguro de querer entrar allí?
Hacía poco más de una semana había acabado en el calabozo por acceder sin permiso a un domicilio.
—Tienes que hacerlo —me animé entre dientes.
Algo me decía que tras esa puerta iba a encontrar pruebas de que esa familia estaba detrás de los crímenes de las últimas semanas. Allí dentro hallaría el mazzolu de Grazia Serra y algún indicio de que la italiana había convivido con la familia de Amaia.
O quizá la acabadora todavía estuviera allí. Valeria me había hablado de la extraordinaria longevidad de su familia y de buena parte de sus vecinos. El corazón montañoso de Cerdeña se inscribía con letras doradas en el registro de los lugares con la esperanza de vida más larga del mundo.
Probé una y otra vez, pero por más que lo intenté no hubo manera de abrir la puerta. Los nervios y las prisas no jugaban a favor de mi destreza. El estrépito que los gansos seguían montando en su cercado, tampoco.
Corrí a asomarme a las ventanas de la planta baja.
—Mierda —mascullé con una impotencia creciente. Las cortinas estaban cerradas en todas ellas. Los padres de Amaia se cuidaban mucho de que alguna mirada indiscreta se colara en su casa.
Me sentí mal por Nerea. Tanto esfuerzo para un resultado tan escaso. Había dado con la prueba del alambre, sí, pero nada más.
Miré alrededor.
Kiwis, kiwis y kiwis.
Lo único que rompía la monotonía aletargada de los cultivos era un cobertizo que se levantaba entre el caserío y las plantaciones. Una construcción rudimentaria, de tablones y cubierta de chapa; una de esas que sirven para guardar aperos del campo y poco más.
A pesar de que no parecía el lugar más interesante para mi búsqueda, su puerta estaba abierta. El candado que algún día permitió cerrarla colgaba oxidado de su marco.
Las bisagras no protestaron cuando tiré de ella. Estaban bien lubricadas.
Me sorprendió el orden que reinaba allí dentro.
Un orden impropio de un cobertizo expuesto al polvo, al barro y a la humedad del valle.
Una mesa grande ocupaba todo un lateral. La pared sobre ella mostraba un sinfín de herramientas y utensilios de labranza, cada uno pulcramente colgado en su lugar. No había óxido, ni restos de tierra seca, ni la suciedad que uno se espera en un lugar como aquel.
Todo estaba limpio. Todo estaba en su sitio.
Era el espacio de trabajo de alguien metódico, disciplinado. De alguien cuidadoso hasta el extremo.
Apreté los dientes. Los crímenes habían sido planificados con esmero. También el intento de asesinato que sufrí a orillas del Lea. Quien estaba detrás de todo aquello encajaba perfectamente con el propietario de un cobertizo así.
Pensaba en ello cuando reparé en algo más.
Enmarcada por todas aquellas herramientas había una foto. Solo una.
Mostraba a una niña vestida con su traje de primera comunión. Parecía feliz, o al menos eso sugería la mueca traviesa, feroz, que dibujaba su rostro.
—Amaia —supuse al acercarme para estudiar sus facciones.
El corazón me dio un vuelco al reconocer tras ella al Mingorri. El demonio se asomaba a la imagen con la boca abierta y la lengua extendida, en el gesto burlón que imitaba la pequeña.
Solo entonces me fijé en que la niña sostenía algo entre los dedos.
Un caramelo de goma.
Uno igual que los que habían aparecido en las escenas de los crímenes.
De pronto el ruido de un motor se coló entre las frágiles paredes.
Era un coche. La gravilla del camino crujía cada vez más cerca. Me asomé por una rendija y comprobé que se trataba del todoterreno de los padres de Amaia.
Estaban de vuelta.