Bajamar Capítulo 62
69%

Capítulo 62

—¿Qué? —disparó Nerea en cuanto entré al Muga.

Cristina se rio sacudiendo la cabeza.

—No esperes cambiarla a estas alturas —se burló dándome un abrazo—. Ay, qué ganas tenía de verte… Se te echa de menos por el ambulatorio.

Nerea olvidó sus ansias por saber y se sumó a la bienvenida.

—Las mañanas no son lo mismo sin ti. Tienes que volver —añadió, propinándome un par de besos—. ¿Qué tal estás? Has adelgazado, ¿no?

Alberto, que estaba charlando con los parroquianos que ocupaban el extremo de la barra, se acercó a saludar.

—Míralo… ¿Dónde te habías metido? ¿Todo bien? —preguntó estrechándome la mano. Para él, aquello era ya un despliegue de afecto.

—Nada… Unos días por Italia. Necesitaba parar y respirar un poco.

El tabernero asintió, estudiándome con la mirada. Sabía que había algo más, pero no trató de sonsacármelo.

—Pues bienvenido. Supongo que no hace falta que te diga que Castaños vino a preguntar por ti.

Decía que no ibas a volver. —Se giró hacia quienes ocupaban el extremo opuesto de la barra.

Reconocí a los habituales en esas tertulias que acababan siempre con condenas a los excesos del turismo.

La mujer del pelo morado alzó la mano para decir hola—.

Esos tendrían que darte las gracias. Y yo también.

Porque desde que la ha tomado contigo, nos está dejando tranquilos.

Apreté los labios.

—Está muy equivocado —comenté.

Alberto se quedó ahí, a la espera de que continuara.

Quizá lo hubiera hecho en otro momento, pero estaba cansado.

La mala mar me había tenido toda la noche en vela, con mi cabeza anticipando todo tipo de situaciones terribles cada vez que el ferry se movía más de la cuenta.

Y a eso había que sumar las horas de conducción desde el puerto de Barcelona.

Si había quedado con mis compañeras era porque se lo debía.

Era consciente de que estaban preocupadas por mí.

Me lo habían hecho saber una y otra vez desde que días atrás embarcara hacia Cerdeña.

—¿Qué te pongo? —preguntó cuando asumió que no tenía ganas de seguir hablando.

—Una caña.

Me bebí de un trago la mitad mientras él regresaba junto a los del fondo.

—Por el centro de salud también vino el poli ese —apuntó Nerea bajando la voz—. Primero él. Después los periodistas. ¡Vaya días hemos pasado!

—Los pacientes hablan—añadió Cristina con gesto de circunstancias—.

Están ahí, esperando a que los hagan pasar a consulta, y no paran de chismorrear.

Para muchos ya eres culpable. Y ahora que la policía ha admitido que lo de Lea también parece ser obra del mismo asesino, la gente tiene miedo.

Ya no mata solo a poderosos. Cualquiera podría ser el siguiente.

Acaricié la cabeza de Sua. Sus orejas suaves, la calidez de su piel peluda… Me daba paz sentirlo cerca.

—¿Y hoy qué mosca le había picado al poli ese? ¿Por qué tenía tanta prisa por verte? —insistió Nerea.

—Ha conseguido la localización de mi teléfono la tarde en que mataron a Maite.

—¿Eso se puede hacer? —se extrañó Cristina.

—Si un juez da permiso, sí.

—¿Y dónde estuviste? —intervino Nerea.

Señalé con un movimiento de cabeza los muelles que se extendían al otro lado de la puerta.

—Ahí fuera.

Estaba detallándoles las sospechas del oficial y también los argumentos que había empleado para defenderme cuando apareció Lourdes.

—El hijo pródigo… —exclamó al verme. Bajaba con una tortilla de patata, que dejó en la barra para salir a abrazarme—. ¿Dónde te habías metido? Nos tenías a todos preocupados.

—Estoy bien, Lourdes. —En cierto modo era verdad. Allí, en el Muga, no sentía esos dedos acusadores que, según mis compañeras, me señalaban por todo Lekeitio.

La pescadera regresó al interior de la barra, cogió un plato y me sirvió un buen pedazo de tortilla.

—A este invito yo, que creo que mañana tienes algo que celebrar —anunció con una sonrisa sincera.

Mis compañeras me interrogaron con la mirada.

—Mi cumpleaños —confesé.

—¿Treinta y siete? —preguntó Cristina.

—Treinta y nueve —le corrigió Lourdes—. ¿Quieres que te prepare tarta de fresas? De pequeño te encantaba.

—No te molestes, que bastante trabajo tienes ya.

La pescadera se me quedó mirando, preocupada.

—Hay que ver lo flaco que has vuelto. Tu madre se va a enfadar conmigo cuando te vea.

Alberto se encogió de hombros tras ella.

—Yo no he abierto la boca —se excusó acercándome unos cubiertos y un cesto de pan.

—¿Pero tú lo has visto? —intervino su madre cogiéndome la muñeca—. ¡Jesús! Estás en los huesos.

Mis compañeras estallaron en una carcajada.

—Di que sí, Lourdes. Que no come nada y luego da pena cuando se pone a remar en la trainera —la jaleó Cristina.

—Por eso pierden —añadió Nerea muy seria.

—Seréis… —comencé a protestar, pero solté un suspiro y me llevé un primer pedazo de tortilla a la boca.

—Pobres de vosotras si os veo ayudarle. Enterita para él —advirtió Lourdes acercándose a saludar al resto de los clientes.

—No, Sua —dije al ver que me miraba apremiante—. Contigo tampoco me dejan compartirla.

Cristina me apoyó una mano en la espalda.

—Os dejo. Me quedaría más tiempo, pero tengo algo que hacer.

—¡Ay, ay, ay! ¿A estas horas? —le lanzó Nerea.

—¿Qué pasa? ¿Una no puede tener vida? —protestó la limpiadora sin perder la sonrisa.

Nerea me guiñó el ojo.

—Aquí hay tomate. Te lo digo yo.

Cristina chasqueó la lengua y sacudió la cabeza.

—Me alegro mucho de que estés de vuelta. Todo se aclarará, ya verás. —Me dio un beso en la mejilla, propinó un empujón cariñoso a Nerea y se marchó.

—Ha quedado con alguien —murmuró la administrativa—. ¿Y sabes qué? Creo que ya sé con quién. Últimamente habla mucho con el enfermero de prácticas. Pues está potente el muchacho… No sabe nada la tía.

La risa de Nerea me contagió. Era terrible; el chisme le podía.

La realidad, sin embargo, me robó demasiado pronto las ganas de reír. Ahí fuera seguía habiendo alguien capaz de matar, y yo estaba decidido a ponerle nombre y a pararle los pies antes de que volviera a actuar.

—Voy a necesitar que me eches una mano —anuncié recuperando la seriedad.

—¿Yo? —dijo sorprendida.

—Sí. Solo tú podrías hacerlo.