Capítulo 60
Apoyado en la cubierta del ferry, observaba cómo Cerdeña se hacía más pequeña por momentos.
Las playas de arena blanca que salpicaban su costa se desdibujaban ya en una línea borrosa.
La isla iba perdiendo sus detalles, fundiéndose en poco más que una simple silueta suspendida sobre el Mediterráneo.
La montañosa Córcega también reclamaba su espacio en la panorámica y se mostraba al norte como una sombra dentada.
Pronto no quedaría nada a la vista. Solo el mar.
Disfruté de un momento de paz que sabía efímero.
Habían sido unos días complicados. Y los que vinieran tampoco prometían ser más sencillos. Llevaba conmigo algunas respuestas, pero también demasiadas preguntas.
Pensé en llamar a Itziar y hablarle del vínculo de la acabadora con la casa-torre de Bengolea. Sin embargo, deseché la idea tan pronto como me la planteé. Me parecía precipitado.
Necesitaba estar más seguro antes de poner una lupa policial sobre los padres de Amaia.
Me agaché a acariciar a Sua, que observaba el mar a mi lado.
—Volvemos a casa, ¿sabes?
Un faro en la costa sarda nos lanzó un guiño que interpreté como una despedida.
Y entonces recordé algo.
Guardaba en un cajón el alambre con el que me habían hecho tropezar para tratar de asesinarme.
Recordaba bien su textura: trenzado, resistente, un hilo pensado para soportar fuertes tirones sin romperse.
Iría a comprobar si coincidía con el que empleaban los padres de Amaia en el emparrado de sus kiwis.
Era consciente de que no podía permitirme aparecer por allí y preguntar sin más.
Tenía que apartarlos del caserío. Aunque fuera unos minutos. Así podría buscar, además, alguna prueba de que Grazia vivía o había vivido con ellos durante su largo exilio.
Un plan empezó a tomar forma en mi cabeza.
Iba a necesitar la ayuda de Nerea. Y esta vez no se trataría solo de pedirle que buscara un nombre en los archivos. Tendría que ir más allá. Mucho más.
Ojalá estuviera dispuesta a hacerlo.
Si todo salía bien, podría averiguar de una vez si aquella familia estaba detrás de lo que estaba sucediendo en Lekeitio.
El sol se ponía ya por el oeste. Una bola roja que el Mediterráneo engulló sin pausa. La bocina del Cruise Roma acompañó al último destello que asomó sobre el horizonte. El cielo no tardaría en empezar a apagarse y, poco a poco, las estrellas reclamarían su lugar.
El móvil rompió el momento con una vibración insistente.
Ojalá no se tratara otra vez de mi madre. Me había tenido más de media hora al teléfono. Había leído en algún sitio que su hijo se había dado a la fuga y no había sido sencillo convencerla de que no era así.
No era ella. Esta vez no.
Ver en la pantalla el nombre de Valeria me dibujó una sonrisa.
—Jon… ¿Qué tal? ¿Ha zarpado tu barco?
—Sí. Regreso a casa.
—Me alegro por ti. —Me dio la impresión de que su tono de voz no decía lo mismo—. Yo también he vuelto a Cagliari. ¿Y sabes una cosa? Te echaré de menos la próxima vez que vaya a Ottana.
—Yo ya te echo de menos —confesé con un nudo en la garganta.
Un silencio que podía cortarse con cuchillo flotó sobre mis palabras.
—Puedes volver el año que viene —sugirió ella—. Seguro que nuestro carnaval acabará gustándote.
La imagen de Sa Filonzana se dibujó entre las olas del mar. El chasquido de sus tijeras resonó con claridad sobre el Mediterráneo.
—No creo que sea bienvenido.
—Seguro que sí. El tiempo todo lo cura.
Pensé en la caja de galletas con sus heridas sin cicatrizar. En la mirada fría de las gemelas Garau. En los libros prohibidos de don Matteo. En los silencios de un pueblo empeñado en enterrar el pasado. A mí no me parecía que el paso de los años hubiera arreglado nada.
Ni en Ottana ni, probablemente, en Lekeitio.
—Oye, he conseguido una foto de Luca. Es un poco vieja, de hará unos diez años, pero al menos te servirá para hacerte una idea de cómo es. Te la acabo de pasar por WhatsApp.
Me aparté el teléfono de la oreja y abrí el mensaje. Aparecían una docena de vecinos posando ante la iglesia de Ottana.
—Es el de la camisa de cuadros.
—Joder… —mascullé antes de despedirme de ella para marcar el número de la inspectora.
Respondió tras solo dos tonos de llamada.
—¡Es él, Itziar! ¡Es Claudio! —exclamé atropelladamente.
—¿Quién? ¿De qué hablas?
Respiré hondo. Tenía que calmarme.
—Perdona… ¡No se llama Claudio! Su nombre real es Luca Piareggio. Lo de buscar monedas por la playa no es más que un señuelo. Es un asesino, Itziar. ¡Tienes que detenerlo antes de que vuelva a actuar!