Bajamar Capítulo 61
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Capítulo 61

Un cielo lloroso me recibió en Lekeitio.

Lloroso y oscuro. Los días comenzaban a alargar, rumbo a una primavera que se intuía cercana, pero la noche todavía arropaba la costa vasca demasiado temprano.

En Madrid, a esa hora, el día aún respiraba; las calles se llenaban de gente conforme la tarde avanzaba.

En mi nuevo hogar, en cambio, la vida se apagaba con la llegada de la oscuridad.

Seguía ahí, sí, pero solo de puertas para adentro.

Aparqué el coche a la altura de la cofradía de pescadores. Las olas saltaban contra los diques del puerto con un rugido sordo. La isla que de niño llamaba San Nicolás apenas se dibujaba al otro lado del brazo de mar, envuelta en las tinieblas y el silencio.

Leí una vez más el mensaje que había recibido hacía ya unas cuantas horas.

Se había esfumado.

La inspectora Mendibe no había dado con el más mínimo rastro de Claudio. Su caravana también había desaparecido. Solo las rodadas marcadas en el fango daban fe de los años que había permanecido estacionada junto al viejo hospital.

Aquella marcha repentina solo podía significar una cosa: huía. Mi visita lo habría puesto en alerta y habría arrancado el motor esa misma noche, decidido a poner tierra de por medio antes de que la investigación se cerniera sobre él.

Las preguntas que no había podido hacerle se agolpaban en mi mente.

¿Qué hacía en Lekeitio el hermano del bebé cuya muerte habían tratado de cargar a Grazia?

¿Qué motivos podían explicar el asesinato de tres personas con las que, probablemente, no había tenido trato alguno?

Llené los pulmones con el aire cargado de salitre y me alejé del coche.

No había tenido tiempo ni de pasar por casa. El oficial Castaños me había insistido en que quería verme cuanto antes. Y no le servía cualquier lugar. Tenía que ser en el puerto.

Avancé por el muelle. El sirimiri hacía brillar los adoquines bajo las farolas. Los pesqueros dormían, amarrados, con sus colores fundidos con la noche. Una tarde cualquiera en la villa marinera. Pero la garra de nervios que me estrujaba el estómago no me permitía disfrutarla.

Por más que lo pensaba, no lograba descifrar qué era eso que el oficial quería aclarar conmigo. Y, tratándose de él, temía que el encuentro acabara mal.

Lo reconocí a la altura del espacio que ocupaba cada mañana el puesto de Lourdes. De paisano, con una gabardina que me hizo pensar en los investigadores privados de las películas de antes. No estaba solo. Lo acompañaban dos agentes uniformados que se apartaron unos metros al verme llegar.

Sua le ladró, furioso. A él tampoco le gustaba el policía.

—Al final se quedó usted el perro —señaló Castaños con una mueca torcida.

—La madre de Lea no puede hacerse cargo.

El oficial se llevó a los labios un cigarrillo y tendió hacia mí la cajetilla.

—No fumo.

—Hace bien —respondió encendiéndolo. Le dio una larga calada antes de girarse hacia mí—. No esperaba que volviera.

—Le dije que lo haría.

—¿Por qué huyó, entonces?

Suspiré. Le había explicado por teléfono que no se trataba de ninguna huida.

—Ya le dije que…

Castaños alzó la mano para interrumpirme. Inhaló una nueva calada y tiró el resto del cigarrillo al suelo, humeando todavía. Sua corrió a comprobar de qué se trataba y se apartó ladrando.

—¿Qué me dice de esto? —preguntó abriendo una carpeta de gomas para entregarme un folio impreso.

La farola bajo la que nos encontrábamos lo bañó con su luz anaranjada.

—¿Un mapa? ¿El puerto? —planteé sin comprender qué pretendía que respondiera.

—El puerto de Lekeitio, efectivamente. —Señaló unas rayas sobreimpresas que delimitaban una parte importante de la imagen—. Fíjese en eso. ¿Sabe qué es?

—No. —No mentía. No tenía la más mínima idea.

—Pues son su condena. La compañía telefónica nos ha facilitado la localización de su teléfono móvil la tarde que fue asesinada Maite Iturri.

Y siento decirle que no me ha sorprendido comprobar que no se movió usted del puerto.

—El oficial me dedicó una mueca burlona.

Celebraba que hubiera caído en su trampa—.

Qué cosas… Cuando le pregunté por esa tarde, me dijo que había estado paseando.

Observé el mapa. La triangulación de los repetidores no mentía. Había pasado la tarde allí, reprochándome no haber sido capaz de vencer a mis miedos.

—A la consejera la mataron en el mar. No en el puerto —aclaré tratando de sacudirme de encima la acusación implícita que leía en sus palabras.

—Lo sé tan bien como usted. Tengo la hora exacta de su muerte.

Mire. —Me entregó otra hoja. El mapa que aparecía en ella abarcaba algo más que el anterior.

Una línea roja partía de la dársena y trazaba un amplio lazo alrededor de la isla de Garraitz—.

Se llama Sistema de Identificación Automática.

Es una baliza que mantiene geolocalizadas las embarcaciones en todo momento.

No crea que la de Maite Iturri era una excepción.

Lo lleva activo cualquier barco que no tenga nada que ocultar.

Observé el trazado de aquella raya, que partía del muelle y se dirigía en línea recta hacia mar abierto, para después regresar de forma caótica.

—¿Y…? —Seguía sin entender.

—La consejera se hizo a la mar a las tres y cincuenta y cuatro minutos —indicó Castaños sin necesidad de leerlo—.

Empleó el motor para abandonar el puerto y continuó con él en marcha hasta pasada la isla.

Allí lo apagó e izó las velas. Fíjese. —Su dedo recorrió el trazado que había seguido la embarcación y se detuvo en el lugar donde comenzaba a dibujar unas eses amplias, las propias de un velero navegando hacia barlovento.

Después de aquello la línea se enmarañaba en un tirabuzón absurdo.

Castaños clavó allí el dedo—. Y aquí es donde alguien la asesinó.

No hacía falta ser un lobo de mar para entenderlo. Ese trazado caótico y sin un rumbo lógico solo podía responder a que el velero flotaba a la deriva. Nadie gobernaba el timón ni las velas.

—¿Qué le parece si le cuento lo que sucedió?

—continuó el oficial recuperando los mapas—.

Usted construyó una coartada con ese café en el Muga.

Se aseguró de explicar allí que Maite lo había invitado a navegar con ella y que no había aceptado.

En voz bien alta, para que lo oyera cualquier cliente que pudiera haber por allí.

Su intención, sin embargo, era bien diferente.

Se embarcó con la consejera, no sin antes asegurarse de dejar su móvil escondido en algún rincón del puerto.

Todos hemos visto esas malditas series de policías y sabemos que la localización del teléfono es a menudo la clave que permite echar el guante al asesino.

Me mordí el labio. El argumento estaba bien construido. Cogido con pinzas, pero yo mismo podría creérmelo de no haber sido el protagonista.

—Espere. No he terminado —me instó al ver que pretendía rebatírselo—.

Después de asesinarla, se tiró al mar y nadó hasta la isla.

Estaba cerca. ¿Cuánto habrá? —Castaños señaló en el papel el lugar donde el velero de Maite perdió su rumbo para quedar a merced de las corrientes—. ¿Cincuenta metros? ¿Sesenta?

Podría haberle hablado de mi miedo al mar. A esa distancia de tierra firme y dependiendo únicamente de mis brazadas me hubiera bloqueado. Habría muerto ahogado antes de ser capaz de alcanzar la costa. Solo de pensarlo sentí que me faltaba el aire.

—Estamos en febrero —dije en su lugar—. El agua está helada.

El oficial abrió las manos dando a entender que aquella observación era absurda.

—En la isla tendría preparada ropa para cambiarse y regresar al puerto paseando como si nada hubiera pasado. Incluso pudo ponerse un traje de neopreno.

Me llevé las manos a la cara. Hablar con Castaños era desesperante.

—¿Sabe quién estaba en el Muga? —recordé de pronto—.

¿Sabe quién oyó que Maite estaba a punto de zarpar?

¿Sabe quién se esfumó después de aquello?

Luca Piareggio. No le suena, ¿verdad? ¿Y si le cuento que aquí lo conocemos por Claudio?

—El gesto del oficial me dijo que el nombre falso del italiano tampoco le resultaba familiar—.

El buscador de tesoros. El de la playa… ¿Nada?

Pues quizá su problema es que ni siquiera conoce Lekeitio.

Viene de Gernika, hace cuatro preguntas y regresa a su comisaría.

¿Cree que así va a descubrir quién es el asesino de esas tres personas?

Castaños me pareció descolocado.

—No es la primera vez que tengo que advertirle de que usted no es quien puede decirme cómo tengo que hacer mi trabajo… —exclamó recomponiéndose—. ¿Quién es ese cazatesoros y qué tiene que ver con todo esto?

Tiré de Sua, decidido a marcharme. No tenía intención de dedicarle ni un minuto más.

—Pregunte por ahí. Pregunte. Yo he ido hasta Cerdeña para averiguarlo. Vamos, Sua. Buenas noches, oficial.

Apenas había dado un paso cuando el policía me llamó.

—Doctor. —Aguardó a que me girara y me señaló con un dedo acusador—. Yo de usted no volvería a desaparecer. Más le vale estar localizable.