Bajamar Capítulo 59
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Capítulo 59

Si salí a la calle fue por Valeria.

Era consciente de que apenas la conocía. Los ratos compartidos con ella habían sido escasos. Y, aun así, sentía que entre nosotros había surgido algo. Una chispa que, en cuanto pusiera el pie en el ferry, perdería la ocasión de prender.

Tenía ganas de verla. Quizá por última vez.

Mi tiempo en Cerdeña se acababa. El viaje me había brindado respuestas que en cuanto llegara a Lekeitio trataría de transformar en pruebas de lo que para mí era ya una certeza.

Pero volver no dependía solo de arrancar el coche y conducir hacia el puerto. En aquella época del año, el barco no zarpaba a diario. Faltaban todavía veinte horas para que el Cruise Roma partiera de Porto Torres rumbo a Barcelona. Una espera que se me antojaba interminable.

Me sentía prisionero en la isla.

Y, sin embargo, en medio de tantas ganas de poner mar de por medio con Cerdeña, también había una tristeza que no esperaba.

Valeria…

Esta vez no tenía que ver con Mónica. No estaba buscándola en otra mujer. Esta vez era distinto.

Apenas había salido de casa cuando el carnaval me rodeó por completo.

Fuego, golpes metálicos, voces… Seres enmascarados moviéndose en todas direcciones.

Pero ahora sabía que había un orden dentro del caos.

Merdules y Boes ; pastores y bueyes.

Ya era capaz de poner nombre a cada personaje.

Giuseppe me había hablado de ellos durante la comida.

Elena y él habían sido mejores anfitriones de lo que podía esperar: ella se había esforzado en preparar los platos más típicos de la zona y él había puesto todo su empeño en explicarme lo que aquella celebración significaba para Ottana.

Impactaba verlos avanzar con el rostro cubierto por máscaras de madera.

Las de los animales, coronadas por cuernos y dotadas de un hocico oscuro que les daba una expresión mansa y terrible al mismo tiempo.

Quienes representaban a sus dueños también ocultaban el rostro, aunque en ellos la máscara mostraba una severidad que invitaba a dar un paso atrás.

Giuseppe me había advertido de que no eran ellos quienes debían preocuparme.

—Puede que nuestro carnaval gire en torno al alma ganadera de esta isla —me había aclarado—, pero Sa Filonzana es en realidad la figura más venerada.

Y la más temida. Representa la muerte. Nos recuerda que en cualquier momento, cuando menos lo esperemos, decidirá cortar el hilo de nuestra vida. Y entonces todo habrá terminado.

Sus palabras me habían hecho pensar en la acabadora. También ella decidía cuándo llegaba la oscuridad.

Observaba todo aquello cuando una de las figuras animales se apartó del grupo y vino hacia mí. Se acercó tanto que me obligó a recular. El hocico de madera quedó a la altura de mi cara.

—Espera un minuto y sígueme —me susurró antes de incorporarse de nuevo al cortejo con naturalidad.

Cuando mi mirada volvió al frente, la vieja hilandera se había detenido ante mí.

No apareció de golpe, no esta vez. Estaba allí, plantada en medio de la calle, con el huso y la lana entre las manos. Su máscara negra no necesitaba moverse para resultar amenazante. La tijera se elevó despacio hasta quedar frente a mi rostro.

Tensó el hilo.

Y, esta vez sí, lo cortó.

El chasquido resonó en mis oídos con más fuerza que todos los cencerros.

Aparté la mirada. Al otro lado de la calle, la hoguera iluminaba los rostros de las gemelas Garau. Me pareció que asentían levemente, aprobando la amenaza de la anciana. Y no eran las únicas. Había más ojos fijos en mí. Muchos más.

Me sentí un intruso. Un forastero en un lugar al que nadie me había invitado. Deseé con todas mis fuerzas que el ferry zarpara sin contratiempos.

Mientras la vieja se alejaba y mi corazón recuperaba poco a poco su ritmo, busqué a Valeria. La vi deslizarse con disimulo por una calleja lateral. Aguardé unos instantes, hasta que la celebración volvió a cubrirme, y solo entonces fui tras ella.

Era una calle estrecha, de ventanas oscuras y puertas cerradas. Avancé sin percibir el más mínimo rastro de la italiana.

Era extraño. Estaba convencido de que se trataba del camino que había seguido.

Mis pasos resonaban inquietos en las paredes, se sumaban al eco del desfile, cada vez más lejano.

Me sentía observado, estudiado de cerca por siluetas que creía entrever tras los visillos.

Suerte que había dejado a Sua en casa, a salvo del ruido y de aquellos disfraces.

De haberlo llevado conmigo estaría ladrando como un loco.

—Aquí —susurró de pronto alguien desde un portal.

Valeria me cogió de la mano y me atrajo hacia las sombras. Se había retirado la máscara y volvía a ser la de siempre.

—¿Por qué esa hilandera la toma siempre conmigo? —protesté mientras ella se aseguraba de que nadie nos había seguido.

—No sé quién está detrás de esa máscara, pero puedes imaginar cuál es su apellido. No te quieren aquí.

Me pareció que sus ojos eran más negros que nunca y que, al mismo tiempo, brillaban con mayor intensidad. Estábamos tan cerca el uno del otro que podía sentir la calidez de su piel.

—¿Has encontrado alguna foto de Luca?

—Todavía no, pero algo aparecerá. —Me observó fijamente y bajó la voz hasta convertirla en apenas un susurro—. No te marches, Jon.

—Tengo que volver a casa.

Sus labios buscaron los míos.

Tragué saliva.

El dolor me acompañaría siempre. El recuerdo de Mónica también. Pero tenía que aprender a mirarlo a los ojos. A convivir con él.

Abrí los labios cuando su boca encontró la mía. Era cálida y suave. Anhelante.

Fue un beso largo, de esos en los que se dice todo sin pronunciar una sola palabra. El mundo entero calló. Ya no había cencerros ni viejas hilanderas.

Solo nosotros dos. Valeria y yo.

Nuestras manos continuaron el baile. Recorrieron primero nuestros rostros, la nuca, la espalda y siguieron rumbo al resto de nosotros.

—Abre la puerta —rogó en mi cuello.

No había escogido un portal cualquiera. Se trataba del mío. El de Giuseppe y Elena. Ellos estaban en la fiesta, como todo Ottana.

Temblaba cuando saqué la llave del bolsillo. Temblaba de deseo. De nervios. De temor. Desde aquella mañana en que perdí a Mónica, no había llegado tan lejos con nadie. Y ahora me moría por hacerlo con Valeria.

El pasillo fue testigo de nuestros besos acelerados, de nuestros jadeos. Fue ella quien me arrancó la ropa. Me mordía el cuello, me lamía detrás de la oreja, me susurraba palabras que apenas era capaz de comprender.

Sus manos ardían cuando me recorrieron el torso. Se detuvieron en mi pecho, en mi abdomen, y me arrancaron una respiración entrecortada cuando una de ellas llegó más abajo.

Valeria sonrió al sentir mi reacción. Me empujó a la cama y trepó encima de mí.

Mis manos se demoraron en sus pechos. Pequeños, firmes, perfectos bajo la presión de mis dedos. Ella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, pero enseguida volvió a buscarme la boca, impaciente.

Dejé escapar un gemido cuando Valeria me recibió entre sus piernas y sus caderas empezaron a moverse.

La sujeté por la cintura y respondí a su ritmo.

Primero despacio, sintiendo cada roce, cada cambio de respiración, su piel cada vez más húmeda contra la mía.

El ritmo fue creciendo, los dos cada vez más cerca del límite.

Y cuando llegamos al final, lo hicimos juntos.

—Prométeme que volveré a verte —me susurró al oído.

—Claro que sí —respondí abrazándola con fuerza. No me había marchado y yo también la echaba de menos.